Durante la última semana el Congreso Aapresid se convirtió en el epicentro del debate sobre el presente y futuro del campo argentino. En un contexto marcado por la incertidumbre económica, las tensiones fiscales y las exigencias de los mercados internacionales, las cuatro cadenas agrícolas más relevantes del país —soja, maíz, trigo y girasol— coincidieron en que la presión tributaria en el agro es el principal obstáculo para que el sector pueda desplegar todo su potencial productivo y exportador.
El panel, moderado por el periodista y fundador de Palabra de Campo, Daniel Aprile, reunió a Rodolfo Rossi (presidente de Acsoja), Federico Zerboni (presidente de Maizar), Martín Biscaisaque (presidente de Argentrigo) y Juan Martín Salas Oyarzún (presidente de Asagir). Durante más de una hora, los referentes abordaron cuestiones clave: la necesidad de una reforma tributaria que incentive la producción, la urgencia de invertir en infraestructura y logística, la adaptación a las nuevas regulaciones ambientales y el aprovechamiento de las oportunidades de mercado.
Presión tributaria en el agro y competitividad sistémica
Los dirigentes fueron claros al explicar que la presión tributaria en el agro erosiona la competitividad frente a países que operan con menores cargas fiscales y mejores condiciones logísticas. Rossi, de Acsoja, destacó que la soja ha tenido un crecimiento impresionante en las últimas tres décadas, pero sigue castigada con retenciones del 26 %, frente al 9,5 % que paga el maíz. Si bien la reducción desde el 33 % es un avance, advirtió que los precios internacionales deprimidos están ajustando márgenes y ya generan señales negativas en Brasil, donde se evalúa reducir el área sembrada.
Zerboni, de Maizar, celebró que la campaña 2025/26 muestre una recuperación histórica en maíz, con un 80 % de los híbridos ya comercializados. Resaltó que el cultivo no compite contra otros, sino que forma parte de rotaciones estratégicas junto al sorgo y la soja, aportando beneficios para la estructura y fertilidad del suelo. “El maíz es un aliado para sostener la productividad a largo plazo”, señaló, dejando claro que las decisiones de siembra dependen tanto de la tecnología como de la rentabilidad esperada.
Biscaisaque, de Argentrigo, fue enfático: “Argentina podría sumar hasta 10 millones de hectáreas más de soja si existiera rentabilidad y horizonte claro”. Advirtió que el sistema impositivo vigente desalienta inversiones y siembra, y que el trigo enfrenta los mismos problemas de fondo: falta de infraestructura, costos logísticos elevados y trabas regulatorias que restan competitividad en el mercado global.
Salas Oyarzún, de Asagir, recordó que el girasol logró un récord reciente de producción y exportación, pero advirtió que la competitividad sistémica sigue limitada por la presión fiscal y las deficiencias logísticas. Señaló que la Hidrovía y los costos internos son factores que pesan tanto como los precios internacionales a la hora de definir márgenes.
Reglas claras y adaptación a las regulaciones internacionales
Además de la presión tributaria en el agro, el panel abordó un desafío cada vez más relevante: el Reglamento de la Unión Europea sobre productos libres de deforestación (EUDR). Esta norma, que entrará en vigencia plena en diciembre de 2025, exigirá que las exportaciones de soja, maíz, trigo y girasol a Europa cuenten con trazabilidad georreferenciada y certificaciones ambientales que prueben que la producción no proviene de zonas deforestadas después de 2020.
Los presidentes coincidieron en que la Argentina debe anticiparse y construir una estrategia común que unifique criterios entre el sector público y privado. “No podemos permitir que la falta de coordinación nos haga perder mercados”, advirtieron. También subrayaron que las inversiones necesarias para cumplir con el EUDR podrían ser un desafío para productores medianos y pequeños, por lo que pidieron programas de asistencia técnica y financiera.
Brasil apareció varias veces como ejemplo en la conversación. Zerboni y Rossi destacaron que el país vecino consume internamente cerca del 50 % de su soja a través de feedlots, tambos, producción avícola y biodiésel, mientras que Argentina aún discute los porcentajes de corte en el gasoil. “Tenemos la mayor capacidad de crushing del mundo, pero no la estamos aprovechando al máximo”, remarcó Rossi.
Un cierre con señales al futuro
El cierre del panel dejó una imagen clara: el agro argentino quiere producir más, pero necesita señales concretas. Para las cadenas, la combinación de un alivio fiscal real, inversiones en infraestructura clave —como la Hidrovía y rutas estratégicas— y un plan nacional para cumplir con las regulaciones internacionales podría destrabar el potencial productivo del país.
La jornada del 8 de agosto en Aapresid sirvió para visibilizar que las oportunidades están, pero que sin competitividad sistémica seguirán sin concretarse. Los referentes coincidieron en que el contexto internacional abre puertas para el agro argentino, pero advirtieron que las ventajas naturales deben complementarse con políticas públicas que favorezcan la inversión, la adopción de tecnología y la integración en cadenas de valor globales.
En palabras de Daniel Aprile, moderador del panel, “lo que escuchamos hoy es que el productor argentino tiene voluntad y capacidad para dar un salto productivo, pero necesita que el Estado le quite el pie de encima y le abra el horizonte”. Un resumen que condensó el espíritu de la jornada: optimismo condicionado a que haya reglas claras y previsibilidad.


