El maíz argentino atraviesa un ciclo de definiciones que trascienden lo estrictamente productivo para instalarse en el núcleo de la estrategia macroeconómica del país. Con proyecciones de cosecha que oscilan entre las 60 y 67 millones de toneladas, el cereal se consolida como un motor de crecimiento en un año donde el agro, impulsado por una mejora climática, vuelve a demostrar su capacidad de respuesta. Sin embargo, para Federico Zerboni, presidente de Maizar, el éxito de la campaña actual es apenas un peldaño en una escalera que Argentina aún no se anima a subir del todo.
Bajo la premisa de que el país debe dejar de ser una “promesa eterna”, el próximo 27 de mayo en el Golden Center, el Congreso Maizar (cadena del maíz argentino) buscará forzar un cambio de paradigma. “Nos cansamos todos un poco de hablar de qué potencial tiene el país. Es enorme, somos buenísimos… y al año siguiente hablamos de lo mismo. Dijimos: basta de potencial; ya lo tenemos. Veamos por qué ese potencial no se da en resultados”, dispara Zerboni con una crudeza necesaria para el sector.
La meta del “10×10”: ¿Por qué Argentina subfertiliza su futuro?
El horizonte técnico que Maizar ha trazado es el ambicioso plan “10×10”: alcanzar las 10 millones de hectáreas con un rendimiento promedio de 10 toneladas por cada una, lo que resultaría en las ansiadas 100 millones de toneladas de maíz. Actualmente, el país opera bajo un esquema de “8 por 8” (8 millones de hectáreas a 8.000 kilos), una cifra que Zerboni considera fácil de superar si se corrigieran las distorsiones de incentivos.
“Aumentar 2 millones más de hectáreas de maíz argentino lo hacemos en muy corto plazo, tenemos todo para hacerlo”, afirma el dirigente, destacando que Argentina posee la relación soja-maíz más dispar frente a sus competidores. Mientras que en Estados Unidos o Brasil la relación es casi 1 a 1, en las pampas argentinas se siembran 18 millones de hectáreas de soja frente a solo 8 de maíz.

Cerrar esta brecha requiere, fundamentalmente, quebrar el techo tecnológico. “Argentina subfertiliza sus cultivos… son cultivos que si los fertilizamos más tenemos mucho para crecer. Las 10 toneladas por hectárea los americanos las tienen (11 o 12), y nosotros las podemos llegar a tener”, asegura Zerboni. Sin embargo, la inversión en tecnología se ve frenada por un “desbalance monstruoso” en la presión fiscal.
Retenciones e inviabilidad: El caso de la soja como espejo del maíz argentino
Aunque preside la cadena del maíz argentino, Zerboni no esquiva la crisis de rentabilidad que atraviesa la oleaginosa debido a las retenciones. “Si no nos sacan la pata de la cabeza, el sector no podría responder muy bien”, advierte. Según su visión, el esquema actual donde la soja carga con un 24% de retenciones es, sencillamente, inviable.
“No se puede castigar a un cultivo y liberar a otros como se debe liberar. El país lo hacemos entre todos… no se puede dejarle a la soja un 24% hoy, que está inviable. Es la única soja que no tiene buena cosecha”, señala, contrastando los 47-48 millones de toneladas de soja frente a los récords en trigo, girasol y maíz. Para Zerboni, esta carga tributaria actúa como un ancla que impide que el flujo de inversión se traduzca en mayor confianza y, por ende, en una mayor superficie sembrada que beneficie a toda la rotación agrícola.
Vencer al flete: El modelo Mato Grosso y la industrialización en origen
Otro de los grandes interrogantes para la rentabilidad maicera es el costo logístico. En zonas alejadas de los puertos, como Córdoba o Santiago del Estero, el flete y el precio del gasoil pueden consumir hasta el 50% del valor del grano, convirtiendo la siembra en un “tiro de taba”.
La solución, según Zerboni, no es más camiones, sino más industria. “Lejos del puerto tenés que industrializar el maíz, si no, no es viable… el flete te lleva la mitad del precio y no importa el rinde en el que salgas, el cultivo no es rentable”, explica. El espejo es Mato Grosso, en Brasil, donde el maíz no recorre 2.000 kilómetros hasta el puerto, sino que se transforma localmente en proteína animal (carne y pollo) y biocombustibles.
“Pusieron 20 plantas de etanol… hoy podríamos importar menos nafta si tenemos más etanol”, ejemplifica Zerboni, instando a copiar las políticas públicas exitosas de los vecinos para dejar de ser “el perro que se muerde la cola”.
Nuevas fronteras: El salto técnico en la Patagonia y el desafío misionero
La expansión de la frontera agrícola argentina muestra dos caras muy distintas según la región:
- Patagonia: Zerboni destaca jornadas con rendimientos de hasta 20 toneladas por hectárea, impulsados por la amplitud térmica y las horas de luz en verano, un clima que califica como ideal para el maíz. Lo define como una oportunidad de inversión superadora: mientras la fruticultura tradicional (peras y manzanas) requiere invertir 15.000 dólares por hectárea con rentabilidades hoy bajas, el maíz demanda solo 1.000 dólares por hectárea, ofreciendo un margen similar con un riesgo financiero mucho menor.
- Misiones: El contraste con Brasil es demoledor. “Te vas a Brasil, del otro río, mismos suelos, mismo clima, y es todo maíz. De este lado, Misiones tiene una regulación muy compleja… habían prohibido el glifosato”, relata Zerboni. Ante la crisis de actividades tradicionales como la yerba, el té o la mandioca, el maíz aparece como la llave para la diversificación y la estabilidad económica de los productores. Sobre este punto, recupera una frase del gobernador de Catamarca: “El peor impacto ambiental de la pobreza es la pobreza”, instando a permitir la producción racional y tecnificada frente a regulaciones que terminan asfixiando el desarrollo.
El panorama internacional: La tecnología “Nokia” de una Europa proteccionista
En el plano global, Argentina actúa en bloque a través de MAIZALL junto a Brasil y EE. UU., controlando el 80% del mercado mundial de maíz. Sin embargo, la reciente gira por Europa reveló un continente atrapado en prejuicios biotecnológicos y una burocracia de 27 países que Zerboni tilda de inviable.
“Ellos usan un solo evento del año 90, hace 30 años, mientras en el resto del mundo ya aprobamos más de 70. Es como hablar por teléfono con un Nokia”, grafica el dirigente. Denuncia que Europa aplica un “pseudo-ambientalismo” para ocultar un proteccionismo comercial a través de las llamadas “políticas espejo”, pretendiendo que los exportadores americanos produzcan bajo sus mismas restricciones ineficientes.
“Prohibieron la importación de biodiesel de soja porque dicen que provoca deforestación, pero siguen importando 30 millones de toneladas de harina de soja transgénica. ¿Comerlo no pasa nada, pero producirlo es un pecado?”, ironiza sobre la inconsistencia europea. Frente a esto, la estrategia en foros como la FAO es demostrar que el sistema argentino de siembra directa y biotecnología es más sustentable en términos de huella de carbono e hídrica que el modelo europeo.
Finalmente, Zerboni cierra con una reflexión que le compartió un colega italiano: “Argentina es ese país donde el tren pasa más de una vez. Subámonos al tren, no seamos el perro que se muerde la cola”. El 27 de mayo será el momento de decidir si el sector finalmente aborda ese tren para transformar sus 67 millones de toneladas de potencial en una realidad de 100 millones de toneladas de desarrollo.





