En el 5° Congreso Internacional de Maíz celebrado en Córdoba, el ingeniero agrónomo mexicano Ernesto Cruz cuestionó prácticas habituales y pidió una revisión profunda de los sistemas de producción para alcanzar rindes superiores. Sus definiciones sobre siembra directa, calidad de semillas y manejo del suelo abrieron un debate clave para productores y técnicos que buscan saltos productivos.
Cruz, famoso por un récord mundial en parcelas de investigación de 44 toneladas de maíz, presentó resultados y recomendaciones aplicables a escala comercial durante su charla. Además, señaló que en sus manejos actuales logran en maíz cerca de 15,5 toneladas por hectárea a nivel comercial, lo que ilustra el potencial técnico cuando se conjugan múltiples herramientas.
Su diagnóstico fue contundente: las prácticas que sirvieron para llegar a 7 u 8 toneladas pueden quedar cortas cuando la meta es mucho mayor, y por eso instó a los productores a “Evolucionen”. A la vez, evitó recetas únicas y pidió siempre medir antes de decidir, porque cada ambiente y objetivo demanda ajustes específicos.
Entre las mediciones que recomendó figuran pérdida de plantas desde la emergencia, número de espigas que efectivamente producen y variaciones en el peso de grano, indicadores que permiten identificar cuellos de botella. Su frase resumen fue clara: Lo que no se mide no se puede mejorar, y propuso incorporar métricas sencillas en las recorridas de campo.
Un capítulo central de su exposición fue la calidad de semillas, donde alertó sobre lotes con baja germinación, presencia de hongos como Fusarium y material de cosechas antiguas que reduce el potencial. Cruz sugirió a los productores realizar pruebas de germinación para pagar por lo que reciben y evaluar la calidad real del insumo semilla.
En nutrición, cuestionó evaluaciones aisladas de nutrientes y puso como ejemplo la referencia a 30 partes por millón de fósforo sin relacionarla con la meta de rendimiento. Advirtió que un nivel puede ser suficiente para 5 toneladas pero insuficiente para 10, 15 o 20 toneladas, por lo que es imprescindible vincular análisis con objetivos productivos.
Fusarium, suelos y manejo integrado
Cruz advirtió que Fusarium puede provocar pérdidas relevantes, estimadas entre 15 % a 30 % del rendimiento, y que no se trata de un problema exclusivo de Córdoba. Señaló además que no existe una genética completamente resistente, aunque sí materiales más tolerantes que deben integrarse con prácticas de manejo.
Como respuesta propuso un manejo integrado que combine materiales con mayor tolerancia, mejor aireación del suelo y control biológico, medidas que reducen la incidencia y el daño del hongo. Subrayó que trabajar la actividad biológica del suelo mediante microorganismos e inoculación de residuos ayuda a mejorar el aprovechamiento del agua y nutrientes sin remplazar los fertilizantes.
El tema de la compactación volvió a aparecer en su exposición, al advertir que el desarrollo radicular es determinante para que la planta aproveche recursos en profundidad. Cruz señaló que todo lo que se observa en la parte aérea tiene su correlato en el perfil del suelo y pidió diagnósticos de compactación del suelo y de la exploración radicular en cada lote.
En relación con el nitrógeno, advirtió contra aplicar todo el suministro en etapas tempranas y resaltó que el maíz absorbe una porción importante después de la floración. Además explicó que aumentar N puede no rendir si hay deficiencias de zinc, manganeso o molibdeno, por lo que recomiendan auditorías nutricionales integrales.
Adaptar paquetes y probar en campo
Uno de los mensajes reiterados fue que no existen “recetas de cocina” válidas para todos los campos y que los paquetes tecnológicos deben adaptarse a ambientes, equipos y metas. Por eso insistió en la realización de ensayos y seguimientos locales que permitan comparar alternativas y cuantificar respuestas reales.
Cruz puso ejemplos concretos de mejora cuando se combinan varias prácticas: en trigo reportó saltos de 5,5 a 8,6 toneladas por hectárea y en maíz mostró la progresión desde 8,5–10 toneladas hasta los registros comerciales actuales. La conclusión práctica fue que el salto productivo es la suma de muchas correcciones hechas bien y medidas en tiempo y forma.
Para productores y asesores, el llamado central es a ser exigentes con los insumos, medir los resultados y adaptar herramientas en lugar de reproducir paquetes estándar. Las decisiones basadas en datos y en manejo integrado aparecen como la vía más sólida para traducir buenas intenciones en mayor producción y rentabilidad.
El planteo de Cruz dejó una invitación a revisar paradigmas: conservar las virtudes de la siembra directa sin renunciar a innovaciones que permitan profundizar raíces y rendimientos. El desafío, según el especialista, es evolucionar sin perder la sustentabilidad del sistema y hacerlo con evidencia de campo.
Por Pilar Vázquez. Especial para Palabra de Campo.



