“Es un momento bisagra”: Biomagna comenzó a ensayar en Argentina un bioherbicida para el control de malezas

La compañía inició las primeras pruebas de una tecnología desarrollada por Biotrop que busca ingresar a un segmento todavía prácticamente vacío entre los insumos biológicos argentinos.

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El mercado de los bioinsumos viene ampliando su participación dentro de la agricultura argentina, pero todavía mantiene una deuda tecnológica difícil de resolver: el control biológico de malezas. Mientras biofungicidas, bioestimulantes, inoculantes y bioinsecticidas ya encontraron espacios de adopción, los herbicidas continúan dependiendo casi exclusivamente de moléculas químicas.

En ese escenario, Biomagna comenzó durante este año los primeros ensayos locales de un bioherbicida desarrollado por Biotrop, compañía brasileña representada comercialmente por la firma argentina. La tecnología todavía deberá atravesar el proceso de registro ante el Senasa, pero para Facundo Ramos, gerente de Marketing y Desarrollo de Biomagna, el paso marca un punto de inflexión.

“Para nosotros es un hito, es un cambio, un momento bisagra”, aseguró Ramos en diálogo con Palabra de Campo. Según explicó, el producto ya se encuentra formulado y validado tecnológicamente, mientras completa su proceso regulatorio en Brasil.

Un bioherbicida que comenzaría por cultivos intensivos

La tecnología está basada en metabolitos de origen biológico y fue concebida como un producto de acción total o “quemante”. La primera estrategia comercial prevista para Argentina no apunta directamente a los grandes cultivos extensivos, sino a usos donde la herramienta tendría inicialmente mayores posibilidades de inserción.

“Se va a posicionar inicialmente como desecante para el fin de ciclo de cultivos como poroto, garbanzo y arveja, y como herbicida total en cultivos intensivos, como puede ser la fruticultura”, detalló Ramos.

La segunda etapa sería considerablemente más ambiciosa: avanzar sobre los barbechos de la agricultura extensiva. De acuerdo con la estimación del ejecutivo, ese posicionamiento podría comenzar “de acá a dos años”, aunque los tiempos estarán condicionados por los ensayos y el correspondiente proceso regulatorio.

La relevancia de la innovación se entiende mejor al observar cómo está compuesto el mercado argentino. Ramos explicó que aproximadamente el 70% del negocio de protección de cultivos local está vinculado a herbicidas, exactamente el segmento donde las herramientas biológicas tienen todavía una presencia muy limitada.

Un mercado de US$ 118 millones que todavía tiene mucho por crecer

Argentina ya desarrolló un mercado importante de productos biológicos, aunque permanece lejos de la escala alcanzada por Brasil. Según datos difundidos este año por CASAFE, el mercado argentino de bioinsumos alcanza los US$ 118,7 millones y abarca unas 17,4 millones de hectáreas tratadas.

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Ramos planteó durante la entrevista una comparación que muestra la diferencia entre ambos países: mientras Argentina se mueve alrededor de esos US$ 118 millones, estimó que Brasil se acerca a los US$ 1.800 millones. No obstante, sostuvo que las distintas estructuras productivas hacen difícil imaginar una simple réplica del modelo brasileño.

Biomagna comenzó los ensayos de un bioherbicida en Argentina y proyecta llevar la tecnología a los barbechos de cultivos extensivos.
Biomagna comenzó los ensayos de un bioherbicida en Argentina y proyecta llevar la tecnología a los barbechos de cultivos extensivos.

En Brasil existen más aplicaciones fitosanitarias durante el ciclo de los cultivos, mayor utilización de tecnologías como la aplicación en el fondo del surco y condiciones agronómicas que en determinados ambientes generan respuestas especialmente importantes a estas herramientas. Para Ramos, eso explica parte de la diferencia, pero no elimina el potencial argentino.

“Todavía nos queda muchísimo por crecer para alcanzar una adopción masiva de algunas tecnologías que son muy convenientes para el productor”, sostuvo.

Biológicos y químicos: una convivencia que seguirá

Uno de los puntos que Ramos buscó remarcar es que el avance de los bioinsumos no supone necesariamente el reemplazo generalizado de los fitosanitarios químicos. Por el contrario, considera que la agricultura tenderá hacia esquemas en los que ambas tecnologías se utilicen de acuerdo con el problema que deba resolverse.

“La exclusión de una tecnología por parte de otra no tiene sentido desde el punto de vista técnico o agronómico”, afirmó. Existen segmentos donde los productos químicos continúan siendo indispensables, otros donde los biológicos pueden competir directamente y algunos problemas para los cuales estos últimos ya ofrecen alternativas específicas.

Como ejemplo mencionó los tratamientos biológicos de semillas para trigo y soja. Biomagna comercializa Promotor, un producto basado en un consorcio de Bacillus que la compañía posiciona como alternativa a tratamientos fungicidas convencionales, con la incorporación adicional de un efecto bioestimulante.

También destacó el crecimiento de los bioestimulantes foliares y mencionó Bioasis, una tecnología microbiológica destinada a mejorar la respuesta de los cultivos frente a situaciones de estrés. Según Ramos, el objetivo es preparar fisiológicamente a la planta para atravesar períodos adversos de temperatura o disponibilidad hídrica.

La prueba a campo, la gran barrera para los biológicos

Pero el crecimiento del mercado también tiene una condición: demostrar que las tecnologías funcionan. Ramos reconoció que una de las principales barreras que históricamente enfrentaron los productos biológicos fue precisamente la necesidad de construir evidencia agronómica consistente.

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“Un producto debería tener una cantidad de ensayos generados por ensayistas profesionales matriculados, que firmen los resultados, lo más grande posible”, señaló. Para el ejecutivo, las parcelas demostrativas pueden resultar útiles comercialmente, pero no reemplazan ensayos con diseño experimental, análisis estadístico y evaluación independiente.


Como ejemplo citó el trabajo realizado con Powertrop en trigo y soja, para el cual aseguró que Biomagna acumuló más de 40 ensayos. Según los resultados aportados por la propia empresa durante la entrevista, el bioestimulante alcanzó tasas de respuesta positiva cercanas al 95%, con incrementos de rendimiento variables según ambiente y cultivo.

Chicharrita: otra prueba para los biológicos en el maíz

El otro frente que Biomagna observa para la próxima campaña es la chicharrita del maíz (Dalbulus maidis), vector del complejo de enfermedades asociadas al achaparramiento. La compañía cuenta en ese segmento con Biokato, un bioinsecticida que forma parte de los esquemas utilizados en Brasil.

La preocupación expresada por Ramos coincide con las advertencias técnicas de cara al ciclo 2026/27. El INTA viene señalando que será necesario mantener un monitoreo intensivo de las poblaciones del vector y de los patógenos asociados, mientras el Senasa insiste en combinar control del maíz voluntario, tratamientos habilitados, elección de híbridos y seguimiento temprano de los lotes.

Ramos considera que la campaña tendrá además mayor presión sanitaria asociada a la humedad, aunque mantiene una visión productiva favorable por la disponibilidad de agua en los perfiles. “La principal limitante para las altas productividades suele ser hídrica; si tenemos buenas condiciones hídricas, vamos a tener una buena campaña”, proyectó.

Para Biomagna, ese contexto puede transformarse también en una prueba decisiva para una generación de herramientas que busca dejar de ser considerada marginal. “El productor o el asesor que se limite a una sola de las paletas de productos no va a estar captando todo el valor que puede captar”, concluyó Ramos.

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