Argentina convirtió al huevo en una de sus proteínas cotidianas y alcanzó un registro que la ubicó en el primer lugar del consumo mundial. El promedio llegó a 398 unidades por habitante durante 2025, casi un huevo por día, mientras la producción nacional se acercó a 19.000 millones de unidades anuales.
Los datos, difundidos por la Cámara Argentina de Productores e Industrializadores Avícolas y recogidos por organismos oficiales, muestran un cambio acelerado. En 2024 el consumo había sido de 363 huevos por persona. Un año después, el crecimiento colocó al país por encima de México y consolidó al producto como una fuente de proteína ampliamente disponible.
La Semana Mundial del Huevo, que se desarrolla del 5 al 9 de octubre, encuentra así a la cadena en expansión. Pero el aumento convive con preguntas que se repiten en hogares, comercios y redes sociales: si el huevo eleva el colesterol, si los marrones son mejores que los blancos, si conviene comerlo crudo, si debe lavarse antes de guardarlo o si la clara es siempre la parte más saludable.
Primer mito: el huevo por sí solo dispara el colesterol
Durante décadas, la presencia de colesterol en la yema llevó a limitar el consumo de huevo de manera general. La mirada actual es más amplia: el riesgo cardiovascular no se define por un alimento aislado, sino por el patrón completo de alimentación, la actividad física, los antecedentes y la condición de cada persona.
En adultos sanos, el huevo puede integrar una dieta equilibrada. Eso no convierte su consumo en una recomendación idéntica para todos ni reemplaza una indicación profesional cuando existen enfermedades o restricciones específicas. El cambio principal consiste en dejar de analizarlo como el único responsable y observar el conjunto de grasas, ultraprocesados, fibra y hábitos.
Una porción de dos huevos, equivalente a unos 100 gramos, aporta alrededor de 13 gramos de proteína. También contiene vitaminas B12 y D, ácido fólico, biotina, fósforo, hierro, zinc, selenio y colina, un nutriente relacionado con funciones del sistema nervioso.
Segundo mito: el color de la cáscara cambia la calidad
Los huevos marrones suelen asociarse con una producción más natural o con un perfil nutricional superior. El color, sin embargo, depende principalmente de la genética de la gallina. No determina por sí mismo la cantidad de proteína, vitaminas o minerales.
Las diferencias reales pueden aparecer por la alimentación de las aves, el sistema productivo, la frescura, el tamaño o el manejo posterior, pero no por el tono blanco o marrón de la cáscara. Elegir uno u otro es, en la mayoría de los casos, una cuestión de disponibilidad, precio o preferencia.
La cáscara cumple una función física decisiva: protege el contenido mediante una estructura porosa cubierta por una barrera natural. Su integridad, limpieza y conservación importan más para la inocuidad que el color visible en la góndola.
Tercer mito: comerlo crudo permite aprovecharlo mejor
La idea de que el huevo crudo conserva más nutrientes se popularizó en algunas dietas deportivas. La cocción, sin embargo, mejora la digestibilidad de parte de sus proteínas y disminuye el riesgo de exposición a microorganismos como Salmonella.
El uso de preparaciones crudas o poco cocidas requiere especial cuidado. La recomendación general es cocinar adecuadamente el alimento, mantener la cadena de frío cuando corresponda, evitar huevos con la cáscara rota y reducir la contaminación cruzada entre superficies, utensilios y otros ingredientes.
El calor puede modificar ciertos componentes, pero el balance entre aprovechamiento y seguridad favorece el consumo cocido. La calidad nutricional no depende de exponer a la persona a un riesgo microbiológico evitable.
Cuarto mito: hay que lavar los huevos antes de guardarlos
El lavado doméstico previo al almacenamiento puede alterar la cutícula que recubre la cáscara. Al mojarla o frotarla, se facilita el ingreso de microorganismos a través de sus poros, especialmente si luego queda humedad en la superficie.
La normativa sanitaria contempla procesos específicos para los establecimientos habilitados y prohíbe el lavado de huevos destinados al consumo directo sin un revestimiento protector posterior. Esa operación industrial no equivale a enjuagarlos en la cocina antes de llevarlos a la heladera.
La manipulación segura incluye conservarlos limpios y sin fisuras, evitar cambios bruscos de temperatura y lavarse las manos después de tocarlos. Si la cáscara presenta suciedad importante o está dañada, la decisión no debería ser simplemente lavarla y guardarla como si nada hubiera ocurrido.
Quinto mito: la clara siempre es más saludable que el huevo completo
La clara concentra buena parte de las proteínas y tiene muy poca grasa. La yema aporta grasas, vitaminas, minerales y colina. Son perfiles diferentes y complementarios. Quitar sistemáticamente la yema reduce el aporte de varios nutrientes, aunque en ciertos planes alimentarios la cantidad pueda ajustarse por indicación profesional.
La discusión, nuevamente, depende del contexto. Para una persona sana, consumir el huevo completo permite aprovechar la matriz nutricional. Para alguien con necesidades particulares, la cantidad y frecuencia requieren evaluación individual.
Una producción que supera los 60 millones de ponedoras
El récord de consumo se apoya en una estructura productiva que cuenta con más de 62 millones de gallinas ponedoras. Las proyecciones sectoriales esperan que el plantel alcance entre 65 y 67 millones durante 2026 y que la producción supere los 20.000 millones de unidades. Buenos Aires y Entre Ríos concentran aproximadamente 70% de la actividad.
“El crecimiento de la industria no es casualidad: es el resultado de años de inversión sostenida en genética, sanidad y tecnología”, afirmó Javier Prida, presidente ejecutivo de CAPIA. El dirigente advirtió que la expansión aumenta las exigencias: “Cada gallina que sumamos al sistema tiene que estar acompañada por los más altos estándares sanitarios”.
Esa condición es central porque una falla sanitaria puede afectar bienestar animal, abastecimiento, comercio y salud pública. SENASA establece requisitos para establecimientos avícolas, planes sanitarios, bioseguridad y responsabilidad veterinaria. El monitoreo y la prevención resultan tan importantes como la capacidad de producir más.
La calidad comienza antes de la cáscara
La cadena no termina en la granja. Clasificación, almacenamiento, transporte, comercialización y manipulación doméstica forman parte de la inocuidad. Una producción eficiente puede perder valor si se rompe la trazabilidad o si el alimento se conserva de manera incorrecta.
“La salud animal, la salud humana y la salud del ambiente están profundamente conectadas”, explicó Eugenia Sanz, directora de la Unidad de Negocios de Avicultura de MSD Salud Animal. Ese enfoque, conocido como Una Salud, relaciona prevención de enfermedades, uso responsable de herramientas veterinarias, bienestar y seguridad de los alimentos.
El liderazgo argentino en consumo no es solamente una curiosidad estadística. Refleja cambios en los precios relativos, en la búsqueda de proteínas accesibles y en los hábitos de alimentación. También obliga a mirar el sistema completo: desde la salud de las aves y las condiciones de producción hasta la información que recibe el consumidor.
Desarmar mitos ayuda a tomar decisiones más simples y seguras. El huevo no necesita ser presentado como un alimento perfecto ni como un enemigo. Es una pieza nutritiva y versátil cuya calidad depende de una cadena sanitaria sólida y de prácticas correctas hasta el momento de servirlo.



