El documental Tracción a Sangre recupera la historia industrial de San Vicente y la convierte en un relato sobre identidad, trabajo y memoria colectiva. Dirigido por el sanvicentino Luciano Prósperi, el filme de 40 minutos se estrenó en el auditorio del Club Brown durante la última Fiesta Nacional de la Cosechadora.
Más que una crónica de fábricas, el film reconstruye cómo una pequeña localidad santafesina fue motor de la mecanización agrícola argentina. La desaparición de esas plantas no solo implicó pérdida de empleo sino la erosión de una memoria comunitaria que el documental busca preservar.
EL CORAZÓN HISTÓRICO DE LAS COSECHADORAS
San Vicente se reconoce como la cuna de la cosechadora en Argentina por haber llevado a escala la producción de máquinas a tracción a sangre. Esa identidad se forjó durante décadas gracias al trabajo de operarios, técnicos, ingenieros y empresarios que convirtieron talleres en fábricas.
A solo 100 kilómetros de Sunchales, donde nació la cosechadora autopropulsada, la provincia de Santa Fe concentró hitos que permitieron llegar a la máquina moderna. Para Prósperi, la región compone dos eras complementarias: la de tracción a sangre y la autopropulsada, cada una con sus aportes técnicos.
TRES FÁBRICAS, UN PUEBLO Y UNA GENERACIÓN DE TRABAJADORES
En la historia local sobresalen tres fábricas: Senor, Bernardín y Bofelli, junto a pioneros como Flamini, que marcaron la economía y la vida cotidiana del pueblo. Las imágenes de líneas de montaje muestran procesos comparables a una fábrica de autos, donde cada trabajador incorporaba piezas hasta completar una cosechadora lista para el campo.
En su época de mayor producción, las plantas llegaron a ensamblar tres cosechadoras terminadas por día, según testimonios recopilados por el realizador. La necesidad de mano de obra especializada promovió la creación de la Escuela Técnica de San Vicente, cerrando un ciclo virtuoso entre formación y empleo industrial.
EL DÍA EN QUE LAS SIRENAS DEJARON DE SONAR
La desindustrialización golpeó en distintas etapas: Bofelli cayó en la década de 1970, Senor cerró en 1987 y Bernardín terminó su ciclo en los años 90. El cierre no solo significó puestos perdidos, sino el silenciamiento de las tres sirenas que marcaban los turnos y una profunda sensación de pérdida comunitaria.
Para Prósperi la historia es también íntima: su padre, José Luis, llegó a San Vicente el 6 de junio de 1966 y trabajó durante años en ese entramado industrial. El documental recoge relatos que muestran cómo el cierre de las fábricas dejó huellas emocionales, desde lágrimas en la puerta de la planta hasta enfermedades vinculadas al estrés por el desempleo.
UNAS VIEJAS LATAS DE PELÍCULA Y UNA HISTORIA QUE SE NEGÓ A DESAPARECER
En 1997 Prósperi encontró por casualidad en un galpón latas con film en 16 mm que contenían imágenes inéditas de la planta Senor. Esas grabaciones se convirtieron en el eje del proyecto y en una herramienta para reconstruir una memoria industrial que parecía perdida.
La muerte de su padre en 2014 transformó el documental en una búsqueda personal que excede la mera reconstrucción técnica. Testimonios, patentes y archivos internacionales recopilados durante la investigación alimentaron la pregunta central del film: ¿qué pasa con la memoria cuando nadie la preserva?
FABRICAR MÁQUINAS, FABRICAR IDENTIDAD
Prósperi subraya una paradoja local: el cartel que proclama a San Vicente como ‘Cuna de la Cosechadora’ convive con la ausencia de una máquina emblemática en exposición permanente. Para el director, rescatar y mostrar esos objetos y testimonios es parte de la responsabilidad de transmitir identidad a las nuevas generaciones.
El objetivo del documental no es solo nostalgia; es ofrecer herramientas para que dentro de 20 años los jóvenes sepan de dónde vienen y reconozcan el valor de la industria regional. Mientras alguien recuerde el sonido de las sirenas o una cosechadora vuelva a ponerse en marcha, el latido industrial de San Vicente seguirá vivo en la memoria colectiva.



