jueves 12 febrero 2026

El agro argentino ante la encrucijada: márgenes ajustados, costos financieros y suelos que se degradan

En Aapresid 2025, referentes del agro advirtieron que la falta de rentabilidad está deteriorando la base productiva y frenando la innovación tecnológica.

En la 33ª edición del Congreso Aapresid, realizado en La Rural de Palermo, la falta de rentabilidad del agro argentino apareció como una de las principales preocupaciones. Productores, técnicos y empresarios coincidieron en que, aunque la campaña 2025/26 proyecta un aumento de superficie sembrada en varios cultivos, el contexto financiero y climático deja un margen muy estrecho para tomar riesgos.

En diálogo con Ámbito, el economista David Miazzo sintetizó la tensión actual: “El margen no sobra” y advirtió que, según los modelos climáticos, “hacia el verano probablemente tengamos menos lluvias”. Con precios internacionales estables, retenciones sin cambios y un tipo de cambio que no favorece, recomendó centrar la estrategia en dos frentes: manejo agronómico eficiente y administración financiera precisa.

“Estamos con tasas reales del 20 al 25% y créditos en dólares por encima del 10%”, detalló. “Es un costo financiero alto que, por lo menos, va a seguir los próximos tres meses”. Según Miazzo, la actividad agrícola, con campos alquilados y contratando labores, difícilmente pueda pagar más de un 10% en dólares y mucho menos un 20% en pesos dolarizado, por lo que el costo financiero puede comerse gran parte del margen.

El cambio de escenario es notorio: el año pasado, la tasa nominal del 35%, con inflación del 39% y dólar subiendo 40%, dejaba un resultado neutro. Hoy, las tasas positivas obligan a repensar la forma de financiar inversiones, desde la compra de maquinaria hasta mejoras de infraestructura.

Cuando la economía erosiona la base productiva

En su discurso inaugural, el presidente de Aapresid, Marcelo Torres, fue más allá y vinculó la rentabilidad con la sustentabilidad del sistema productivo. Recordó que, por falta de recursos, muchos productores amplían la escala para seguir siendo viables, pero en algunos casos adoptando prácticas menos sostenibles.

“Hemos caído del 90% al 78% de siembra directa, no reponemos ni la mitad de los nutrientes que extraemos y estamos perdiendo carbono orgánico en los suelos”, advirtió. El resultado es una degradación silenciosa que compromete el rendimiento y la competitividad a largo plazo. El panorama se agrava con un clima errático: tres de los últimos cinco años fueron de sequía, mientras que 2025 registró lluvias extremas en algunas regiones y mantiene la incertidumbre hacia fin de año.

Torres recordó que los mercados internacionales ya no solo exigen volumen, sino también trazabilidad, medición del impacto ambiental y estándares sociales. “Ya no alcanza con producir bien, hay que demostrarlo”, subrayó.

En ese sentido, reclamó acelerar la adopción de tecnología y digitalización. La agricultura sitio-específica, explicó, permitiría mejorar la eficiencia y capturar más valor, pero el salto se ve frenado por la falta de infraestructura, financiamiento y planificación. “Necesitamos desarrollar zonas con riego, pero eso requiere energía, caminos, información de acuíferos y créditos”, enumeró.

El presidente de Aapresid también señaló la brecha con Brasil: “Ellos crecieron 14 veces en superficie; nosotros, apenas cuatro. La diferencia es que nunca cerraron exportaciones ni pusieron retenciones, sin importar el signo del gobierno”. En su visión, el problema no es más o menos Estado, sino un Estado eficiente, que entienda los tiempos productivos y no ahogue con burocracia ni reglas cambiantes.

De cara al futuro, el diagnóstico es claro: sin rentabilidad no hay inversión, sin inversión se deteriora la base productiva y se frena la innovación. Sin márgenes, la tecnología no llega al campo, los suelos se degradan y los rindes se estancan. El riesgo es caer en un círculo vicioso que se repite campaña tras campaña, donde el esfuerzo alcanza solo para sostener la actividad.

Romper con esas “ruinas circulares” —como las definió Torres— demandará decisiones coordinadas entre productores, empresas y Estado, con reglas claras y visión de largo plazo. El desafío es económico, técnico, político y también cultural.

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