En los últimos días se difundieron versiones que encendieron la alarma en productores del noroeste argentino: la chicharrita Dalbulus maidis, principal vector de patógenos del maíz, estaría afectando también a los cultivos de trigo. La noticia se propagó rápidamente en medios y redes, pero los especialistas salieron al cruce y desmintieron esta posibilidad.
“Es un error técnico que puede desviar la mirada del problema real”, explicó un investigador del INTA en Tucumán. “La chicharrita sólo cumple su ciclo biológico en maíz. En otros cereales puede posarse de manera transitoria, pero no se alimenta ni se reproduce. El trigo no está en riesgo”.
El insecto, que en 2024 generó serias pérdidas en las provincias del NOA, está vinculado exclusivamente a Zea mays. Los patógenos que transmite, como el espiroplasma y el fitoplasma, sólo se desarrollan en esa especie. De allí que los técnicos insistan en que las observaciones de chicharritas en trigo responden únicamente a la búsqueda de refugio, nunca a un comportamiento dañino sobre ese cultivo.
Por qué aparece en el trigo en otoño e invierno
La presencia de adultos sobre trigo y otros cereales invernales suele observarse durante los meses fríos, cuando no hay maíz en pie en la región. Ante esa falta de hospedero, la chicharrita busca sostenerse en el paisaje agrícola, utilizando plantas alternativas como resguardo temporal.
“Lo que vemos es una estrategia de supervivencia”, detalló un técnico de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (EEAOC). “La plaga puede posarse sobre trigo, avena o cebada, pero allí no encuentra las condiciones para alimentarse ni reproducirse. Apenas permanece hasta que vuelva a haber maíz disponible”.
Este comportamiento explica por qué se registran capturas de insectos en trampas ubicadas en lotes de trigo. Sin embargo, confundir esa presencia con un riesgo sanitario directo para el cereal es un error. El trigo no es un cultivo susceptible a los patógenos transmitidos por Dalbulus maidis, por lo que no se ve afectado en su desarrollo ni en su rendimiento.
El verdadero foco: los maíces voluntarios
La situación cambia de manera drástica cuando emergen los llamados maíces voluntarios o guachos. Estos surgen tras las lluvias otoñales a partir de granos que quedaron en el suelo luego de la cosecha. Al crecer en ambientes sin control, ofrecen exactamente lo que la chicharrita necesita: alimento y sustrato reproductivo.
“El riesgo sanitario está allí, no en el trigo”, enfatizó el especialista del INTA. “Los maíces guachos permiten que la población de chicharritas se mantenga activa durante todo el invierno y que los patógenos no desaparezcan de la región. Así, cuando comienza la campaña comercial, ya existe una presión de inóculo instalada”.
En 2024, la persistencia de maíces voluntarios en zonas de Tucumán y Salta fue clave para que la plaga alcanzara niveles poblacionales inéditos. El resultado fue un incremento de las infecciones y un fuerte impacto sobre los rendimientos del maíz comercial, con lotes que perdieron hasta un 40% de su potencial.
Cómo interrumpir el ciclo epidemiológico
La estrategia de manejo recomendada por los técnicos apunta a cortar esa continuidad. Eliminar los maíces voluntarios es la medida central, ya que interrumpe la posibilidad de reproducción del insecto y reduce la presión inicial sobre los lotes comerciales.
“Se trata de una práctica preventiva clave”, señaló un especialista de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), que viene monitoreando la dinámica de la plaga en distintas regiones del país. “Sin maíces voluntarios, la chicharrita pierde su sostén poblacional durante los meses fríos. Y eso implica menos riesgo de transmisión de patógenos cuando empieza la nueva campaña”.
El monitoreo constante es otra herramienta esencial. La instalación de trampas, la observación en bordes de lotes y la vigilancia de brotes tempranos permiten anticipar la presencia de la plaga. Cuanto más rápido se detecta, mayores son las posibilidades de implementar medidas de control efectivas.
Impacto productivo y económico en la región
El NOA es una de las regiones más sensibles a esta problemática, ya que allí el maíz ocupa un lugar central en la rotación agrícola y en la economía local. En provincias como Tucumán, Salta, Jujuy y parte de Catamarca, el cultivo no sólo es clave para el mercado interno sino también para la producción de forraje y la alimentación animal.
El brote de 2024 dejó lecciones importantes: la falta de control de maíces voluntarios y la subestimación del problema potenciaron la incidencia de Dalbulus maidis. El resultado fue una campaña con caídas de rindes y pérdidas económicas para muchos productores medianos y pequeños.
Los técnicos coinciden en que repetir ese escenario sería grave, especialmente en un año donde las condiciones climáticas muestran un escenario de humedad favorable para la aparición de guachos. “Si no se toman medidas, el riesgo de repetir el impacto de 2024 es alto”, advirtieron desde la EEAOC.
Más allá del noa: una amenaza que se expande
Aunque el foco actual está en el noroeste, la plaga no es exclusiva de esa región. El avance del maíz hacia nuevas áreas y la mayor continuidad del cultivo en distintas zonas del país incrementan la probabilidad de dispersión de la chicharrita.
En la región núcleo, por ejemplo, ya se han registrado capturas en trampas, aunque con poblaciones bajas y sin impacto significativo hasta el momento. Los especialistas consideran que el monitoreo debe extenderse a todas las regiones productivas, ya que el riesgo de expansión existe.
“Es un problema que no se puede minimizar”, señaló un fitopatólogo de la Universidad Nacional de Rosario. “El vector está presente en varias provincias. Lo que ocurra en el NOA puede ser una señal de lo que podría suceder en otras zonas si no se implementan medidas de manejo adecuadas”.
La chicharrita Dalbulus maidis seguirá siendo un desafío sanitario en el NOA y otras regiones maiceras de Argentina. Sin embargo, su impacto no debe confundirse: el trigo no corre riesgo y la presencia de insectos en ese cereal es apenas circunstancial. El verdadero problema está en los maíces voluntarios, que permiten la continuidad del ciclo biológico del vector y de los patógenos que transmite.
Eliminar los guachos, reforzar el monitoreo y sostener una estrategia de manejo integrado aparecen como los pilares para enfrentar el desafío. De esa manera, se podrá proteger la próxima campaña y reducir el riesgo de pérdidas que ya dejaron huellas profundas en años anteriores.





