Durante 23 años productor brasileño facturó el doble por hectárea de soja que productor argentino

Un estudio de CIPPEC le puso números al crecimiento que tuvo Brasil en los últimos años al lado de Argentina y estableció cuáles son los puntos en que habría que enfocarse para aprender del modelo que está ganando en la carrera agrícola sudamericana.

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La lección brasileña que hoy mira la agroindustria argentina

El Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) presentó por primera vez a periodistas un estudio sobre la expansión agroindustrial de Brasil. El encuentro buscó explicar por qué el vecino multiplicó su producción mientras Argentina quedó rezagada.

El dato más contundente del informe es que Brasil produce aproximadamente 2,5 veces más granos que Argentina, una brecha que se consolidó en las últimas décadas. Ese salto se gestó en un cambio profundo de políticas, instituciones y decisiones de inversión que hoy sirven de referencia.

Por qué importa esta discusión para la economía y el territorio

La diferencia productiva no es solo una cuestión de toneladas sino de impacto económico y social en las regiones rurales y ciudades intermedias. Aprender de ese proceso significa pensar en empleo, arraigo y capacidad de generar valor agregado en el interior del país.

El director de CIPPEC, Luciano Laspina, advirtió sobre riesgos comerciales: si Argentina no modifica su rumbo, para 2030 su principal socio podría eliminar barreras internas que hoy protegen a ciertos eslabones productivos. Esa previsión pone en juego decisiones fiscales y regulatorias que afectan directamente al productor y la competitividad del sector.

Cuatro frentes que explican la brecha productiva

El estudio identifica cuatro factores clave que, desde el año 2000, explican la ventaja brasileña: derecho a la propiedad, frontera agrícola, financiamiento y tecnología. Esa combinación permitió una expansión sostenida y concentrada en regiones de mayor rendimiento.

En propiedad privada, Brasil redujo las usurpaciones de tierras y delimitó incentivos para la inversión rural, una señal de seguridad jurídica para el productor. En cambio, los productores argentinos enfrentaron políticas como las retenciones y la brecha cambiaria que afectaron sus ingresos y su capacidad de planificar.

La apertura de la frontera agrícola en el centro-oeste brasileño ofreció tierras disponibles y relativamente baratas, lo que facilitó la migración de productores y la concentración del crecimiento. Instrumentos como la Cédula de Producto Rural (CPR) y el Crédito Rural subsidiado fueron decisivos para financiar esa expansión.

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El financiamiento aumentó de forma sostenida: más crédito por hectárea durante décadas permitió adoptar prácticas y ampliar superficies. Ese flujo constante contrastó con la lógica de financiamiento intermitente que predominó en Argentina.

Tecnología pública y subsidios: la apuesta que aceleró rendimientos

Frente a la llamada “falla de mercado” por el traslado de soja y maíz a suelos tropicales, Brasil apostó a investigación y transferencia tecnológica pública y privada. Programas como Embrapa impulsaron variedades adaptadas y facilitaron la adopción de paquetes tecnológicos en la frontera agrícola.

El Estado brasileño destinó un subsidio promedio cercano a USD 3.000 millones anuales para apoyar esa transición, mientras que en el mismo periodo el gobierno argentino recaudó en promedio USD 5.000 millones anuales en concepto de retenciones al agro. Esa diferencia se tradujo en más inversión directa sobre campo en Brasil y menor extracción de renta en Argentina.

El resultado fue que Brasil igualó rendimientos en zonas tradicionales y los superó en la frontera; además, la adopción tecnológica creció: el consumo de agroquímicos por hectárea se multiplicó por seis y la dosis de fertilizantes se duplicó. En 2000, cerca del 67 % de las hectáreas de soja utilizaba variedades desarrolladas por instituciones públicas o asociaciones.

Modelo ofensivo versus defensivo: qué implican para el productor

En el discurso del estudio surge una distinción central: la agricultura brasileña siguió una lógica ofensiva de expansión e inversión, mientras que la argentina se volvió defensiva y conservadora en el uso de insumos. Esa diferencia reduce la exposición al riesgo en un sistema y lo aumenta en otro, con impacto directo sobre la productividad por hectárea.

La gran sequía de 2023 mostró la vulnerabilidad del modelo defensivo y reforzó la necesidad de políticas previsibles para incentivar inversión. Según CIPPEC, el camino brasileño también tiene costos ambientales y sociales que requieren regulación y monitoreo, por lo que no se trata de una imitación literal sino de adaptación.

Qué propone el estudio para Argentina y la llamada “franja centro”

CIPPEC plantea pensar estas lecciones en clave argentina, enfocando políticas en la “franja centro”, que va desde el norte de la Patagonia hasta Salta, como corredor potencial de crecimiento agroindustrial. El objetivo es convertir al sector agrario en un motor regional comparable al rol que hoy juegan la minería o Vaca Muerta en otras economías locales.

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La condición para cambiar la tendencia es sostener un rumbo razonable y coherente durante un periodo prolongado, tal como sucedió en Brasil durante casi cuatro décadas. El próximo paso del trabajo será traducir el diagnóstico en medidas concretas de política pública, financiamiento y transferencia tecnológica adaptadas al contexto argentino.

Conclusión: oportunidad y urgencia

El estudio de CIPPEC ofrece un mapa de decisiones que explican una transformación productiva posible y replicable con ajustes locales, y destaca la importancia de instituciones estables y financiamiento sostenido. Para productores, comunidades y responsables de política, la pregunta clave es si se optará por un plan estratégico que priorice inversión y arraigo o por la continuidad de medidas que limitan el potencial de crecimiento.

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