El “boom” ganadero empieza a traducirse en resultados medibles: en mayo el peso promedio de faena alcanzó los 240 kilogramos por res bovina, el registro mensual más alto desde 1990, informó la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca (SAGYP). Este dato anuncia cambios en la productividad que pueden repercutir en la rentabilidad y en la oferta de carne en los mercados locales e internacionales.
Más carne por animal implica una mayor eficiencia productiva y márgenes superiores por cabeza para los productores, con impacto directo en la planificación de ciclos productivos. Además, la mejora en rendimiento por res puede aliviar tensiones en la oferta cuando se consolide en el tiempo.
Detalles del registro y evolución reciente
En el acumulado de enero a mayo el peso promedio de la res bovina fue de 236 kilos, 6 kilos por encima del mismo período de 2025 y 8 kilos más que mayo del año pasado. La tendencia al aumento de pesos se observa desde fines del año pasado y refleja una trayectoria sostenida de mejora productiva.
La SAGYP señaló que se trata del mayor valor mensual desde 1990 y lo vinculó a avances en eficiencia productiva y aprovechamiento del potencial animal. Ese salto estadístico mejora la capacidad de proyectar inversiones en recría y engorde.
Qué explica el aumento del peso de faena
Una de las causas centrales es la relación favorable entre el costo de la alimentación y el precio del kilogramo en pie, lo que incentiva prolongar los ciclos productivos. Cuando alimentar hasta sumar kilos resulta rentable, los productores optan por no vender precozmente y acumular más peso antes de la faena.
El alargamiento de la etapa de recría permite incorporar kilos de forma más eficiente antes de la terminación, con menores costos por kilo ganado. Esa estrategia mejora el rendimiento por animal y reduce presiones sobre la oferta en momentos de escasez de hacienda.
Por otra parte, los corrales de engorde muestran niveles de ocupación en récord, lo que indica disponibilidad de animales en proceso de terminación y una apuesta a agregar peso previo a la venta. El mayor uso de feedlots también implica una demanda sostenida de maíz y subproductos, con impacto potencial en los costos de alimentación.
Más allá de los factores productivos, estos resultados se desarrollan en un contexto macroeconómico con mayor previsibilidad relativa, valorada por el Gobierno como favorable para el negocio ganadero. La posibilidad de proyectar inversiones y ritmos productivos facilita decisiones de largo plazo en una actividad donde los resultados se construyen a lo largo de varios años.
Implicancias para el mercado y el productor
Un aumento de kilos por animal puede traducirse en mayor oferta en el mediano plazo y presionar la dinámica de precios según el ritmo de faena y la demanda interna y externa. Para los productores, el efecto inmediato suele ser una mejora en el margen por cabeza y una mayor capacidad para financiar inversiones en infraestructura y genética.
No obstante, la sustentabilidad de esta tendencia depende de variables externas como la volatilidad del precio del alimento, sequías y riesgos sanitarios que puedan alterar los ciclos productivos. Si alguno de estos factores se intensifica, la rentabilidad por kilo ganado puede reducirse y revertir la tendencia actual.
Qué seguir de cerca
En los próximos trimestres conviene monitorear la evolución del valor del kilogramo en pie, los niveles de ocupación en feedlots y la estacionalidad de la oferta de pasturas como indicadores clave. Esos parámetros definirán si el aumento del peso de faena se consolida como una nueva etapa de crecimiento del sector o se modera ante choques externos.
El registro de mayo es una señal concreta del cambio en la dinámica ganadera y de la capacidad de adaptación de la cadena productiva. Si se sostienen la estabilidad macro y la eficiencia productiva, el país podría convertir este boom ganadero en mayor productividad y mejores ingresos rurales.


