Con una variación mensual de 2,6%, se ubicaron bien por encima del promedio inflacionario. Y es un dato que llama la atención, sobre todo en el caso de la Canasta Básica Alimentaria, porque el rubro de alimentos en el IPC tuvo una variación de apenas 1,7%.
La contracara del “¡Vamos Toto!” con el que Javier Milei celebró la inflación de 1,7% de agosto está en las canastas de pobreza y de indigencia, que por cuarto mes consecutivo se encarecieron en términos reales.
Es uno de los motivos por el cual continúa la polémica por la resistencia del ministro Toto Caputo a actualizar la medición del IPC -la actualmente vigente subestima el peso del rubro servicios y, por lo tanto, atenúa el índice inflacionario en un momento de suba de tarifas-.
Claro que no se trata de las mismas canastas de alimentos. La que conforma en IPC está conformada por lo que, se estima, es la dieta de una familia promedio. Y eso incluye, por ejemplo, la misma ponderación para el rubro carne vacuna que la que regía en 2004, a pesar de que hoy el nivel de consumo es de 49,9 kilos anuales per capita, un 35% menos que los 63,9 kilos que se consumían en 2004.
La Canasta Alimentaria -marca la línea de indigencia– es aun más restrictiva, y está conformada por los componentes proteicos necesarios para tener diariamente una dieta sana y nutritiva. Es, por consiguiente, uno de los indicadores más sensibles desde el punto de vista social.
En cambio, para las canastas que marcan el consumo de las franjas de menor ingreso de la población, rige un relevamiento diferente. La Canasta Básica Total incluye una serie de bienes y servicios mínimos que marcan el nivel de consumo necesario para no ser considerado en situación de pobreza.
En los últimos cuatro meses, la canasta de pobreza se encareció un 9,3% nominal y la de indigencia acumula un 9,2%. En cambio, el IPC desde mayo subió un 8%, con tendencia a seguir bajando.
Cuánto aumentó la Canasta Básica Alimentaria en agosto
Y la mala noticia es que, mientras el IPC está mostrando la tendencia desinflacionaria que promueve el gobierno, las canastas básicas han tenido fuertes oscilaciones, pero con la constante de ubicarse por encima del promedio inflacionario.
Durante el primer semestre del año, la canasta de pobreza y el IPC evolucionaron parejos, con un acumulado de 16,9%. Esto indica una probabilidad de que, a fin de mes, cuando se publica la encuesta de pobreza e indigencia, hay bajas probabilidades de una variación significativa.
En agosto, el encarecimiento de alimentos estuvo liderado por harináceos, como fideos y galletitas, así como verduras y hortalizas, donde hubo variaciones de dos dígitos. En cambio, se atenuaron las subas en los lácteos y casi no hubo variaciones en carnes rojas, dos rubros que en los meses pasados habían empujado el índice al alza.
Hablando en plata, una familia tipo de dos adultos y dos niños en edad escolar necesitó en agosto $1.605.497 para no ser pobre y $726.469 para no ser indigente. El salario mínimo nacional, por su parte, fue ese mes de $376.600, apenas por encima de media canasta alimentaria.
En cambio, si en las próximas mediciones se confirma la tendencia observada en los últimos cuatro meses, entonces se estaría ante un agravamiento tanto de la pobreza como de la indigencia.
Pero claro, esa proyección sólo alcanza a la clase media, que es la que tiene acceso al empleo formal registrado. Las franjas de la población más pobre tienen, en su mayoría, ingresos variables derivados de “changas”, ocupaciones cuentapropistas o trabajos informales.
Sueldos vs. inflación: cuánto deben subir los salarios para ganarle a la pobreza
En el gobierno hay optimismo sobre una recuperación del poder adquisitivo del salario y que el sueldo comienza a ganarle a la inflación: tomando como referencia las paritarias de los principales gremios, puede proyectarse que los ingresos de los trabajadores subirán cerca de un 12% hasta noviembre, mientras que la inflación no llegará al 9%.
Entre los economistas hay debate respecto de qué tan confiables son estas cifras, primero por lo difícil que resulta censar a un universo de informales en el que, por definición, no hay muchos registros fiables. Y, además, porque la recopilación de datos suele darse con mayor retraso que para el caso de los trabajadores asalariados.
La medición del Indec viene registrando, sistemáticamente, aumentos superiores en el sector informal que en el registrado. Para el primer semestre, por ejemplo, marca que los asalariados del sector público tuvieron una suba acumulada de 17,6% y los privados un 14,5%, mientras que el sector informal mejoró un 29,4%.
En cambio, la expectativa es de una mayor carga del rubro servicios, por la suba de los combustibles y las tarifas de servicios públicos, que afectará a toda la población, por el “efecto cascada” de estos costos sobre los bienes transables.
La perspectiva de corto plazo es que el poder adquisitivo mejorará para la clase media porque algunos de sus consumos típicos, como la indumentaria, está experimentando un proceso de deflación -es decir, caída de precios- gracias al efecto de la apertura comercial.



