La cadena de valor del trigo en Argentina enfrenta una paradoja: una cosecha récord no se traduce en abundante oferta de trigo de calidad para la industria molinera. Diego Cifarelli, presidente de la Federación Argentina de la Industria Molinera (FAIM), advierte sobre esta situación y anuncia que la industria evalúa importar trigo para asegurar el abastecimiento, ante la escasez de mercadería local con calidad panadera adecuada.
Contexto y cifras clave
– Empleo y peso económico: la cadena del trigo genera empleo directo e indirecto para unas 400.000 personas, representa entre el 12% y 13% del conjunto de las cadenas agroindustriales y explica alrededor del 2,8% del empleo nacional.
– Cosecha récord: la campaña más reciente alcanzó 29,5 millones de toneladas según la Bolsa de Comercio de Rosario, pero aun así hubo problemas tanto de abastecimiento como de calidad para panificación.
– Precios: el precio pizarra del trigo en Rosario se ubicó cerca de $297.345 por tonelada (unos US$215) en la primera quincena de mayo, mientras que fuentes empresariales señalan que trigo importado nacionalizado desde Paraguay podría entrar “en menos de 300 dólares”, con mejor calidad.
¿Por qué falta trigo si la cosecha fue grande?
Cifarelli explica que el desajuste surge de la diferencia entre los tiempos y las estrategias de productores y molinos. Los productores a menudo venden estratégicamente, reteniendo oferta hasta obtener mejores precios; la industria, en cambio, compra diariamente y necesita flujo constante de materia prima. Esta asimetría impide a los molinos “originar” todo el trigo que necesitan en tiempo y forma, pese a la disponibilidad nacional total.
Calidad y oferta: el problema no es solo cantidad
Más allá del volumen, la calidad panadera es crítica. FAIM informa que hoy faltan ofertas de trigo con características técnicas necesarias —por ejemplo, mayor contenido de gluten (más de 28)— que los molinos requieren para producir harinas aptas para panificación. Cuando existe oferta local, su precio ya está en paridad con importaciones o incluso por encima, lo que hace viable que algunas empresas opten por comprar en el exterior.
Acciones frente a la escasez: importaciones y certificaciones
La industria solicitó autorizaciones para importar y, según Cifarelli, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) aprobó el AFIDI (Autorización Fitosanitaria de Importación). Con ese permiso, los molinos pueden negociar y concretar operaciones, priorizando puertos que permitan descarga, un aspecto logístico relevante porque muchos puertos en Argentina están más preparados para exportar que para recibir.
Cifarelli pone énfasis en que la potencial decisión de importar no busca imponer techos de precio ni intervenir artificialmente, sino ejercer una lógica de libre mercado: si resulta más competitivo traer trigo del exterior, la industria lo hará, tal como ocurre en otros sectores como la soja o la carne.
Capacidad instalada vs procesamiento real
La industria molinera argentina cuenta con capacidad para moler hasta 13 millones de toneladas anuales, pero actualmente procesa entre 6,5 y 7 millones. Este subuso de la capacidad productiva se atribuye no a limitaciones técnicas, sino a condiciones de competitividad y a problemas logísticos y comerciales frente a vecinos como Brasil. Mantener una molinería fuerte resulta estratégico no solo para la industria sino también para los productores, porque evita que la compra de granos quede concentrada exclusivamente en exportadores.
Comercio interno, exportaciones y dinámica trimestral
En el primer trimestre del año la molienda de trigo creció 1% respecto al mismo período del año anterior; ese aumento se explica principalmente por la recuperación de las exportaciones a Bolivia, afectadas en el año previo por inestabilidad política en ese país. Paralelamente, el mercado interno mostró una caída del 1,5%, cifras que Cifarelli considera dentro de la normalidad operativa de la molinería.
Informalidad y evasión: un lastre para la cadena
La FAIM alerta sobre la magnitud de la informalidad en la cadena trigo-harina-pan: un estudio universitario encargado por la federación estima una evasión anual de impuestos y tasas por cerca de 550.000 millones de pesos, equivalentes a unos 400 millones de dólares. Esa cifra incluye evasión de IVA, impuestos sobre débitos y créditos, ingresos brutos y tasas municipales, aunque no contempla el impuesto a las ganancias. La informalidad, sostienen, socava la formalización de empresas y la generación de empleo genuino en el sector.
Implicancias para productores y consumidores
Una molinería competitiva y con oferta confiable de trigo resulta beneficiosa para todo el sistema: protege al productor evitando que la compra de granos quede monopolizada por exportadores, asegura al molinero abastecimiento estable y calidad para elaborar harina y garantiza al panadero y al consumidor final productos con precios y estándares más previsibles. Sin embargo, factores como los costos logísticos, la estrategia comercial de los productores y la informalidad dificultan el equilibrio.
Colaboración público-privada y desafíos
Cifarelli señaló que la industria trabaja con la Secretaría de Agricultura, ARCA y la Dirección de Control Agropecuario para abordar los problemas de calidad, trazabilidad y cumplimiento fiscal a lo largo de la cadena. El desafío, según él, es “producir más y mejor”, alcanzando estándares que permitan competir en mercados internacionales y satisfacer la demanda interna con productos de calidad.
Conclusión
La situación del trigo en Argentina exhibe tensiones estructurales: una cosecha abundante que no se traduce automáticamente en oferta suficiente y homogénea de trigo de panificación, capacidad ociosa en la industria, y practicas comerciales y logísticas que complican la alineación entre productores y molinos. La alternativa de importar trigo —con autorizaciones fitosanitarias ya disponibles para algunas operaciones— refleja una respuesta pragmática de la industria ante la falta de oferta adecuada: una medida que, según FAIM, busca mantener el abastecimiento, preservar empleos y garantizar la competitividad, sin desconocer la necesidad de políticas y acuerdos que incentiven la formalización y la producción de trigo de calidad en el país.





