Misiones: las lluvias frenan al té y suman incertidumbre sobre la cosecha de yerba mate

El productor Cristian Klingbeil describió el impacto de la falta de sol, los caminos intransitables y las plagas. La humedad complica el trabajo en las chacras y el seguimiento sanitario.

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En Misiones, el exceso de agua no termina en un lote anegado. También corta accesos, demora tareas, limita el abastecimiento y reduce las posibilidades de recorrer las chacras. Para las actividades yerbatera y tealera, la falta de sol y las bajas temperaturas agregan un problema que puede prolongarse más allá de la lluvia: el riesgo de perder crecimiento, calidad y parte de la cosecha futura.

Cristian Klingbeil, productor agropecuario misionero y referente de ambos sectores, describió ese escenario en diálogo con Daniel Aprile y Viviana Valles en Palabra de Campo. Su testimonio permite entender por qué una mayor provisión de agua no tiene el mismo efecto en todas las regiones productivas y cómo las dificultades de transporte pueden convertirse rápidamente en un límite para trabajar.

“Esperando que salga un poquito, un par de días de continuo el sol”, resumió al comienzo de la conversación. Relató una sucesión de jornadas con garúas, lluvias torrenciales y actividad eléctrica, con períodos muy breves de luz solar. El resultado no se mide solamente por milímetros: importa cuánto tiempo persisten esas condiciones y qué posibilidades dejan para ingresar al campo.

Los accesos también forman parte de la producción

Klingbeil explicó que las crecidas repentinas de arroyos afectan pueblos y ciudades, mientras el avance de los grandes ríos puede prolongar el aislamiento. Las rutas alternativas no siempre resuelven el problema. Cuando son caminos de tierra, las lluvias intensas pueden impedir la circulación de camiones y dificultar incluso el abastecimiento de combustible.

La actividad forestal ofrece un ejemplo concreto de esa cadena de efectos. Según señaló, los aserraderos pueden detener tareas porque no se logra entrar a extraer los pinos. En el tabaco aparece otra dificultad: después de cosechar hay que secar y acondicionar el producto, una operación que se complica si la humedad permanece elevada y el sol no aparece.

La producción, por lo tanto, depende de condiciones que exceden el estado de una planta. Acceder a la chacra, trasladar insumos y mover la cosecha son parte de un mismo circuito. Una interrupción en cualquiera de esos puntos repercute sobre el trabajo de las familias y sobre actividades que ya enfrentan restricciones económicas.

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La yerba puede brotar y aun así perder cosecha

El productor distinguió el crecimiento inicial de la posibilidad efectiva de cosechar. Una planta de yerba mate puede responder a la humedad con una buena brotación, pero eso no garantiza que conserve las hojas hasta el momento del corte. Su preocupación se concentra en lo que puede ocurrir después de un período prolongado de exceso hídrico.

“La yerba puede brotar con este clima, puede brotar muy bien”, explicó. La incertidumbre aparece si, al acercarse la cosecha, se produce una caída anticipada o intensa de hojas. El riesgo sanitario y la persistencia de la humedad obligan a seguir el cultivo durante varios meses, en lugar de evaluar el resultado únicamente por el aspecto de los brotes.

Ese punto es central para las economías regionales: el costo productivo de un evento climático puede manifestarse después de que baja el agua. El testimonio de Klingbeil plantea la necesidad de observar la evolución del yerbal, registrar cambios y evitar una lectura apresurada que confunda crecimiento vegetativo con una cosecha asegurada.

Una oruga obliga a mirar más de cerca

Klingbeil también relató la detección de una oruga en yerbales del norte provincial. Describió daños llamativos y un trabajo técnico de relevamiento para determinar de qué insecto se trataba y qué medidas correspondían. La entrevista no aporta una identificación taxonómica confirmada, por lo que el episodio no debe interpretarse como la aparición comprobada de una nueva especie.

El problema se agrava cuando las lluvias impiden recorrer los lotes. “Pasan muchas semanas y cuando te vas, te podés encontrar con sorpresas”, advirtió. Su recomendación fue aprovechar las oportunidades de acceso para observar las plantas y consultar a los técnicos ante daños que no resulten habituales.

El relato también muestra por qué no alcanza con ver una hoja afectada para decidir una aplicación. Hace falta reconocer el agente causal, evaluar el alcance del daño y definir si corresponde intervenir. El productor mencionó la participación de técnicos en ese diagnóstico y evitó presentar una receta única para todos los yerbales.

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El té necesita humedad, pero también sol y temperatura

En la actividad tealera, la combinación resulta diferente. El cultivo necesita humedad, aunque el crecimiento de los brotes depende también de la luminosidad y de la temperatura. “El té necesita, le gusta mucho la humedad, pero necesita mínimo tres a cuatro horas de sol por día”, explicó Klingbeil al describir las condiciones que consideraba insuficientes.

Cuando se frena la brotación, la hoja sigue madurando y puede perder la terneza que busca la cosecha. El productor señaló que el frío interrumpe esa dinámica y agregó su preocupación por el ácaro rojo. Según su descripción, los ataques pueden deteriorar fuertemente el follaje y afectar la capacidad de crecimiento de la planta.

No se trata, entonces, de esperar solamente a que deje de llover. La recuperación productiva también depende de que regresen condiciones de luz y temperatura que permitan al cultivo retomar su actividad. Ese es el límite de una lectura centrada exclusivamente en la disponibilidad de agua.

Cuando baja el río, el problema no termina

Klingbeil diferenció el comportamiento de los ríos y la duración de sus crecidas. En su experiencia, algunos cursos muestran subidas y bajadas rápidas, mientras otros mantienen por más tiempo las consecuencias del avance del agua. Para las familias ribereñas, el regreso al domicilio o al trabajo no siempre coincide con la primera mejora del nivel.

Su diagnóstico reúne problemas productivos, sanitarios y logísticos que se superponen. El agua puede retroceder antes de que se recuperen los caminos o antes de que un cultivo vuelva a crecer. Para los productores misioneros, esa diferencia de tiempos explica por qué la emergencia necesita seguimiento y por qué el balance final de la campaña permanece abierto.

Fuente: entrevista de Daniel Aprile y Viviana Valles en Palabra de Campo, Radio Splendid AM 990.

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