Justo Héctor González, 77, rememora el paso del último tren en pueblo de 500 habitantes

Vecino de Jaramillo, Santa Cruz, reconstruyó la época en que el ferrocarril movía miles de ovejas hacia Puerto Deseado

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Una locomotora volvió a detenerse en Jaramillo después de casi 50 años, un gesto con carga simbólica que abrió el debate sobre la posibilidad real de reactivar un ramal clave para el norte de Santa Cruz. El episodio recupera memorias, expectativas productivas y la urgencia de invertir en infraestructura ferroviaria para conectar la producción y el turismo local.

El testimonio de quienes vivieron el último paso del tren convierte al hecho en más que una operación logística: es la reconstrucción de una trama social que durante décadas sostuvo poblaciones aisladas. Entre los testigos está Justo Héctor González, de 77 años, que recuerda con nitidez la despedida de 1978 y la campana que marcó el fin de una era.

El proyecto oficial aspira a recuperar más de 280 kilómetros del ramal Puerto Deseado–Las Heras para combinar una primera etapa turística con una segunda etapa productiva, y así reactivar el movimiento de cargas y visitantes. Para ese impulso se trasladó desde Córdoba una locomotora diésel-eléctrica que llegó como símbolo de la intención de poner en marcha los trabajos.

Jaramillo, epicentro elegido por la provincia, es un pueblo de poco menos de 500 habitantes que quedó marcado por el tren como centro logístico y social de la región. La reactivación plantea no solo recuperar rieles, sino también reinstalar servicios y cadenas de valor que hoy permanecen fragmentadas.

Un ramal que marcó la vida de la región

El ramal funcionó entre 1911 y 1978 y durante décadas fue la columna vertebral de la economía lanera del norte santacruceño, conectando Puerto Deseado con Las Heras a lo largo de 283 kilómetros. Sus vías facilitaron no solo el traslado de lana y ganado, sino también el acceso al correo, la salud y la educación para parajes que nacieron alrededor de la estación.

González rememora que el tren cargaba arreos de ovejas de 1.200 y 1.500 animales que se embarcaban hacia Puerto Deseado, y recuerda el frigorífico de la Corporación Argentina de Productores que operaba de manera estacional. En los años 60 el ferrocarril también se sumó al envión petrolero, trasladando caños desde Deseado hacia Pico Truncado y Las Heras, lo que generó una intensa actividad logística.

La llegada de caminos vehiculares y cambios productivos erosionaron esa estructura y el último tren pasó en 1978, un cierre que implicó traslado de personal y el declive de servicios. Años más tarde la erupción del volcán Hudson en 1991 agravó la situación al acelerar el cierre de estancias y modificar los mapas productivos.

Sin embargo, la región no quedó estática: en los últimos años se perciben signos de reactivación sobre la costa del río Deseado y en localidades que conservan tradiciones ganaderas y potencial para el turismo rural. Esa combinación de patrimonio productivo y cultural es la base sobre la cual se intenta ahora sostener el proyecto ferroviario.

El proyecto actual y los desafíos por delante

La propuesta provincial plantea una primera etapa orientada al turismo para facilitar la puesta en valor del paisaje y el patrimonio, seguida por una etapa productiva para recuperar la logística de cargas y fortalecer la economía regional. Desde lo técnico, volver a operar un ramal con medio siglo de abandono implica obras complejas en terraplenes, parrillas y pasos a nivel, además de costos operativos y de mantenimiento.

En el acto de recepción la comunidad local rindió homenaje a pioneros y recuperó la memoria en la exestación restaurada, hoy sede del Museo de Sitio “Facón Grande”, donde se rememoran huelgas rurales y episodios clave de la historia provincial. Ese anclaje cultural es parte de la narrativa que busca atraer turismo y justificar inversiones en infraestructura.

Los vecinos expresan esperanza con cautela: como resumió González, “va a costar mucho trabajo, fueron muchos años de abandono” y reconoce que el tramo entre Jaramillo y Fitz Roy es apenas un primer avance. La reticencia obedece a la magnitud de rehabilitar kilómetros de vía y al reto de sostener el flujo de cargas que haga viable la operación en el mediano plazo.

Para que la reactivación impacte en la producción regional será necesario coordinar inversiones en caminos, silos, estaciones de carga y logística complementaria que permitan a productores llevar su oferta al mercado. Además, la planificación debe incluir mantenimiento a largo plazo y esquemas de gobernanza que involucren a municipios, productores y operadores privados para evitar nuevos períodos de abandono.

Más allá del valor simbólico, la llegada de la locomotora reabre preguntas prácticas sobre financiación, plazos y prioridades en una provincia con desafíos climáticos y demográficos. Si se logra articular la intención política con proyectos productivos concretos, la recuperación del ramal podría convertirse en una palanca para conectar la Patagonia interior con puertos y circuitos turísticos.

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