Picudo negro avanza hacia el corazón sojero y preocupa medidas clave para frenar su dispersión

Durante más de veinte años el picudo negro de la vaina de la soja (Rhyssomatus subtilis) permaneció prácticamente confinado al noroeste argentino (NOA). En las campañas más recientes, sin embargo, la plaga dio un salto hacia el corazón de la región sojera, preocupando a técnicos, productores y autoridades sanitarias. El avance no solo amenaza rindes locales: plantea el riesgo de afectar la calidad de la cosecha y de obligar a cambios en las prácticas agrícolas en áreas que hasta ahora no estaban en alarma sanitaria.

Las primeras alertas sobre su presencia fuera del NOA aparecieron a mediados del año pasado y se fueron confirmando con sucesivos hallazgos. Los registros oficiales y los trabajos de monitoreo detectaron ejemplares en zonas productivas de Córdoba y, más recientemente, en departamentos de Santa Fe, lo que sugiere que la distribución del insecto se amplió más rápido de lo previsto.

Cómo llegó hasta el cinturón sojero

La detección temprana de Rhyssomatus subtilis en Argentina data de la campaña 2005/2006 en la provincia de Santiago del Estero, desde donde su presencia se fue extendiendo de manera paulatina por provincias cercanas como Tucumán, Catamarca y Salta. No obstante, la dinámica cambió en los últimos años: entre 2022 y 2025 se registraron focos en nuevas zonas de Santiago del Estero y en el departamento Almirante Brown, en Chaco.

Las inspecciones oficiales y los sistemas de vigilancia del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), junto con redes de monitoreo regionales, coinciden en que la dispersión reciente no sigue patrones de difusión natural. En cambio, la movilización de maquinaria, equipos y vehículos entre regiones productivas aparece como factor clave en los saltos geográficos que llevaron al insecto hasta el centro-norte de Córdoba y a localidades de Santa Fe, como Ceres.

Biología que complica el control

El picudo negro de la vaina es una especie univoltina, con un solo ciclo anual que se sincroniza con el cultivo de soja. Los adultos atacan brotes tiernos y pueden limitar el desarrollo vegetativo; sin embargo, el perjuicio más relevante lo causan las larvas, que consumen el grano desde el interior de la vaina. Las perforaciones en las vainas no solo reducen el rendimiento, sino que también facilitan la entrada de agua y patógenos, dañando la calidad de la cosecha.

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Su comportamiento complica las tácticas de manejo: tiene actividad crepuscular, busca refugio entre rastrojos y emplea conductas defensivas que dificultan su detección; además, etapas del ciclo ocurren dentro de la planta o en el suelo, acotando las ventanas efectivas para el control químico. Los episodios de emergencia massiva suelen darse en “pulsos” tras lluvias intensas, y los tratamientos disponibles con insecticidas suelen ofrecer un control de corta duración.

Prevención y manejo: recomendaciones prácticas

Los expertos insisten en que, frente a una plaga en expansión, la estrategia debe centrarse en la prevención, el seguimiento y la coordinación interinstitucional. A nivel práctico, las medidas prioritarias son:

  • Higiene de máquinas y vehículos: limpiar a fondo cosechadoras, sembradoras y cualquier equipo que se traslade entre campos antes de salir o ingresar a zonas productivas.
  • Rotación de cultivos: alternar soja con especies no hospederas, en particular gramíneas, para interrumpir el ciclo del insecto y reducir su capacidad de establecimiento.
  • Monitoreo temprano y sistemático: inspeccionar vainas en lotes con antecedentes o sospechas, buscar picaduras y abrir vainas para detectar larvas o granos dañados; intensificar la vigilancia después de lluvias importantes.
  • Aplicación integrada de controles: combinar medidas culturales, un seguimiento estricto de la fenología del cultivo y, cuando corresponda, tratamientos químicos bien temporizados; considerar que la eficacia de los insecticidas puede ser breve y depende del momento de aplicación.
  • Coordinación regional: compartir información entre productores, técnicos, extensionistas, INTA y Senasa para mapear focos, unificar criterios de manejo y evitar movimientos que favorezcan la dispersión.
  • Notificación y registro: reportar hallazgos y sospechas a los canales oficiales (Senasa, oficinas de extensión provincial o delegaciones de INTA) para alimentar las bases de datos de vigilancia y activar respuestas sanitarias.

Qué están haciendo las instituciones

El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y el Senasa trabajan en redes de vigilancia y en la capacitación de técnicos y productores para mejorar la detección temprana y articular acciones de manejo. Los programas buscan integrar a organismos públicos, universidades y al sector privado para elaborar recomendaciones prácticas adaptadas a cada región y para coordinar medidas de prevención que limiten nuevos movimientos del insecto.

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Frente a la posibilidad de que el picudo negro deje de ser un problema regional y se consolide en el núcleo sojero, la prioridad es contener su avance con medidas sencillas y sistemáticas: limpieza de maquinaria, rotación de cultivos, monitoreo frecuente y comunicación rápida entre actores. Estas prácticas reducen la probabilidad de que la plaga se establezca en nuevos territorios y ayudan a preservar tanto el rendimiento como la calidad de la cosecha.

Productores y técnicos que detecten síntomas compatibles con presencia de picudo deben comunicarse con las autoridades sanitarias locales para su confirmación y su inclusión en las redes de vigilancia.

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