Una startup argentina puso la nanotecnología sobre la mesa del agro con el argumento de mejorar rendimientos y reducir insumos, en un contexto de clima errático y presión por sostenibilidad. CycleF, fundada por Rodrigo Pontiggia, Melisa Altina y Joaquín Guillot, salió del laboratorio con una inversión inicial de US$ 100.000 y ya proyecta facturar más de US$ 900.000 en 2026.
El equipo se completó con profesionales del agro y la investigación, entre ellos los ingenieros agrónomos Paula Fontana y Agustín Deffelipo, y la investigadora del Conicet Romina Giacometti. El eje del proyecto es un bioestimulante y una línea de nanofertilizantes que, según la compañía, actúan a dosis muy bajas sobre los cultivos y mejoran la tolerancia al estrés climático.
El impulso provino de la trayectoria de Pontiggia, doctor en Química Biológica, que pasó 16 años en el área de Desarrollo e Innovación de Benito Roggio Ambiental antes de renunciar para volcar su experiencia al emprendimiento agro. “Renunciamos a nuestro trabajo y montamos CycleF: una empresa basada en ciencia”, sintetizó el fundador al relatar el cambio de rumbo profesional.
La empresa desarrolló sus productos a partir de ensayos en cámara y con convenios académicos, antes de pasar a microparcelas y lotes comerciales. Según los datos que difunden, los ensayos en trigo y cebada mostraron aumentos promedio del 10,3 %, en maíz del 8 % y en soja del 5,3 %, con picos que la firma comunica de hasta 30 % o 32 % en condiciones de estrés extremo.
Cómo funciona la propuesta y qué dicen los ensayos
La explicación de la compañía combina analogías sencillas y datos técnicos: el bioestimulante “prepara” a la planta para soportar sequía o helada, similar a una vacuna que mejora la respuesta al estrés. En paralelo, los nanofertilizantes buscan una liberación más controlada del nitrógeno para aumentar el aprovechamiento y disminuir las pérdidas al ambiente.
Las pruebas se realizaron en distintas regiones productivas —sur bonaerense, zona núcleo, Chaco, Córdoba y Entre Ríos— y abarcaron cultivos de verano e invierno, además de experiencias en cítricos. La startup declara haber aplicado su tecnología en unas 10.000 hectáreas y espera alcanzar 52.000 dosis en su primer año comercial.
En los ensayos a escala experimental también hay respaldo público: en diciembre de 2025 el INTA publicó resultados preliminares con nanofertilizantes nitrogenados que permitieron reducir hasta un 35 % la dosis de nitrógeno sin perder rendimiento. Además, al comparar a igual dosis los nanofertilizantes con fuentes convencionales, los investigadores registraron incrementos promedio del 10 % en trigo y maíz.
CycleF señala además ventajas operativas: según la empresa, un litro de su formulado rinde para unas 40 hectáreas, mientras que otros productos tradicionales pueden requerir entre 2 y 3 litros por hectárea. Esa diferencia, de confirmarse de forma independiente, implicaría menor logística y costos de aplicación para el productor.
Contexto, regulaciones y límites de la evidencia
La nanotecnología agraria no es una promesa exclusiva de empresas privadas; grupos del INTA, Conicet y la Universidad Nacional del Litoral también publican avances que muestran el potencial de trabajar a escala nanométrica. No obstante, el paso del laboratorio al campo comercial con resultados reproducibles sigue siendo complejo y demanda tiempo, recursos y múltiples campañas de ensayo.
En materia regulatoria, Senasa exige que los desarrolladores presenten una carpeta técnica que acredite que las partículas están en escala nanométrica —entre 1 y 100 nanómetros—, su composición química y ensayos que demuestren el efecto declarado para cada forma de uso, ya sea aplicación foliar o tratamiento de semillas. La normativa pide, en suma, evidencia específica para cada uso y contextos productivos.
Desde la perspectiva ambiental y económica, los nanofertilizantes prometen beneficios claros si efectivamente permiten reducir dosis de nitrógeno y mejorar su uso, ya que ello puede disminuir emisiones de gases de efecto invernadero y pérdidas por lixiviación que afectan agua y suelos. Sin embargo, las cifras reportadas por las empresas requieren contraste con estudios independientes y con evaluaciones en campañas heterogéneas, porque la respuesta agronómica varía según suelo, clima y manejo.
Investigaciones científicas y escalabilidad
Investigadores del CONICET y la UNL trabajan en formulaciones que buscan liberación gradual de nutrientes y menor impacto ambiental, y algunos ensayos experimentales muestran resultados comparables a los reportados por la industria. Aun así, la escalabilidad industrial plantea desafíos técnicos: pasar de producción de laboratorio a volúmenes suficientes para cubrir decenas de miles de hectáreas exige inversión y control de calidad continuo.
CycleF afirma que ya cuenta con un proceso productivo que en una semana puede elaborar producto suficiente para cubrir entre 5.000 y 6.000 hectáreas, pero reconoce que avanzar a otros cultivos y regiones requiere años de pruebas. “No existen soluciones mágicas. En general, en el agro, todos los productos hay que probarlos a campo y se pasa por distintas instancias”, admiten desde la compañía en relación a la adopción.
Para productores y asesores, la apuesta de la nanotecnología representa una alternativa potencialmente interesante frente a la volatilidad climática y el aumento de costos de insumos, siempre que la tecnología demuestre consistencia en resultados y ventajas económicas netas. La toma de decisiones en un lote real deberá combinar evidencia local, costos de aplicación y análisis de riesgo técnico-económico.
En conclusión, la entrada de emprendimientos como CycleF pone en discusión una vía tecnológica hacia mayor eficiencia y sostenibilidad del agro, pero la validación independiente y el cumplimiento de exigencias regulatorias serán claves para transformar las promesas en prácticas cotidianas. Mientras el sector evalúa rendimientos y reducciones de insumo, la pregunta central sigue siendo cómo escalar resultados fiables que beneficien tanto al productor como al ambiente.



