¿Las altas tasas impulsan la morosidad o la mora es récord por los intereses?: veredicto de expertos

En este contexto, los analistas de la City buscan explicar la dinámica entre dos variables clave que hoy definen el mercado del crédito: tasas y morosidad. La pregunta es directa: ¿las tasas elevadas impulsan la mora o la mora es consecuencia de tasas tan altas?

El sistema financiero atraviesa un nivel de tensión que no se veía desde la crisis de 2019: las tasas de interés de los créditos personales llegan a superar, en algunos casos, el 300% de costo anual. A la par, se observan elevados niveles de morosidad, que en los bancos rozan el 9% y en algunas billeteras virtuales alcanzan hasta el 27% de su cartera.

En el sistema bancario y en el mundo fintech, la Tasa Nominal Anual (TNA) de los créditos se ubica, en promedio, entre el 115% y el 120%. Esto se traduce en un Costo Financiero Total (CFT) que, en la mayoría de los casos, supera el 200% anual y puede llegar incluso al 300% en algunas aplicaciones.

Por ejemplo, en el universo fintech se registran más de 6 millones de deudores, de los cuales la mitad son trabajadores informales. Allí, uno de cada cuatro (25%) presenta dificultades para cumplir con sus pagos y se encuentra en situación de mora.

Tasas y morosidad: cuál es la “culpable”

El actual estrés crediticio solo encuentra antecedentes comparables en la crisis de 2019 y en la pandemia, lo que empieza a encender alertas dentro del sistema financiero.

Estas cifras contrastan con la tasa de referencia de política monetaria, que ronda el 28% TNA, y con las tasas pasivas que ofrecen los bancos líderes para plazos fijos tradicionales, en torno al 23% TNA. Son niveles más cercanos a la inflación estimada para el año, alrededor del 30%.

Los dos efectos se potencian. Del lado de los bancos, si buscan recuperar el total de la cartera, cuando hay muchos incobrables, los clientes que pagan terminan cubriendo a los que no lo hacen. Eso explica por qué los créditos con garantía tienen tasas mucho más bajas que los préstamos sin respaldo”, señala José Bano, economista y analista financiero.

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La interacción entre tasas y morosidad aparece como el principal factor detrás del desfasaje actual.

En la misma línea, Javier Dicristo, gerente de Inversiones de Banco Meridian, introduce un matiz: “La morosidad no siempre está atada a tasas altas. El interés depende del segmento al que se presta: a mayor riesgo, mayores tasas; en segmentos de ingresos altos (ABC1), las tasas son más bajas porque la incobrabilidad es menor”.

Y agrega: “Desde el lado de los clientes, es esperable que cuanto más alta es la cuota, más difícil resulte repagar el crédito. Si la cuota fuera más baja, más gente podría cumplir“.

Otros factores que inciden en tasas y morosidad

Además del nivel de tasas, hay otros elementos que ayudan a explicar la suba de la morosidad. Entre ellos, el desfasaje entre salarios e inflación y el aumento de costos que encarecen las cuotas.

Por su parte, Fernando Baer, economista jefe de la consultora Quantum, sostiene: “Las tasas se definen en el mercado de dinero, por lo que la morosidad es una consecuencia de esas tasas, junto con factores como empleo, salarios y nivel de actividad”.

Según detalla, en la mora también inciden “la caída de los ingresos reales y el aumento de precios relativos, como servicios y salud. Esto reduce el excedente disponible y obliga a priorizar gastos básicos por sobre el pago de deudas. A su vez, las tasas elevadas en el sector no bancario reflejan costos operativos específicos —como originación y cobranza— y el mayor riesgo intrínseco del segmento”.

“En general, quien toma un crédito —sobre todo en el sector no bancario— mira la cuota, no la tasa. No sabe qué tasa está convalidando, sino si puede pagar o no ese compromiso mensual”, explica Sebastián Menescaldi, economista y director asociado de Eco Go.

A esta lectura se suma la visión de un ejecutivo de un banco líder, que introduce el factor liquidez: “El determinante clave de las tasas es la liquidez, que hoy se mantiene elevada por la baja demanda de crédito y el nivel de la tasa de referencia”.

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Para Marcelo Bastante, analista de mercados especializado en bancos, el fenómeno es aún más complejo: “No se puede analizar la relación entre tasas y mora en forma aislada. Antes, en un contexto de alta inflación, las cuotas se licuaban con el tiempo. Hoy eso ya no ocurre. En planes de 6, 12 o 18 cuotas, el deudor terminaba pagando menos en términos reales. Ahora, ese efecto desapareció y se siente en el bolsillo”.

Esa incertidumbre, agrega, obliga a las entidades a mantener márgenes de cobertura para evitar que cambios bruscos en la liquidez transformen los créditos otorgados en pérdidas.

En ese marco, describe una dualidad: “Si bien tasas más bajas ayudarían a reducir la morosidad —sobre todo con tasas reales del 30%, difíciles de sostener—, la falta de previsibilidad en la política monetaria del Banco Central impide una baja agresiva de los intereses”.

“Hay una decisión macroeconómica de sostener tasas elevadas para evitar depreciaciones abruptas. Eso fija las tasas pasivas y luego los bancos trasladan ese efecto a las activas, sumando impuestos, costos de intermediación y márgenes. Como resultado, los deudores más sólidos quedan fuera del crédito y acceden principalmente los perfiles más riesgosos”, explica Darío Rossignolo, economista y profesor de Finanzas Públicas en la UBA.

Además, la política monetaria de tasas altas también responde al objetivo de contener el tipo de cambio y evitar saltos bruscos del dólar.

Por eso, concluye, “la tasa de morosidad es un componente clave en la determinación de la tasa activa“.

Finalmente, Bastante detalla cómo se construye la tasa activa: parte del costo de fondeo (lo que el banco paga por los depósitos), al que se suman el efecto de encajes, los costos impositivos, los gastos operativos y la morosidad.

Y reconoce que la relación entre tasas altas y mora es directa: “Según datos del Banco Central, el aumento de la morosidad muestra una alta correlación con la suba de tasas registrada desde abril del año pasado hasta las elecciones de octubre. El impacto no es inmediato: suele observarse con un rezago de entre tres y seis meses”.

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