La cebolla argentina cambia para siempre: el INTA ya domina el 60% del área y desarrolla variedades con nuevas características

El INTA desarrolló más de una decena de cultivares y su genética ya ocupa cerca del 60% del área sembrada en el país. Claudio Galmarini explica por qué el próximo salto pasa por diferenciar variedades, sabores, usos y mercados.

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La cebolla parece uno de los productos más simples y cotidianos de la horticultura argentina, pero detrás de cada bulbo existe un trabajo de selección genética que puede demandar años. Rendimiento, conservación, color, pungencia, contenido de sólidos y adaptación a diferentes ambientes son algunas de las características que hoy definen hacia dónde avanza el mejoramiento.

En diálogo con Palabra de Campo, Claudio Galmarini, responsable del programa de mejoramiento genético de cebolla del INTA, investigador superior del CONICET y profesor de Horticultura de la Universidad Nacional de Cuyo, dimensionó el impacto alcanzado: cerca del 60% de la superficie argentina sembrada con cebolla utiliza variedades obtenidas por el INTA.

“Utilizamos la variabilidad que tiene la especie para crear nuevos cultivares con determinados objetivos”, explicó. A lo largo de su historia, el programa generó más de una decena de variedades destinadas a distintos ambientes, épocas de producción, mercados y usos.

Tinta INTA, una de las últimas apuestas para diferenciar la oferta

Ese proceso continúa. En abril de 2026, el INTA presentó Tinta INTA, una nueva variedad de cebolla roja desarrollada en La Consulta, Mendoza, después de un prolongado proceso de mejoramiento genético.

El cultivar se caracteriza por sus bulbos rojo intenso, forma esférica aplanada, baja pungencia y un contenido de sólidos solubles del 9,6%, atributos que buscan posicionarla principalmente para consumo fresco. En condiciones de Mendoza registra un rendimiento medio cercano a las 48 toneladas por hectárea, según informó el organismo.

La institución estima actualmente una producción argentina cercana a 700.000 toneladas anuales de cebolla, mientras que unas 22.000 hectáreas permiten abastecer un consumo interno del orden de las 480.000 toneladas y generar un importante saldo exportable.

El desarrollo de Tinta INTA se suma a otros materiales obtenidos durante décadas por el programa de La Consulta. Allí el mejoramiento comenzó en 1948 y dio origen a variedades que terminaron teniendo una influencia decisiva sobre la estructura productiva argentina.

Del rendimiento a la calidad: por qué no todas las cebollas son iguales

Para Galmarini, uno de los desafíos pendientes no está solamente en producir más, sino en que el consumidor pueda reconocer las diferencias entre una cebolla y otra, algo que ya ocurrió con productos como el vino.

“Hoy a nadie se le ocurre pedir simplemente vino tinto. Se pide Malbec, Pinot, Cabernet. Pero díganme qué cebolla conocen por la variedad”, planteó durante la entrevista.

Color, capacidad de almacenamiento, concentración de compuestos azufrados, pungencia o aptitud industrial pueden cambiar considerablemente entre materiales. La cebolla roja, la blanca, las valencianas o las llamadas cebollas dulces responden a características y mercados diferentes.


Uno de los casos que comienza a ganar terreno es justamente el de las cebollas dulces, denominadas así no porque tengan un contenido extraordinario de azúcar, sino fundamentalmente porque poseen menor pungencia y generan una sensación menos intensa de ardor.

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El fenómeno ya tiene antecedentes comerciales importantes. El proyecto iniciado en Mendoza en 2021 comenzó con unas siete hectáreas distribuidas entre Santiago del Estero, San Juan y Mendoza, mientras que solamente en territorio mendocino llegó posteriormente a superar las 60 hectáreas, con envíos destinados a Estados Unidos y Europa.

Galmarini destacó que productores de Mendoza, San Juan y Santiago del Estero vienen trabajando en esta alternativa orientada fundamentalmente a la exportación. El desafío siguiente será conseguir que ese tipo de atributos también sean reconocidos y valorizados por el consumidor argentino.

Brasil concentra el negocio exportador

La producción cebollera argentina presenta otra particularidad: aproximadamente el 30% puede terminar en los mercados externos, aunque esa proporción cambia considerablemente entre campañas.

El principal destino es Brasil. Galmarini recordó que durante la década de 1990 el país vecino representaba cerca del 70% del mercado externo argentino y existía además una participación significativa de Europa, pero actualmente la dependencia brasileña es mucho mayor.

“Prácticamente el 90% de lo que exportamos va a Brasil”, señaló. La cercanía logística representa una ventaja, pero la concentración también expone al productor argentino a los ciclos de producción, precios y demanda del país vecino.

Un ejemplo de esa volatilidad se observó en 2024: entre enero y junio Argentina exportó 196.000 toneladas de cebolla a Brasil, más del doble que en igual período de 2023, aprovechando una menor disponibilidad interna en el mercado brasileño.

La genética desarrollada por el INTA está presente actualmente en cerca del 60% de la superficie argentina cultivada con cebolla.
La genética desarrollada por el INTA está presente actualmente en cerca del 60% de la superficie argentina cultivada con cebolla.

Durante 2026 volvieron a aparecer señales positivas. Según datos oficiales elaborados sobre estadísticas del INDEC, las exportaciones argentinas de cebolla fresca crecieron 72% en valor durante el primer cuatrimestre y alcanzaron los US$14 millones, dentro de un año particularmente dinámico para las ventas externas de hortalizas.

La contracara es que una mayor producción brasileña puede rápidamente reducir esa ventana. Informes técnicos del INTA advertían precisamente que los stocks del sur de Brasil podían prolongarse durante buena parte del primer semestre de 2026, coincidiendo con uno de los principales momentos de exportación argentina.

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Una cebolla que se produce prácticamente durante todo el año

La diversidad geográfica argentina permite escalonar la oferta. Durante agosto y septiembre, explicó Galmarini, predominan las denominadas “valencianitas”, producidas especialmente en Santiago del Estero.

Más adelante ingresa producción de San Juan y Mendoza, mientras que durante diciembre, enero y febrero aparece el grueso de las cebollas valencianas, con fuerte protagonismo del sur bonaerense —Bahía Blanca, Villarino y Patagones— y de los valles productivos de Río Negro.

Estas últimas tienen una característica estratégica: una mayor capacidad de conservación, indispensable para sostener los flujos comerciales y abastecer mercados distantes.

El dato menos conocido: por qué la cebolla cruda no es igual a la cocida

Pero el mejoramiento genético también estudia aspectos vinculados con la composición de los alimentos. Galmarini lleva años investigando los compuestos azufrados presentes tanto en cebolla como en ajo y su relación con la actividad antiplaquetaria.

En trabajos científicos realizados junto con Pablo Cavagnaro se comprobó in vitro que el procesamiento térmico puede reducir esa actividad de la cebolla, aunque el efecto depende de la intensidad, duración y forma de cocción. En determinadas condiciones, cebollas enteras, cortadas en cuartos o trituradas fueron perdiendo esa capacidad a medida que aumentaba el tratamiento térmico.

“Si la cocinás, el calor inactiva una enzima que es importante”, sintetizó Galmarini durante la entrevista. Por eso, desde el punto de vista de esos compuestos específicos, la cebolla cruda conserva características que pueden modificarse al cocinarla.

Incluso existe una cebolla que no hace llorar

Hay todavía otro frente de investigación que parece sacado de una curiosidad doméstica: lograr cebollas que no provoquen lágrimas al cortarlas.

Galmarini explicó que investigadores extranjeros consiguieron intervenir sobre la ruta bioquímica asociada con la formación del factor lacrimógeno. El desarrollo demuestra hasta qué punto la genética puede modificar atributos que durante siglos parecieron inseparables del producto.

Más cerca del productor argentino, sin embargo, la transformación ya está ocurriendo: cebollas para conservar durante más tiempo, para industria, menos pungentes, rojas, dulces o destinadas a mercados específicos.

Después de décadas en las que buena parte del objetivo fue garantizar rendimiento y adaptación, la nueva frontera parece estar en otro lugar: conseguir que una hortaliza aparentemente indiferenciada empiece a venderse también por su calidad, variedad y atributos propios.

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