El cardenal Robert Francis Prevost hizo historia el 8 de mayo de 2025 al convertirse en el primer papa originario de Estados Unidos, adoptando el nombre de León XIV. Su elección marcó un cambio sin precedentes tras 266 pontífices, rompiendo con siglos de predominio europeo en la cúpula de la Iglesia Católica. Nacido en Chicago y con ciudadanía peruana, su perfil conjuga el pragmatismo norteamericano con la sensibilidad pastoral que desarrolló durante casi dos décadas de misión en América Latina.
Prevost no era un nombre ajeno al Vaticano. En 2023, el papa Francisco lo había designado como prefecto del Dicasterio para los Obispos, uno de los cargos más influyentes dentro de la Santa Sede. Desde ese rol, se encargó de supervisar el nombramiento de obispos en todo el mundo, con una mirada alineada a la visión inclusiva y reformista de su predecesor.
Un agustino con raíces peruanas
Robert Prevost ingresó a la Orden de San Agustín en 1977 y fue ordenado sacerdote en 1982. Poco después, en 1985, comenzó su labor misionera en Perú. Allí desempeñó funciones clave en Trujillo y Chiclayo, donde más tarde se convirtió en obispo. Su dominio del español, su conocimiento de la realidad social de la región y su trabajo con comunidades vulnerables consolidaron una fuerte identidad latinoamericana.
En 2015 obtuvo la ciudadanía peruana. El propio Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (Reniec) lo confirmó recientemente: su DNI está vigente desde ese año. Desde Perú forjó vínculos con la jerarquía eclesiástica regional y defendió valores como la cercanía con los pobres, el acompañamiento a los migrantes y una Iglesia humilde, alejada de la ostentación.
Un perfil moderado para un tiempo de transición
El nuevo papa llega en un contexto complejo para la Iglesia Católica. Con profundas divisiones internas, una agenda global marcada por las guerras y una creciente distancia entre el clero y los fieles, los cardenales buscaron un perfil equilibrado. En Prevost encontraron a un hombre moderado, con experiencia de gobierno, sensibilidad pastoral y una visión internacional.
Los medios vaticanistas lo señalan como una figura capaz de tender puentes entre los sectores progresistas y conservadores. Su elección también responde a una lógica estratégica: Estados Unidos alberga a más de 72 millones de católicos, la cuarta comunidad más grande del mundo. Un pontífice estadounidense podría reforzar el peso diplomático del Vaticano.
Una historia marcada por la vocación
Prevost nació en 1955 en Chicago, creció en los suburbios de Illinois y cursó estudios en matemáticas antes de ingresar a la vida religiosa. Más tarde se doctoró en Derecho Canónico en Roma y fue elegido dos veces como prior general de los agustinos, lo que le dio una perspectiva global. Su dominio de seis idiomas le permitió desempeñarse en múltiples contextos culturales.
Durante su gestión como obispo de Chiclayo participó activamente en la Conferencia Episcopal Peruana. Su compromiso con los inmigrantes y las comunidades alejadas reforzó su perfil pastoral. También se expresó con firmeza en temas sensibles, como el rechazo a la ideología de género en las escuelas.
En el terreno más crítico para la Iglesia, la crisis por los abusos sexuales, Prevost pidió transparencia y acompañamiento a las víctimas. En Perú fue objeto de una campaña de desprestigio promovida por sectores ultraconservadores, lo que muchos interpretaron como una represalia a su cercanía con el papa Francisco y su defensa de reformas eclesiales.
El desafío de continuar el legado de Francisco
El nuevo pontífice asume con el desafío de continuar la transformación de la Iglesia iniciada por su antecesor. En una reciente entrevista, Prevost afirmó: “No podemos parar, no podemos retroceder. Tenemos que ver cómo el Espíritu Santo quiere que la Iglesia sea hoy y mañana”.
Su agenda incluirá profundizar la sinodalidad —la consulta a los fieles laicos en las decisiones eclesiales—, mejorar la gestión financiera del Vaticano y mantener una posición firme en temas globales como la migración, el cambio climático y la justicia social.
“El obispo no debe ser un principito sentado en su reino. Está llamado a caminar con la gente y a sufrir con ellos”, dijo el año pasado. Esa misma convicción pastoral podría guiar su pontificado como León XIV.


