Las inundaciones en Bolivar (Buenos Aires), con epicentro en Bolívar, volvieron a dejar al descubierto un problema estructural que se repite desde hace décadas. En esa región productiva clave, el agua avanzó sobre miles de hectáreas y expuso, una vez más, la fragilidad de un sistema que depende tanto del clima como de decisiones que no terminan de ejecutarse.
“Se vuelve a ver la misma película, lamentablemente”, resumió José Erreca, presidente de la Sociedad Rural de Bolívar, en diálogo exclusivo con Palabra de Campo. La frase no solo describe el presente, sino que también remite a una historia conocida por varias generaciones de productores que enfrentaron escenarios similares.
El dirigente explicó que estos eventos (que provocan inundaciones en Bolivar) tienen un componente estacional, propio del cambio de verano a otoño, pero advirtió que en los últimos años la dinámica climática se volvió más extrema. “Estamos en un período donde estos fenómenos se dan cada vez más fuertes”, sostuvo, y vinculó esa tendencia con el impacto del cambio climático, que —según dijo— “se hace sentir en la intensidad y la densidad de las precipitaciones”.
En las últimas semanas, esa combinación terminó de agravar un escenario que ya venía comprometido. En distintos sectores del partido se registraron lluvias intensas que, sumadas a eventos previos, llevaron los acumulados a niveles cercanos a los 300 milímetros y desataron en caos con inundaciones en Bolivar. El resultado fue inmediato: anegamientos generalizados, caminos rurales deteriorados y serias dificultades para sostener el ritmo de las labores.
Un reclamo que apunta al Estado en todos sus niveles
Sin embargo, el eje del reclamo no está puesto únicamente en el clima. Erreca fue categórico al señalar que el problema tiene responsables concretos y que atraviesa a todos los niveles del Estado. “Yo te diría que son todos responsables, en iguales proporciones”, afirmó, en una definición que incluye a Nación, la provincia y los municipios.

A partir de allí, el dirigente desgranó una serie de demoras y decisiones postergadas que, según su mirada, explican por qué el problema se repite. Mencionó, por ejemplo, que el gobierno nacional cuenta desde hace tiempo con financiamiento para avanzar con el dragado del río Salado, una obra clave para el drenaje de toda la región, pero que esos trabajos no se concretaron en los tiempos necesarios.
También apuntó a cuellos de botella dentro del sistema hídrico, como el nodo de Bragado, donde confluyen grandes volúmenes de agua provenientes de distintos partidos. Según explicó, las demoras en ese punto estratégico terminan amplificando el impacto de cada evento climático.
La crítica, sin embargo, no se limita a las instancias superiores del Estado. Erreca describió una dinámica en la que las responsabilidades se diluyen entre jurisdicciones mientras el problema crece en el territorio. “La provincia le echa la culpa a Nación y el municipio no hace lo que tiene que hacer en su tiempo”, señaló.
En el plano local, el cuestionamiento adquiere un tono más concreto. Tras un período seco entre diciembre y comienzos de febrero, los productores marcaron la necesidad de avanzar con obras básicas, como alcantarillas y canalizaciones, que permitieran mejorar el escurrimiento del agua. “Era el momento de hacer las obras… y no pusieron una alcantarilla”, afirmó.
Ese contraste entre diagnóstico y ejecución se vuelve aún más evidente cuando se analizan anuncios puntuales que no logran traducirse en soluciones sostenibles. En ese sentido, Erreca recordó la visita de Patricia Bullrich a la región, donde se anunció el envío de maquinaria para atender la emergencia.
“Se generaron muchas expectativas, pero después el municipio tuvo que hacerse cargo de los viáticos y el gasoil”, explicó, en una descripción que refleja el desfasaje entre la asistencia anunciada y su implementación concreta. La sensación que transmite es de creciente descreimiento: “No podés tomar de tontos al productor”.
La conclusión, en ese contexto, es contundente. “Es una tomada de pelo, esto es año tras año, ciclo tras ciclo”. Las inundaciones en Bolivar le complican la vida a los productores rurales.
Inundaciones en Bolivar: pérdidas productivas, costos crecientes y un sistema bajo presión
Mientras tanto, el impacto sobre el sistema productivo se vuelve cada vez más visible. La cosecha gruesa avanza con fuertes limitaciones y apenas pudo concretarse en torno al 40%, en un contexto donde los excesos hídricos impiden el ingreso a los lotes y obligan a tomar decisiones más costosas.
La ganadería también enfrenta dificultades, especialmente por el deterioro de los verdeos, que en muchos casos quedaron bajo agua. “Los verdeos que estaban nacidos se encharcan en un 40 o 50%”, detalló.
En términos económicos, la consecuencia es directa. “Hay mucha plata que se entierra”, graficó Erreca, al describir la pérdida de inversión en un escenario que además suma complicaciones logísticas. Los caminos rurales deteriorados y la imposibilidad de acceder a los lotes obligan, en muchos casos, a embolsar la producción, lo que incrementa los costos en un contexto ya tensionado.
A esto se suma un frente financiero complejo, con tasas elevadas y escaso acceso al crédito. “No tenés crédito y las tasas están arriba del 30%”, advirtió.
El impacto territorial también es significativo. Según estimaciones preliminares, la afectación alcanza entre el 30% y el 35% del partido, lo que equivale a unas 150.000 hectáreas comprometidas . Se trata de una superficie que no solo condiciona la campaña actual, sino que también proyecta efectos sobre el próximo ciclo productivo.
En paralelo, la situación empieza a trasladarse al plano institucional. Erreca advirtió que crecen los conflictos judiciales vinculados a la falta de obras, con fallos que comienzan a responsabilizar a los municipios. Sin embargo, lejos de resolver el problema, ese camino podría agravarlo.
“Va a haber una catarata de juicios que le van a restar fondos a los municipios”, alertó, y planteó un escenario en el que, ante la ausencia del Estado, los propios productores terminan organizándose para encarar obras por su cuenta. “Es una cuestión que se desmadra por la falta de responsabilidad del Estado”, resumió.
En ese contexto, el nuevo escenario climático y económico empieza a impactar en las decisiones productivas. La necesidad de reducir riesgos, ajustar inversiones y replantear estrategias aparece como una constante.
“Hay que empezar a pensar una nueva forma de producción”, planteó, al tiempo que deslizó que algunos productores podrían optar por esquemas más conservadores. “Capaz conviene hacer todo más tradicional y no arriesgar tanto”.
La campaña de trigo, en ese marco, se presenta con más dudas que certezas. Aun con disponibilidad de agua, los costos y la relación insumo-producto generan incertidumbre. “Los números no dan, más allá de que haya agua”, advirtió.
Más allá de los datos productivos, el desgaste emocional también forma parte del cuadro. “Te cansás de ver la misma película, te acobardás”, reconoció.
El cierre de su análisis vuelve a condensar la dimensión histórica del problema. “Hace 30 años que venimos escuchando lo mismo”, afirmó.
Y en esa frase se sintetiza algo más que una queja coyuntural: las inundaciones en Bolivar son la evidencia de una deuda estructural que, mientras no se aborde con decisión y coordinación entre los distintos niveles del Estado, seguirá reapareciendo con cada lluvia.





