El clima de la primavera siempre es determinante para la agricultura argentina, pero este año se presenta como un factor de doble filo. Tras un invierno marcado por lluvias extraordinarias que dejaron más de dos millones de hectáreas bajo el agua en la provincia de Buenos Aires, el inicio de la campaña gruesa de maíz y soja encuentra al campo entre la esperanza y la incertidumbre.
Según un relevamiento de la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (Carbap), si se contabilizan las superficies inaccesibles por falta de piso o caminos rurales intransitables, el área comprometida supera las tres millones de hectáreas. Esto coloca a muchos productores en una situación crítica justo cuando deberían encarar las siembras más importantes del calendario agrícola.
Los pronósticos meteorológicos señalan que el clima de la primavera 2025 tendrá lluvias normales y un aumento progresivo de las temperaturas. Sin embargo, esa normalidad no tendrá el mismo efecto en todas las regiones: será una bendición en aquellas donde los suelos están recargados pero transitables, y una amenaza para las zonas donde el agua aún no logró escurrir.
El alivio esperado: lluvias normales en zonas con buena base hídrica
En las regiones donde las lluvias del invierno dejaron una recarga óptima de humedad pero no provocaron anegamientos, la llegada de precipitaciones habituales será el punto de partida ideal para la campaña gruesa. Productores de áreas del norte de Buenos Aires, Córdoba, oeste pampeano y Santa Fe miran con optimismo este escenario, ya que los perfiles de suelo presentan una disponibilidad de agua que no se observaba desde hace casi una década.
El climatólogo Germán Heinzenknecht señaló que los distintos modelos meteorológicos coinciden en proyectar lluvias normales durante la primavera. “En muchas zonas, una primavera normal será una bendición, porque permitirá aprovechar la humedad acumulada y avanzar con las siembras de maíz y soja. Si septiembre fuese deficitario, el panorama cambiaría, pero casi todos los pronósticos convergen en que será normal en gran parte de la Argentina”, explicó.
Este contexto favorece la planificación de siembras tempranas y la expectativa de rindes por encima del promedio. A diferencia de campañas recientes, marcadas por la sequía, los agricultores cuentan este año con un piso hídrico sólido que asegura un arranque con menos riesgos.
La amenaza: el agua que no se va
El panorama cambia drásticamente en las zonas más castigadas por los excesos hídricos, como el centro-oeste bonaerense, la cuenca del Salado, el sur de Santa Fe y el centro-este de Córdoba. Allí, los campos permanecen bajo agua después de recibir acumulados de entre 250 y 300 milímetros en pocas semanas, con casos críticos en localidades como Marcos Juárez.
En estos lugares, advierte Heinzenknecht, la normalidad no es sinónimo de alivio. “Un escenario de lluvias normales se complica si no han logrado evacuar bien los excesos. Si uno pudiera diseñar lo que se necesita, tendría que pedirle a septiembre que no llueva. Con el agua que hay en la región pampeana, las siembras podrían avanzar. Pero ya tenemos pronósticos de lluvias para la semana que viene. Entonces, la ecuación no cierra y septiembre mete presión”, alertó.
El problema radica en que, aun con precipitaciones dentro de los parámetros históricos, la saturación de los suelos impide absorber más agua. En consecuencia, los productores no pueden ingresar con maquinaria y el riesgo de pérdida de lotes enteros crece semana a semana.
El rol del calor: la esperanza de la evapotranspiración
Frente a este escenario, el aumento de las temperaturas de primavera aparece como un factor positivo para acelerar la evapotranspiración. Según Pablo Mercuri, director del Centro de Investigación de Recursos Naturales del INTA, este proceso permitirá que los suelos anegados comiencen a secarse con mayor rapidez.
“La buena noticia es que en los próximos días no se visualizan sistemas de precipitación de gran intensidad. Al incrementarse la temperatura en este periodo del año, aumenta significativamente la evapotranspiración de cultivos y pasturas implantados. Esto significa entre uno y dos milímetros diarios adicionales de pérdida de humedad, algo clave para facilitar la recuperación de los lotes”, explicó.
Mercuri remarcó que la campaña empieza con una situación inédita en casi diez años: perfiles de suelo recargados de agua en gran parte del país. “Desde el último Niño 2015-2016 no se registraba una salida de invierno con tanta disponibilidad hídrica. Y no solo en el este: en Córdoba, en el oeste pampeano y en gran parte de la región central también se registró una muy buena recarga durante agosto”, subrayó.
Neutralidad climática y variabilidad
Los modelos estacionales, según el INTA, muestran un escenario de neutralidad climática, es decir, sin anomalías marcadas como las que genera un Niño o una Niña. Sin embargo, Mercuri advirtió que esto no significa estabilidad. “Aun en contextos de neutralidad puede haber variabilidad climática. Podemos tener 15, 20 o 30 días con menor oferta de agua y luego meses con recomposición de lluvias. Esa es una de las huellas más claras del cambio climático”, señaló.
Este punto genera otra fuente de incertidumbre: la posibilidad de períodos secos temporarios que, si coinciden con etapas críticas del cultivo, pueden afectar la producción. Así, la primavera no garantiza un camino llano, sino que refuerza la necesidad de monitorear semana a semana la evolución del clima.
Un inicio de campaña bajo presión
El arranque de la campaña gruesa 2025/26 está marcado por una paradoja. Por un lado, los productores cuentan con una base hídrica envidiable respecto a años anteriores. Por otro, los excesos de agua siguen siendo una amenaza concretaque puede dejar fuera de juego a miles de hectáreas en zonas clave de la región pampeana.
La presión del clima de la primavera se hará sentir especialmente en septiembre, un mes que ya arranca con pronósticos de lluvias. Si estas se mantienen en valores normales, la campaña podría dividirse en dos realidades opuestas: la de quienes aprovechen la humedad y logren sembrar con buenas perspectivas, y la de quienes queden atrapados por el agua y vean comprometida gran parte de su producción.
El desenlace dependerá de la velocidad con la que los suelos logren drenar y de la capacidad de los productores para adaptar sus decisiones de siembra a un contexto en el que la bendición del agua también puede transformarse en castigo.




