Hay un cambio silencioso, pero profundo, que empieza a redefinir la agricultura argentina. No se trata de una nueva tecnología puntual ni de un cultivo emergente, sino de algo más estructural: la degradación del suelo en Argentina y su impacto directo en la rentabilidad.
Durante años, el debate sobre sustentabilidad quedó encapsulado en lo ambiental, muchas veces lejos de las decisiones concretas del productor. Pero esa frontera empezó a romperse y hoy hablar de suelo es hablar de negocio. “Es importante cuidar el suelo. Es la base de toda la producción”, sintetizó Guillermo Delgado, Head de Sustentabilidad para LATAM de Syngenta, en diálogo con Palabra de Campo.
Ese cambio de enfoque no es casual. Detrás hay señales que se repiten en distintas regiones productivas y que empiezan a consolidar una preocupación común: la pérdida de fertilidad, el deterioro de la estructura del suelo y la necesidad de sostener los rindes en un contexto cada vez más exigente.
El suelo deja de ser un recurso y pasa a definir el negocio agrícola
El punto de partida del trabajo que impulsa la compañía fue más básico de lo que podría suponerse. Faltaba información concreta para dimensionar el problema y tomar decisiones. “Nos dimos cuenta de que no teníamos esos mapas de carbono y empezamos a trabajar en eso, generar información”, explicó Delgado.

A partir de esa necesidad surgió una alianza con Aapresid que ya lleva más de tres años y que fue evolucionando desde un relevamiento inicial hacia una estrategia de intervención más amplia. En ese recorrido, el proyecto sumó productores y amplió su alcance hasta incorporar también al INTA y al sector público.
“En ese construir los mapas y la información nos dimos cuenta de que tener datos del estado de nuestros suelos es crucial”, sostuvo.
Ese proceso permitió avanzar hacia una etapa más ambiciosa. El foco ya no está solo en medir, sino en identificar los procesos de degradación y construir herramientas que permitan revertirlos. “Este último año pusimos la mirada en identificar esa degradación y en generar guías sobre cómo recuperarla”, detalló.
La decisión de abrir esa información marca un punto de inflexión. “La información que se genere va a ser pública… cualquier productor puede acceder a esos mapas y tener esa información”, afirmó Delgado.
En un sistema productivo heterogéneo como el argentino, ese acceso puede marcar la diferencia. No se trata solo de grandes empresas con capacidad de inversión, sino de generar condiciones para que el conocimiento se vuelva transversal. “Van a ser parámetros que les van a servir a todos los productores, no a un tipo determinado”, agregó.
El diagnóstico, sin embargo, no deja margen para la complacencia. “Gran parte de nuestros suelos tienen cierto grado de degradación, ya sea física, química o biológica”, advirtió.
Ese dato obliga a replantear el sistema productivo en su conjunto. El suelo deja de ser un soporte pasivo para convertirse en una variable dinámica que exige manejo permanente. “No es que uno hace algo hoy y ya está, es algo que se va moviendo”, explicó.
El límite estructural: el corto plazo en los arrendamientos
En ese escenario aparece uno de los principales condicionantes del agro argentino. La lógica de corto plazo, asociada al peso de los arrendamientos, limita la adopción de prácticas que requieren tiempo.
“Cuando uno hace contratos a corto plazo, pensar en recuperar la salud del suelo es prácticamente imposible”, planteó Delgado.
El problema no es menor. La regeneración del suelo implica procesos que se desarrollan a lo largo de varios años, mientras que muchos esquemas productivos operan con horizontes muy acotados. “Es una mirada de largo plazo y nos va a llevar varios años”, insistió.
Esa tensión entre el corto y el largo plazo explica buena parte de las dificultades para sostener estrategias de mejora continua.
Aun así, el eje que ordena toda la discusión es económico. “Si no es económicamente viable, no es sustentable”, afirmó Delgado.
La frase sintetiza un cambio conceptual que se acelera a nivel global. La sustentabilidad deja de ser un costo adicional para convertirse en una condición del negocio. “Un suelo más sano es más productivo y si produce más, el productor mejora su rentabilidad”, explicó.
Ese vínculo directo entre suelo y resultados económicos redefine el escenario. “Si al productor le va bien, a Syngenta le va bien”, resumió.
El contexto internacional refuerza esa tendencia. La agenda ambiental de la Unión Europea empieza a traducirse en exigencias concretas, pero también en oportunidades para quienes logren adaptarse a esos estándares.
En ese marco, Argentina parte con una ventaja relevante. “Las prácticas que el mundo llama regenerativas, acá ya se están haciendo”, destacó Delgado.
Sin embargo, esa ventaja tiene límites claros. “Muchas veces la fertilización queda corta por la capacidad económica del productor”, reconoció.
Por eso, la mejora en las condiciones económicas aparece como un factor determinante. “Un mejor entorno económico le va a dar más capacidad de invertir en la salud del suelo”, sostuvo.

Hacia adelante, la estrategia combina innovación, capacitación y uso responsable de tecnologías. “Tenemos que seguir trabajando en la capacitación y en el uso responsable de nuestros productos”, explicó.
En paralelo, la regeneración del suelo se consolida como uno de los pilares centrales. “Regenerar el suelo y la naturaleza está en el corazón de nuestra agenda de sustentabilidad”, afirmó.
La conclusión es clara y atraviesa toda la entrevista. El suelo dejó de ser un recurso dado para convertirse en un activo estratégico que define la competitividad del sistema productivo.
En un contexto de márgenes ajustados, presión internacional y cambios en las reglas de juego, la sustentabilidad ya no es una opción. Es, cada vez más, la condición para seguir produciendo.





