Del festejo por romper récords a la crítica pública por la evidente pérdida de calidad

Titular: Trigo argentino: récord de producción, baja calidad y la necesidad de consenso en la cadena

En los últimos meses el país registró una cosecha histórica de trigo: casi 28 millones de toneladas y más de 41 qq/ha de rendimiento promedio, cifras que marcan un récord productivo. Sin embargo, los análisis de calidad revelan una realidad preocupante: proteína por debajo del 9% en muchas partidas y niveles de gluten tan bajos que la masa no liga. Ese trigo, en gran medida, quedó ubicado en la categoría de forrajero, apto más para alimentación animal que para panadería, lo que se tradujo en valores comerciales inferiores incluso a los de la cebada forrajera.

Este contraste entre volumen y calidad plantea una pregunta clave: cómo orientar las decisiones de todos los actores de la cadena para que el aumento de kilos por hectárea no signifique pérdida de valor industrial ni descuentos comerciales que anulen las ganancias por mayor producción.

Cinco actores principales y sus incentivos

1. Semilleros
– Rol: seleccionan y multiplican variedades que ofrecerán al mercado.
– Incentivo predominante: vender la mayor cantidad de semilla producida.
– Tendencia reciente: la preferencia por materiales de alto rendimiento (muchos de origen francés desde los años ’90) desplazó la histórica tradición de trigos “correctores” y priorizó kilos por hectárea por sobre calidad industrial.

2. Productores
– Rol: asumen el riesgo productivo y buscan maximizar ingresos del cultivo.
– Incentivo predominante: rendimiento (kg/ha).
– Consecuencia: poca atención al destino final del grano fuera del campo; priman decisiones que aumenten producción, no necesariamente calidad panadera.

3. Exportación
– Rol: colocar el producto en mercados internacionales y locales.
– Incentivo predominante: vender lo adquirido y obtener margen.
– Consecuencia: mercados secundarios o destinos menos exigentes absorben volúmenes de baja calidad, encubriendo la falta de demanda local por trigo panificable.

4. Molinos
– Rol: invertir en procesos y maquinaria para transformar el grano en harina y subproductos.
– Incentivo predominante: abastecer a clientes al menor costo posible y con la calidad requerida por cada destino industrial.
– Dificultad actual: falta de trigos de calidad en volúmenes suficientes; han intentado contratos y primas por calidad con productores, pero los materiales exigidos rinden menos que las variedades más comerciales.

5. Asesores y técnicos
– Rol: estudiar, evaluar y proponer alternativas productivas para optimizar la relación costo-producto.
– Incentivo: lograr el mayor volumen de producto al menor costo, utilizando tecnologías que mejoren rentabilidad.
– Dilema: las recomendaciones que aumentaron rendimientos dejaron en evidencia descuentos por calidad que diluyen el “récord” de producción.

Causas del deterioro de la calidad y vías de manejo

Existe una máxima productiva que se observa con frecuencia: a mayor rendimiento suele observarse menor calidad industrial, traducida en menor contenido proteico y menor fuerza de gluten. Sin embargo, esa relación no es inmodificable. Hay dos palancas claras para atenuarla:

– Manejo del nitrógeno: la fertilización nitrogenada es determinante para elevar el contenido de proteína en el grano. Un manejo adecuado del momento y dosis de N puede mejorar calidad sin sacrificar por completo rendimiento.
– Selección genética: la elección de variedades con grupos de calidad orientados a destino industrial (harina panadera, pastas, galletas) es clave. La genética que hoy se impone en muchos lotes prioriza rendimiento; pocas empresas semilleras mantienen programas intensivos de mejoramiento orientados a calidad.

Prácticas actuales y sus limitaciones

– Semilleros: responden a la demanda del productor y priorizan materiales que aseguren altos rendimientos comerciales. Algunos centros tradicionales que históricamente seleccionaban por calidad abandonaron esa carrera para no perder cuota frente a variedades más productivas.
– Productores: buscan la rentabilidad inmediata por hectárea y muchas veces no reciben señales de precio suficientes para preferir variedades de mayor calidad aunque rindan menos.
– Exportadores: colocan lo que exista en el mercado; si hay demanda por grano forrajero, lo aprovechan, lo que reduce el incentivo para mejorar calidad en origen.
– Molinos: intentaron programas de contratación y pago a calidad, pero enfrentar altos costos de primas y la menor disponibilidad de variedades con buen rendimiento ha limitado el éxito de estas iniciativas.

Hacia un enfoque integrado: sentarse a la mesa

La solución no está en culpar a un solo eslabón. Para que el país vuelva a producir trigo destinado prioritariamente a la alimentación humana y recupere valor en origen, es necesario un diálogo y acuerdos entre semilleros, productores, exportadores, molinos y asesores técnicos.

Elementos posibles de consenso:
– Definir metas de calidad por región y establecer esquemas de incentivos por calidad sostenibles en el tiempo (primas equilibradas y contratos a mediano plazo).
– Promover programas de mejoramiento y multiplicación de variedades con buena relación rendimiento–calidad, incluyendo estímulos regulatorios o de mercado para semilleros que inviertan en calidad.
– Capacitar y acompañar a productores en manejo de nitrógeno y prácticas agronómicas que favorezcan proteína y fuerza de gluten sin perder eficiencia productiva.
– Fortalecer acuerdos entre molinos y productores con contratos flexibles que compartan riesgos y beneficios, permitiendo que el productor reciba pago adicional por calidad verificable.
– Mejorar la trazabilidad y etiquetado para diferenciar lotes aptos para panificación de aquellos destinados a forraje o industria no alimentaria.

Impacto económico y valoración del asesoramiento técnico

Los técnicos lograron que muchos productores alcanzaran rendimientos récord en sus campos. No obstante, cuando se contabilizan los descuentos por mala calidad, esos logros productivos pueden quedar sin rédito real. Esto plantea la necesidad de replantear objetivos de asesoramiento: no solo maximizar kilos por hectárea, sino optimizar ingresos netos considerando precios, descuentos por calidad y costos de mejora.

Conclusión

El país tiene capacidad productiva probada, pero el triunfo cuantitativo se ve atenuado por déficits en calidad industrial. Para revertir esta situación hace falta coordinación entre todos los actores de la cadena: semilleros que inviertan en genética orientada, productores dispuestos a integrar prácticas de manejo de calidad, exportadores que prioricen mercados y molinos con estrategias de aseguramiento de suministro. Solo así la producción récord podrá traducirse en mayor valor real y en trigo que alimente a las personas, no solo al ganado.

Ingeniero en Producción Agropecuaria

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