El 2024 dejó una herida difícil de olvidar en el corazón productivo del país. El maíz, que venía con potencial de récord tras tres años de sequía, terminó con una merma de más del 20%. El motivo: una plaga que muchos apenas conocían y que pocos sabían controlar, Dalbulus maidis, más conocida como la chicharrita del maíz. La expansión de esta plaga y su capacidad de transmitir enfermedades como el complejo del achaparramiento obligaron a toda la cadena a reaccionar rápido.
En apenas dos meses, ocho instituciones científicas, técnicas y productivas decidieron unir fuerzas. Así nació la Red Nacional de Monitoreo de Dalbulus maidis, coordinada por Maizar y financiada en parte por empresas privadas, con el objetivo de entender la dinámica del vector y brindar información confiable a los productores cada quince días. Esa estrategia cambió el rumbo de la campaña siguiente.
Hoy, a un año de su creación, el balance es positivo. La campaña 2024/25 fue, según expertos y funcionarios, un éxito sanitario. En un taller realizado en la sede de la Secretaría de Agricultura de la Nación, referentes del sector público y privado destacaron el trabajo de la red, los datos generados y el impacto directo en la toma de decisiones por parte de los productores.
Ciencia aplicada y coordinación estratégica
“El año pasado perdimos más de 20% de la producción nacional de maíz. Hoy podemos decir que la información generada por la Red permitió que esta última campaña fuera exitosa”, aseguró Federico Zerboni, presidente de Maizar, al abrir la jornada.
El evento contó con la participación del director nacional de Agricultura, Jorge Gambale; el subsecretario de Producción Agropecuaria y Forestal, Manuel Chiappe; y el presidente del INTA, Nicolás Bronzovich, entre otras autoridades. Todos coincidieron en destacar el valor del trabajo colectivo y la articulación público-privada.
Bronzovich expresó su gratitud a todas las instituciones involucradas: “Un desafío de esta magnitud solo podía resolverse de forma colectiva. En agronomía, casi todas las soluciones son sistémicas”. Chiappe, por su parte, subrayó que “la regularidad y el rigor científico con que trabajó esta red fue fundamental para que la superficie de maíz no cayera más. Muchos productores, al ver los resultados, salieron del miedo”.
La Red monitoreó 400 a 450 localidades clave en las cinco principales regiones maiceras del país. Se analizaron más de 8.600 trampas, se identificaron 250.000 ejemplares de chicharritas y se procesaron más de 1.200 PCR. Además, capacitó a más de 300 técnicos para colocar trampas e identificar a Dalbulus maidis, consolidando así una red de monitoreo con bases técnicas sólidas.
Datos que cambian decisiones
Durante la jornada, referentes científicos de las instituciones fundadoras presentaron avances clave. Alejandro Vera, de la Estación Experimental Obispo Colombres (EEAOC), ofreció un balance del primer año de monitoreo y planteó las proyecciones para la campaña 2025/26. Eduardo Trumper, del INTA, analizó cómo integrar sistemas de monitoreo en un esquema complementario.
Desde el norte argentino, Lucas Cazado (AACREA) describió la evolución de la población de Dalbulus maidis en las últimas dos campañas en el NOA. Por su parte, Inés Catalano (Unnoba – Conicet) presentó datos inéditos sobre la presencia de Spiroplasma kunkelii, el principal patógeno asociado al complejo de achaparramiento, y su dinámica espacio-temporal en los campos argentinos.
También se abordó el rol del maíz guacho como reservorio. Laura Echarte (INTA) estimó tasas de emergencia y supervivencia de estas plantas, que pueden funcionar como puente entre campañas. El sector privado, representado por Sabina Mahuad (Bayer), Magalí Nico (Syngenta) y Germán Cabrera (Corteva), compartió sus avances en manejo sanitario. Por último, Augusto Casmuz (EEAOC) integró conceptos de fenología, genética y uso de herramientas químicas para el control del vector.
Zerboni fue claro: “Si vuelve la plaga, hoy nos encuentra mejor preparados. Sabemos que si se actúa tarde, el daño es irreversible. Por eso, la idea es continuar con la Red por al menos tres años más”.
Mirada de futuro y nuevos desafíos
El plan es ambicioso. La Red buscará mantener su frecuencia de reportes, incorporar nuevos parámetros de monitoreo, y abrirse a otras amenazas emergentes. “Esto no termina acá. Debemos conocer más al vector, saber cómo evoluciona. Pero también pensar en integrar esta red con otras que nos permitan anticipar problemas y no solo reaccionar a ellos”, señaló Chiappe, alentando a sumar nuevas disciplinas y perspectivas.
Este enfoque proactivo representa un cambio cultural en la forma de abordar los desafíos sanitarios del agro. La experiencia con Dalbulus maidis dejó una enseñanza clave: los datos salvan cosechas. Y en un país donde el maíz representa una de las principales fuentes de divisas, actuar con anticipación no es un lujo, es una necesidad.
En definitiva, la Red Nacional de Monitoreo de Dalbulus maidis demostró que la ciencia, la tecnología y la cooperación interinstitucional pueden marcar la diferencia. Lo que comenzó como una respuesta de emergencia frente a una plaga poco conocida, se transformó en una herramienta estratégica con impacto real sobre el rendimiento, la inversión y la confianza de los productores.




