En Mendoza, un técnico vitivinícola conocido por el apodo “Charly” —Ricardo García— dejó atrás la consultoría para lanzar, junto a su esposa y un socio, un proyecto propio que explora variedades poco habituales y formas de conducción menos intervenidas. Desde 2018 Viñedos El Mirlo viene consolidando una propuesta pequeña pero definida: uvas propias, prácticas sostenibles y experimentación en el viñedo para lograr vinos que transmitan el lugar y se aparten de la corriente dominante.
La finca está ubicada en Perdriel, en la zona de Valles Cordilleranos dentro del departamento Luján de Cuyo, y forma parte del grupo CREA Vignerons. Allí combinan parcelas tradicionales con parcelas donde aplican criterios orgánicos y biodinámicos, y elaboran etiquetas de edición limitada surgidas de esa convivencia entre técnica y ensayo.
De asesor a productor: origen del proyecto
Después de años asesorando a viñedos y bodegas, García decidió involucrarse directamente en la producción. Junto al productor Pablo Tripodi y a su esposa, Graciana Monneret, recuperaron una finca familiar de siete hectáreas que había estado inactiva desde la crisis de 1987, aunque conservó el uso por contratos de alquiler que mantuvieron los derechos de riego.
Los inicios estuvieron enfocados en comercializar uva a terceros. Los buenos rendimientos y la calidad obtenida les permitieron abastecer distintas bodegas y, con el tiempo, empezar a elaborar su propio vino. Aunque todavía no es la principal fuente de ingresos del grupo —García mantiene actividad como asesor—, el proyecto avanza hacia una mayor integración: cultivar, producir y vender bajo la misma marca, siguiendo el modelo del vigneron francés.
Variedades y vinos: buscar identidad fuera del molde
En la finca conviven dos enfoques. Una parte se maneja con el esquema clásico en espaldero, con Malbec, Cabernet Sauvignon y Cabernet Franc. En otra unidad más pequeña, denominada El Pichón, aplican prácticas orgánicas y biodinámicas y trabajan en certificaciones junto a otros productores locales.
Paralelamente, fueron incorporando cepas menos difundidas en Mendoza: Garnacha, Monastrell y Carignan entre las tintas, y Roussanne en blancas. En total, de las siete hectáreas la mayor superficie sigue dedicada a los varietales tradicionales, mientras que alrededor de 1,5 hectáreas están reservadas para estas alternativas.
La intención es que cada etiqueta refleje el ambiente de su parcela. Un ejemplo es la etiqueta inspirada en el universo de Lewis Carroll —y en la relación simbólica con la cultura local— que apunta a expresar una narrativa propia y diferenciada frente a las referencias regionales clásicas.
Viñedos en “libertad”: menos poda, más expresión
La experimentación incluyó cambiar la lógica de conducción: proponen formas más abiertas y una intervención mínima para que la planta manifieste su hábito natural. Así surgen estructuras tipo vaso abierto, plantas con mayor desarrollo leñoso y sistemas que buscan reducir cortes y forzar menos la arquitectura artificial del viñedo.
Esta decisión no es solo estética: modifica parámetros agronómicos y sensoriales. En el caso del Carignan, al disminuir la poda y trabajar con brotes decumbentes se redujo el tamaño de la baya —de alrededor de 1,8 g a 1,3 g en sus ensayos— y aumentó la concentración, mientras que la productividad se mantuvo porque el mayor número de racimos compensó la menor masa de cada grano.
El concepto también se trasladó al diseño de los vinos. Por ejemplo, una de sus etiquetas alude a las características trepadoras de la vid y a la idea de reproducir ese hábito vegetal en el manejo del viñedo: menos cortes y una conducción que favorezca el desarrollo natural.
Práctica de zonificación y técnicas de bodega
Para afinar la identidad de cada vino, el equipo realiza zonificaciones dentro de cada lote: recorren la viña, miden vigor y prueban uvas para identificar subparcelas con distinto potencial. Esa mayor granularidad permitió, por ejemplo, obtener múltiples expresiones de una pequeña porción de Garnacha —en 0,3 hectárea lograron varios estilos diferentes—.
En bodega combinaron equipos y prácticas: desde vasijas modernas hasta ánforas de arcilla y barricas. Las ánforas, en particular, están pensadas para producir tiradas muy limitadas —alrededor de 250–300 botellas— con perfiles claramente distintos a los de la barrica o tanque.
Comercialización: crecimiento controlado y presencia en mercados
El primer vino propio salió al mercado en 2022 con una producción reducida. Desde entonces han crecido paulatinamente, manteniendo la política de trabajar con uvas propias y priorizando la calidad sobre el volumen. Para el año en curso estimaban unas 5.000 botellas, con la intención de escalar a mediano plazo hasta entre 15.000 y 20.000 si la demanda lo justifica y la estructura técnica lo permite.
Su estrategia comercial combina ventas directas, presencia en ferias (participaron en eventos en Buenos Aires donde mostraron Garnacha y Monastrell) y distribución concentrada en la capital. También buscan abrir mercados externos: a fines de abril recibieron el interés de representantes de Estados Unidos dispuestos a conocer la propuesta en bodega.
Además de la línea principal, desarrollaron una línea de acceso con cortes más fáciles de posicionar, incluyendo un varietal de Roussanne. La respuesta del público fue positiva, a pesar de que se trata de cepas menos tradicionales en la región.
Retos y proyección
El desafío central es consolidar un modelo sostenible y coherente: crecer en volumen sin perder control técnico y conceptual. La red CREA Vignerons fue clave en los comienzos —facilitando contactos y canales de comercialización— y sigue siendo un actor importante en su desarrollo.
En la hoja de ruta figura la construcción de una pequeña bodega propia para dejar de tercerizar elaboraciones y poder controlar todo el proceso desde la cepa hasta la botella. Mientras tanto, la venta directa, el boca a boca y la participación en ferias siguen siendo las palancas principales para ampliar reconocimiento fuera de Mendoza.
En definitiva, Viñedos El Mirlo presenta un caso representativo de tendencias actuales en Mendoza: recuperación de tierras históricas, experimentación con variedades y sistemas de manejo, y un enfoque vigneron que busca traducir cada microambiente en una voz propia dentro del mapa vitivinícola argentino.





