El maíz conquistó nueve millones de hectáreas y ahora enfrenta un nuevo desafío: producir con chicharrita

Francisco Pérez Brea, gerente de Marketing de NK Semillas, explicó cómo la genética, la biotecnología y el manejo expandieron el cultivo hacia nuevas regiones. La próxima frontera será combinar tolerancia sanitaria, estabilidad y flexibilidad de siembra.

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El mapa del maíz argentino cambió de una manera que parecía improbable hace apenas quince años. De un cultivo concentrado en el sur de Santa Fe y el norte bonaerense pasó a ocupar regiones del NOA y el NEA, alternar siembras tempranas y tardías y acercarse, según estimaciones mencionadas en el sector, a nueve millones de hectáreas.

Ese crecimiento no fue lineal ni gratuito. Se apoyó en genética, biotecnología, siembra directa y un manejo cada vez más preciso. También llevó al cereal a convivir con enfermedades y vectores que eran habituales en ambientes del norte, pero desconocidos para muchos productores de la región central.

Francisco Pérez Brea, gerente de Marketing de NK Semillas, analizó esa transformación durante una entrevista con Palabra de Campo en el Congreso Internacional de Maíz. “Fue un camino de mucho esfuerzo. La biotecnología, los nuevos híbridos y el ajuste del manejo hicieron que el cultivo se adaptara a regiones donde antes era impensado”, señaló.

De la zona núcleo a una geografía mucho más amplia

Pérez Brea recordó que el maíz estaba históricamente asociado con los mejores ambientes agrícolas del país. En otras regiones predominaba el sorgo o directamente no existía una alternativa competitiva de cereal estival.

“Antes, sembrar maíz en Salta, Tucumán, Santiago del Estero o Chaco era impensado. La biotecnología hizo que la agricultura se expandiera a nuevas zonas de producción”, explicó.

La aparición de híbridos adaptados, la protección frente a insectos y un mejor conocimiento de fechas y densidades permitieron reducir parte del riesgo. A la vez, el maíz tardío abrió una ventana que desplazó el período crítico y aprovechó lluvias estivales en ambientes donde una siembra de primavera resultaba más inestable.

El resultado fue una geografía maicera más extensa y diversa. Pero esa ampliación también expuso al cultivo a problemas sanitarios propios de regiones cálidas, entre ellos el complejo de achaparramiento transmitido por Dalbulus maidis.

La chicharrita como parte del proceso de aprendizaje

Para Pérez Brea, el espiroplasma no invalida la expansión del maíz. Representa una nueva etapa de mejora genética y manejo, semejante a la que atravesó Brasil.

“Es un desafío ciento por ciento. En Brasil es una problemática endémica desde hace muchos años y se sigue produciendo porque se desarrollan híbridos con tolerancia y se ajustan las prácticas”, sostuvo.

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La comparación no supone minimizar las pérdidas que puede causar el complejo. La chicharrita transmite patógenos capaces de reducir severamente el rendimiento, especialmente cuando infectan plantas jóvenes. La respuesta requiere reducir maíces voluntarios, concentrar fechas, monitorear poblaciones y caracterizar el comportamiento de los materiales.

“Es un proceso de mejora que no va a terminar nunca”, definió Pérez Brea. La frase resume la lógica de la industria semillera: cada avance productivo modifica la presión de plagas y enfermedades, y obliga a volver a seleccionar.

Un nuevo híbrido para ganar flexibilidad

En ese contexto, el ejecutivo anticipó el lanzamiento de un híbrido templado que identificó como NK 829 Viptera3. Según su descripción, se trata de un material de ciclo corto, alto potencial de rendimiento y adaptación amplia para siembras tempranas y tardías.

“La idea es que pueda sembrarse desde el norte de Córdoba hasta Tandil y desde el este hacia el oeste. Esa plasticidad es lo que hoy busca el productor”, afirmó.

La novedad fue presentada por Pérez Brea durante la entrevista y deberá evaluarse con la información comercial y técnica correspondiente a su lanzamiento. El concepto detrás del producto, sin embargo, responde a una demanda concreta: un material capaz de acompañar cambios de fecha cuando la lluvia no llega en el momento previsto.

El Niño ofrece un ejemplo. Aunque la fase cálida eleva la probabilidad de precipitaciones, algunas zonas comenzaron la primavera con perfiles insuficientes. Un productor que había planificado maíz temprano puede verse obligado a retrasar la siembra. En ese escenario, la adaptación del híbrido a más de una ventana permite conservar opciones.

“Un año Niño también depende de cuándo llueve. Puede ocurrir que en la fecha temprana todavía no haya agua y sea necesario sembrar más tarde”, explicó.

El precio vuelve competitivo al cereal

La decisión también se apoya en el mercado. Pérez Brea señaló que el maíz superaba los US$ 200 por tonelada en las referencias observadas durante el Congreso y que esa mejora modificó los márgenes frente a la fotografía de meses anteriores.

“Hace dos meses, por la inversión, un productor podía dudar. Hoy mira el margen bruto y dice: me conviene sembrar maíz”, sostuvo.

El dato de precio corresponde al momento de la entrevista y debe leerse dentro de un mercado variable. Aun así, expone la sensibilidad del cultivo: por su mayor costo de implantación, una diferencia de cotización puede inclinar la decisión entre maíz, soja u otra alternativa.

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La empresa ya venía comunicando una estrategia de híbridos con mayor adaptabilidad, ciclos más cortos y herramientas digitales para recomendar densidad y manejo. Su plataforma busca ajustar cada producto al ambiente, en lugar de ofrecer una receta única.

El girasol también vuelve a zonas donde había desaparecido

La conversación se extendió al girasol, otro cultivo que recuperó competitividad en regiones donde había perdido presencia. Pérez Brea explicó que la mejora genética, el contenido de materia grasa y mejores precios reabrieron la discusión en el norte de Córdoba.

“Hay productores que dicen: mi padre sembraba girasol, hace veinte años que no se hace y hoy vuelve a ser negocio, pero no sé cómo manejarlo”, relató.

Esa falta de experiencia reciente crea una demanda de información sobre fecha, densidad y manejo. El panel que coordinó en el Congreso buscó justamente traducir datos regionales —entre ellos ensayos de CREA del norte cordobés— en decisiones prácticas.

El paralelismo con el maíz es claro. Un cultivo no se expande sólo porque suba el precio: necesita genética, conocimiento y una red de recomendaciones capaz de reducir incertidumbre.

Producir más, pero también sostener la expansión

La historia reciente del maíz muestra que la tecnología puede correr fronteras. Pero también enseña que cada frontera nueva trae riesgos distintos. La chicharrita, las enfermedades y la irregularidad climática no son episodios aislados; forman parte del costo de producir en una geografía más amplia.

Para Pérez Brea, la respuesta será continuar mejorando. “Se superaron muchas adversidades y este proceso no termina. Hay que desarrollar materiales más estables y adaptados al manejo que necesita cada productor”, afirmó.

El cultivo llega a esta campaña con precios que recuperan atractivo y un Niño que puede aportar agua. La oportunidad existe, pero dependerá de una combinación fina: elegir el híbrido correcto, conservar flexibilidad de fecha, proteger la tecnología y monitorear el riesgo sanitario. El mismo paquete que permitió al maíz conquistar nuevas regiones será ahora el encargado de sostenerlas.

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