Crecimiento acelerado del cultivo de pistacho genera oportunidades económicas y alerta por nuevas amenazas

En la provincia cuyana, el pistacho pasó de apenas unas decenas de hectáreas a ocupar más de 1.200. Aunque la rentabilidad proyectada es enorme, la mayoría de las plantaciones aún no muestran resultados. ¿Competencia con la vid o diversificación?

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El pistacho pasó de ser una apuesta marginal a convertirse en uno de los cultivos que más crece en la fruticultura de Mendoza, con un efecto directo sobre el mapa agroindustrial de la provincia. Esta expansión plantea preguntas sobre rentabilidad, capacidad de procesamiento y sostenibilidad a mediano plazo.

El “boom” del pistacho

Según un informe de la Secretaría de Agricultura de Mendoza, la superficie provincial implantada creció de unas 35 hectáreas a 1.219 hectáreas, lo que equivale al 16,25 % de la superficie nacional. A nivel país, la Asociación de Frutos Secos de Mendoza estima unas 7.500 hectáreas de pistacho implantadas.

El salto no es reciente: Argentina pasó de 1.008 hectáreas en 2016 a 3.038 hectáreas en 2021, y entre 2024 y 2025 la superficie creció más del 20 % con unas 1.800 hectáreas nuevas, concentradas principalmente en San Juan y Mendoza. Este dinamismo explica por qué el pistacho comienza a competir por capital y tierra con cultivos tradicionales en la provincia.

Pistacho en el mundo

El consumo mundial de pistacho crece cerca de un 6,5 % anual mientras la oferta avanza a ritmo menor, lo que genera una brecha proyectada de alrededor de 250.000 toneladas hacia 2040 según el informe provincial. La demanda global se diversificó: hoy el pistacho no es solo un snack, sino un ingrediente crecientemente presente en helados, chocolates y masas industriales.

La producción global está fuertemente concentrada: Estados Unidos, Irán y Turquía explicaron más del 87 % de la oferta en 2024/25, y para 2025/26 EE. UU. proyectó una cosecha cercana a 712.000 toneladas. Ese cuadro internacional alimenta el interés local por implantar hectáreas, aún cuando la producción doméstica tarde en materializarse.

Retraso entre plantación y producción

Una de las claves del fenómeno es la naturaleza del cultivo: el pistacho es de ciclo largo y el modelo oficial estima una primera cosecha entre los años 6 y 8, con plena producción alrededor del año 12. En Mendoza, por ahora, apenas existen cinco o seis establecimientos en producción efectiva según fuentes locales.

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Los proyectos que ya cosechan muestran rendimientos inferiores a los objetivos para un cultivo maduro: en años productivos se observan entre 1.500 y 2.000 kilos por hectárea, cuando los proyectos maduros deberían aspirar a 3.000 o 4.000 kilos. Esa brecha es un riesgo económico directo, porque la viabilidad del negocio depende de alcanzar rendimientos que justifiquen la larga espera y la inversión inicial.

Precio y economía del cultivo

El pistacho ofrece hoy precios que atraen inversión: en el mercado interno el producto con cáscara puede pagar alrededor de US$ 18 a US$ 19 por kilo, mientras que en Europa el valor ronda los US$ 12 por kilo. El modelo productivo oficial plantea que, con 6.000 kilos por hectárea en plena producción, los ingresos brutos podrían alcanzar los US$ 28.200 por hectárea.

Con esos supuestos, los costos operativos estimados serían de unos US$ 3.503, resultando en un margen bruto teórico de US$ 24.697 por hectárea, aunque esos números caen sustancialmente si los rendimientos son menores. En 2025 el mercado internacional mostró un alza de precios cercana al 30 %, pero se espera alguna normalización a medida que aumente la oferta estadounidense.

Lo técnico: clima, suelo e infraestructura

El cultivo requiere condiciones específicas: inviernos fríos con entre 700 y 1.000 horas de frío, veranos largos cálidos y secos, suelos profundos y bien drenados, y agua de calidad para riego. Los técnicos recomiendan estudios de suelo, evaluación de disponibilidad hídrica y diseño de riego antes de cualquier inversión a gran escala.

La infraestructura de procesamiento es otra limitación: la cadena necesita instalaciones para recepción, limpieza, eliminación del pelón, lavado, secado, clasificación y almacenamiento, y Mendoza aún no tiene capacidad suficiente para atender la producción futura. En ese escenario, el asociativismo aparece como una herramienta para compartir infraestructura, reducir costos y acelerar aprendizaje técnico entre productores.

¿Competencia con la vid o diversificación?

La pregunta inmediata es si el pistacho reemplaza a la vid en Mendoza, pero la respuesta es compleja: la vitivinicultura atraviesa un ajuste y la superficie de vid argentina cayó 3.726 hectáreas en 2025 y acumula una baja de 27.724 hectáreas en la última década. Sin embargo, no hay cifras concluyentes que documenten una reconversión masiva de viñedos a pistachos.

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La inversión inicial para proyectos de escala no es baja: el modelo para 50 hectáreas estima una inversión total de alrededor de US$ 2,08 millones, incluyendo tierra, riego y protección; además hay varios años sin ingresos significativos. Por eso, más que una sustitución rápida, el pistacho aparece hoy como una opción de diversificación para explotaciones que buscan nuevas alternativas de rentabilidad.

El desafío para Mendoza será combinar una expansión ordenada del área con una política de apoyo técnico, financiamiento para infraestructura común y selección prudente de suelos y zonas. Si esos elementos se articulan, la provincia podrá transformar hectáreas en producción exportable sin repetir los errores de ciclos largos mal planificados.

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