En la última década la producción argentina de granos se multiplicó: de alrededor de 90 millones de toneladas a un nivel cercano a 160 millones. Pero más que el volumen, lo que cambió fue la estructura del cultivo: el maíz se convirtió en el principal motor de la producción, el trigo mostró una recuperación importante y la soja perdió protagonismo tanto en rendimiento como en área sembrada.
Balance de la campaña y cambios en la canasta
Para la campaña 2025/26 las estimaciones ubican la cosecha total en 163,3 millones de toneladas, más de 20 millones por encima del ciclo anterior y marcando un nuevo récord histórico. El maíz lidera con cerca de 67,6 millones de toneladas y un rendimiento promedio en torno a 71 quintales por hectárea. El trigo recuperó volumen —alrededor de 27,9 millones de toneladas— y registra rindes que superan en un 60% el promedio de la última década. La soja, por su parte, se mantiene cerca de 49 millones de toneladas, pero sobre una superficie que viene reduciéndose campaña tras campaña.
Por qué la soja retrocede: factores estructurales
La pérdida de área de soja no responde a que el cultivo haya dejado de ser competitivo en términos agronómicos, sino a decisiones económicas derivadas del esquema impositivo. La diferencia en derechos de exportación —con retenciones significativamente mayores para la soja que para el maíz— incentiva a los productores a priorizar cultivos con mayor margen neto. Esa asimetría repercute además en inversión tecnológica: menor rentabilidad suele traducirse en menos gasto en insumos y en un freno a la mejora de rindes.
Costo de la coyuntura internacional
El conflicto en Oriente Medio elevó los costos de producción del sector agropecuario. Cálculos del sector privado sitúan ese impacto en cerca de un 11% adicional sobre costos, lo que equivaldría a unos 58 dólares por hectárea que asumen los productores. A nivel macro, la sólida evolución de los precios internacionales y el aporte energético —por ejemplo, Vaca Muerta aportó alrededor de 10.000 millones de dólares en exportaciones en 2025— ofrecen un contexto favorable, aunque la ganancia agregada no siempre llega al margen operativo del productor.
Una infraestructura que quedó chica
La magnitud de esta cosecha dejó al descubierto limitaciones logísticas. Entre enero y abril de 2026 se despacharon desde el Gran Rosario unas 40 millones de toneladas, un 11% por encima del récord previo. Ese movimiento generó una congestión notable: más de 6.000 camiones diarios en los accesos y picos de hasta 5.500 unidades esperando en playa a primeras horas. Cada hora de espera es competitividad perdida. La red logística actual fue diseñada para flujos inferiores –cerca de 90 millones de toneladas– y no está preparada para procesar 160 millones por los mismos cuellos de botella.
Más allá de los granos: la necesidad de diversificar
La discusión no puede limitarse a soja, maíz y trigo. Las economías regionales —vitivinicultura, fruticultura, yerba mate, algodón, olivicultura, hortalizas— enfrentan problemas estructurales y suelen quedar al margen de la agenda principal. Para que el crecimiento del sector derive en empleo y desarrollo territorial, es imprescindible impulsar políticas que favorezcan la diversificación productiva y el acceso a nuevos mercados.
Propuestas para transformar el impulso en crecimiento sostenible
- Eliminación gradual y previsible de las retenciones: diseñar un calendario claro y pactado para bajar derechos de exportación, vinculando cada etapa a inversiones concretas en infraestructura. Mientras dure la transición, la recaudación debería volcarse de forma transparente a obras que beneficien la cadena agroexportadora: rutas, accesos portuarios, vías férreas y dragado de vías navegables.
- Plan logístico nacional para el corredor agroexportador: diversificar salidas portuarias, modernizar el transporte ferroviario de carga, asegurar dragados competitivos y mejorar rutas troncales. Reducir la dependencia exclusiva del Gran Rosario distribuirá los flujos y disminuirá costos por espera y congestión.
- Estrategia de diversificación productiva y de mercados: un paquete de medidas para las economías regionales que incluya financiamiento accesible, simplificación tributaria por zona y acuerdos comerciales orientados por valor agregado. El objetivo es que la expansión del campo genere empleo y arraigo en distintas provincias.
Conclusión
La cosecha récord demuestra que la capacidad productiva existe cuando hay reglas previsibles. Pero un buen año no garantiza un cambio estructural. Si las autoridades y el sector privado aprovechan este momento para invertir en logística, ajustar incentivos y diversificar la producción, 2026 podrá marcar el inicio de una década de crecimiento sostenido. Si no, dentro de diez años seguiremos enfrentando los mismos atascos y lamentando oportunidades perdidas.
Autor: Director ejecutivo del Movimiento Productivo Argentino y exministro de Producción de la provincia de Buenos Aires.





