En el clásico duelo entre soja y maíz, el cereal parece llevar la delantera. Según las últimas estimaciones, la región núcleo podría sumar un 17% más de área maicera, alcanzando 1,9 millones de hectáreas. A primera vista, el dato refleja un mayor entusiasmo por el cultivo, especialmente ante las condiciones hídricas que dejó julio. Sin embargo, bajo la superficie de esa expansión, los técnicos detectan una señal de alerta que ya aqueja a la soja: el estancamiento de los rendimientos.
Este fenómeno no es exclusivo de la oleaginosa. Aunque durante años se adjudicó a la soja una supuesta falta de evolución productiva, un análisis más amplio de las últimas 16 campañas agrícolas (excluyendo la 2022/23 por su sequía extrema) muestra que el maíz también dejó de mejorar sistemáticamente. Sus rindes han oscilado entre 60 y 110 quintales por hectárea, con picos aislados, pero sin una tendencia sostenida. La soja, más estable pero con menor techo, se mantuvo entre los 25 y los 42 qq/ha.
“Lo que vemos es que no hay una mejora clara ni sostenida en el tiempo para ninguno de los dos cultivos”, afirman los técnicos de la región núcleo. A diferencia del maíz, que ofrece mayor dispersión en los rindes y permite mayores retornos en los buenos años, la soja se mantiene como el cultivo “estable” que responde mejor ante condiciones adversas. Pero eso también implica que tiene menos margen de mejora si el ambiente acompaña.
El problema no es genético: la clave está en los suelos y el manejo
¿Por qué los rendimientos se han estancado, incluso en campañas con buen clima? Para muchos técnicos, la explicación está lejos de las semillas y más cerca del suelo. La fertilidad química y física ha sido degradada por manejos defensivos, estrategias de bajo costo y la falta de inversión agronómica.
Desde Aldao, un agrónomo ilustra con una metáfora tajante: “Hace rato que a la soja no le ponemos una costeleta en el plato”. Se refiere al déficit de fertilización, especialmente en fósforo, uno de los nutrientes esenciales para ambos cultivos. El promedio de margen que deja la soja ronda los 100 a 120 dólares por hectárea. Si se destina parte de ese dinero a fertilizar, el margen se reduce. Y muchos productores, ante esa ecuación, optan por no hacerlo.
En Bigand y Pergamino, el diagnóstico es similar. Se usan variedades más antiguas, se aplican insumos genéricos de baja calidad, y los lotes se explotan con mínima rotación y sin reponer nutrientes. En General Pinto, alertan sobre compactación, pérdida de estructura y acidificación del suelo. Y aunque las lluvias ayudan, la eficiencia de captación del agua no supera el 60% en muchos casos.
Para Rodolfo Rossi, referente nacional en genética vegetal, la brecha no es genética sino tecnológica. “La ganancia genética en Argentina es comparable a la de Brasil, pero allá se aplica todo el paquete. Acá no se fertiliza ni se reponen nutrientes. En soja, más del 60% de los productores no devuelve al suelo lo que se lleva en fósforo y azufre”, advierte.
La rotación sola no alcanza si no va acompañada de una nutrición adecuada. El maíz, por ejemplo, extrae grandes cantidades de fósforo, azufre y nitrógeno. La soja, aunque puede fijar nitrógeno, también necesita otros nutrientes clave.
Matías De Felipe, otro especialista en mejoramiento genético, coincide: “La tasa de ganancia genética de los cultivares utilizados en Argentina no ha caído”. Estudios recientes demuestran que el problema no está en las semillas, sino en su incapacidad de expresar el potencial en un sistema de bajos insumos. “En ambientes degradados o con manejo defensivo, los materiales no rinden lo que podrían”, resume.
El trigo aprovecha el envión climático y arranca con el pie derecho
En contraste con soja y maíz, el trigo muestra señales alentadoras. Gracias a las lluvias de julio, el 40% del cultivo se encuentra en estado excelente, el 55% en muy bueno y apenas un 5% en bueno. En localidades como Corral de Bustos, María Susana, Bigand y General Pinto, los productores coinciden en que el panorama supera ampliamente al de años anteriores.
Además del impulso hídrico, las lluvias activaron nutrientes clave como el nitrógeno, mejorando la condición de lotes que venían resentidos por las heladas. Un técnico de General Pinto estima que, si el ambiente se mantiene fresco y sin heladas tardías, los rindes podrían alcanzar los 70 quintales por hectárea. Pero advierte: si el clima se revierte, pueden caer a menos de 20 qq/ha.





