La última campaña de trigo dejó una marca difícil de ignorar: rendimientos históricos en varias regiones productivas y un volumen que confirmó el enorme potencial del cereal cuando el clima, la tecnología y el manejo acompañan. Sin embargo, detrás de esa foto positiva aparece ahora un desafío menos visible, pero decisivo para la próxima siembra: la calidad fisiológica de la semilla que llegará al lote.
En muchos casos, los altos rindes dejaron como saldo semillas con menor contenido de proteína y gluten, un fenómeno conocido por técnicos y productores como el de las “semillas flacas”. El concepto no remite necesariamente al tamaño externo del grano, sino a su composición interna y a su capacidad real para sostener una emergencia rápida, pareja y vigorosa.
Qué son las semillas “flacas” y por qué preocupan al trigo
En trigo, cuando la producción aumenta con fuerza y la fertilización, especialmente la nitrogenada, no acompaña la mayor demanda del cultivo, puede aparecer un proceso de dilución de proteína. Esto significa que el grano alcanza buenos volúmenes, pero con menores niveles relativos de proteína total y de gluten, compuesto principalmente por gliadinas y gluteninas.

El problema es que esta condición no siempre aparece reflejada en los análisis tradicionales de poder germinativo. Una semilla puede mostrar buenos porcentajes de germinación en laboratorio, pero comportarse de manera diferente en el campo, donde debe enfrentar frío, humedad variable, patógenos, compactación superficial o estrés hídrico.
Allí entra en juego el vigor de la semilla, una variable clave para lograr una buena implantación del cultivo. Una semilla de bajo vigor puede germinar, pero lo hace más lento, con menor energía inicial y con menos capacidad para atravesar situaciones adversas durante los primeros días posteriores a la siembra.
Esa diferencia inicial puede trasladarse luego al lote. Cuando la emergencia no ocurre de manera pareja, aparecen plantas dominantes y dominadas, con distinta capacidad para competir por luz, agua y nutrientes. Las plantas que emergen tarde suelen transformarse en macollos débiles o espigas de bajo aporte al rendimiento final.
Implantación, sanidad y manejo desde el arranque
La situación se vuelve más delicada porque la siembra de cereales de invierno suele coincidir con condiciones exigentes. Una helada temprana, un período seco, un suelo planchado por lluvias o una mayor presión de hongos pueden afectar con más fuerza a una semilla que ya parte con menor reserva metabólica.
Por eso, el tratamiento profesional de semillas gana relevancia como una herramienta estratégica. Ya no se trata solo de proteger contra enfermedades o plagas del suelo, sino de acompañar a la semilla en su etapa de mayor vulnerabilidad, cuando define buena parte del futuro stand de plantas.
En ese marco, distintas empresas del sector recomiendan combinar tecnologías fungicidas, biológicas y bioestimulantes para mejorar la emergencia, fortalecer el desarrollo radicular inicial y reducir el impacto del estrés. Entre las alternativas disponibles aparecen tratamientos como Rizoderma SX, de acción fungicida biológica, y Vitagrow TS, orientado a bioestimulación, efecto antiestrés y detoxificación.
La clave, más allá de cada producto, pasa por asumir que la calidad de semilla será un punto crítico en la próxima campaña. Después de una cosecha récord, el productor no solo deberá mirar cuántos kilos obtuvo, sino también qué capacidad tiene esa semilla para transformarse en un cultivo parejo, sano y competitivo desde el inicio.





