En el corazón de la campaña agrícola argentina, el futuro climático se torna cada vez más incierto. El Centro de Predicción Climática (CPC) de Estados Unidos confirmó esta semana que existe un 70% de probabilidades de que persistan condiciones neutrales entre julio y septiembre. Esta fase, que marca el fin de El Niño y aún no se define como La Niña, siembra dudas sobre el régimen de lluvias que acompañará la siembra fina y la preparación de la gruesa.
El informe actualizado del CPC advierte que el Pacífico ecuatorial ha perdido progresivamente las señales de calentamiento que sostuvieron la fase cálida entre 2023 y comienzos de 2024. Sin embargo, este paso a la neutralidad no significa necesariamente estabilidad. Por el contrario, habilita un escenario en el que la atmósfera puede oscilar sin patrones definidos, generando alternancia de períodos secos y húmedos.
Al mismo tiempo, la probabilidad de que La Niña resurja hacia finales de la primavera y principios del verano ya ronda el 60%, según modelos dinámicos que siguen con atención el comportamiento térmico de la superficie oceánica.
Clima neutro: una calma aparente que preocupa al agro
La transición hacia un clima neutro puede interpretarse como una fase de espera antes de definir si el ciclo se inclina hacia el enfriamiento del Pacífico ecuatorial. Para muchas regiones agrícolas, este estado significa volatilidad. Los mapas recientes de anomalías de temperatura muestran que el océano se acerca a valores normales, pero con una tendencia sostenida de leve enfriamiento.
De acuerdo con el pronóstico mensual del CPC y la NOAA, las temperaturas superficiales del océano Pacífico central se ubicaron apenas 0,2 °C por encima de la media durante junio, un descenso respecto de los picos de 1,5 °C observados a fines del año pasado. En paralelo, las variables atmosféricas que acompañan El Niño –como el debilitamiento de los vientos alisios y el aumento de la convección sobre la línea ecuatorial– comenzaron a normalizarse.
La Bolsa de Comercio de Rosario, en su último informe de perspectivas climáticas, destacó que un clima neutro no asegura un patrón previsible. Si bien puede ofrecer cierta regularidad en las precipitaciones, también permite irrupciones secas prolongadas que afecten el perfil hídrico en pleno desarrollo del trigo.
Por eso, asesores y productores siguen de cerca los boletines oficiales y los indicadores oceánicos. La experiencia reciente mostró que la neutralidad a menudo antecede la consolidación de La Niña, cuyo impacto en la región pampeana suele traducirse en lluvias deficitarias y estrés térmico en etapas críticas de floración y llenado de grano.
La amenaza de La Niña sobre la campaña 2025
Aunque el clima neutro predominará durante el invierno austral, el CPC estima que en la transición hacia la primavera podrían consolidarse señales de enfriamiento más marcadas. Los modelos probabilísticos reflejan que, entre octubre y diciembre, la chance de un episodio La Niña aumenta gradualmente, alcanzando el 60%.
Este pronóstico alimenta la cautela de los operadores de mercado y de los equipos técnicos de empresas semilleras y de insumos, que recalculan proyecciones de rindes y escenarios de abastecimiento hídrico.
La Niña se asocia históricamente con sequías que golpean la producción agrícola en América del Sur. Durante el ciclo 2020/21, su influencia generó pérdidas de rendimiento superiores al 30% en algunas zonas núcleo, encareció el precio de los granos y tensionó la cadena logística.
En contraste, El Niño 2023-24 propició lluvias abundantes y alivió la sequía que había castigado a la Argentina en campañas anteriores. Esta recuperación permitió que se alcanzaran cosechas récord de soja y maíz. Sin embargo, la eventual vuelta de La Niña abriría un ciclo de incertidumbre que ya obliga a planificar estrategias de manejo del riesgo.
Los analistas climáticos coinciden en que la próxima primavera será determinante. Si el Pacífico central profundiza su enfriamiento, los pronósticos comenzarán a confirmar una fase fría que complicaría las perspectivas productivas y podría impactar en los precios internacionales de los commodities agrícolas.
Entre la neutralidad y el riesgo: claves para la toma de decisiones
Mientras tanto, las recomendaciones de los consultores apuntan a una gestión proactiva del agua y la fertilidad. Los técnicos sugieren mantener la vigilancia sobre la evolución de los pronósticos trimestrales y ajustar fechas de siembra según la dinámica climática de agosto y septiembre.
En paralelo, el clima neutro plantea un desafío adicional: la incertidumbre en el corto plazo puede convivir con cambios bruscos de régimen en pocas semanas. Esto exige mayor flexibilidad en la planificación financiera y logística de los establecimientos agropecuarios.
Para la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, el foco inmediato se centrará en cómo evolucionan las reservas de humedad tras un otoño con lluvias dispares. Si las precipitaciones acompañan durante agosto y septiembre, el trigo podría consolidar un buen potencial de rendimiento. Pero si se instala un período seco prolongado, el estrés hídrico impactará la base productiva antes de que llegue el verano.
En este escenario, la industria de seguros agrícolas también observa con atención las proyecciones, anticipando una posible suba de la demanda de coberturas contra sequía y eventos extremos.





