Colza, cártamo y camelina impulsan nuevo salto productivo para la industria de biocombustibles agrícolas

La multinacional Bunge anunció que el aceite extraído entre diciembre y enero de cultivos como colza, cártamo y camelina ya llegó a Europa y empezará a utilizarse en la fabricación de biocombustibles de segunda generación. La compañía afirma que la última campaña consolidó su liderazgo en Argentina en la producción de oleaginosas con baja huella de carbono, un insumo cada vez más demandado por mercados que buscan alternativas para reducir emisiones en el transporte.

Detrás del envío está un programa de agricultura regenerativa que, según Bunge, amplió significativamente su alcance durante la campaña: abarcó unas 90.000 hectáreas repartidas en más de 1.000 lotes y en ocho provincias, triplicando el volumen respecto a la campaña previa. Esta escala permitió certificar lotes con perfiles de emisiones reducidas e incluso demostrar captación de carbono en algunos casos, explicaron fuentes de la compañía.

Creciente demanda de biocombustibles avanzados

Los biocombustibles de segunda generación se producen a partir de materias primas que no compiten directamente con alimentos para consumo humano, como residuos agrícolas y ciertas oleaginosas de ciclo frío. Su impulso responde a políticas de descarbonización y a normas internacionales que favorecen combustibles con menor intensidad de carbono. Europa, en particular, ha incrementado la demanda de insumos certificados para cumplir objetivos climáticos y de mezcla en el transporte.

Cómo se midió la baja huella

Según la empresa, el avance del programa requirió un trabajo de campo sistemático: muestreos de suelo, análisis del contenido de carbono y de nutrientes, y la elaboración de mapas que sirven tanto para la certificación de emisiones como para optimizar el manejo agronómico en campañas futuras. Estas prácticas permiten cuantificar cambios en la materia orgánica del suelo y documentar el efecto de los cultivos como sumideros de carbono durante períodos que antes eran de barbecho.

Colza, cártamo y camelina: tres opciones para distintas rotaciones

Bunge señala que la elección de especies responde a la necesidad de ofrecer alternativas adaptadas a distintas regiones y ciclos de cultivo. El programa incluye:

  • Colza: es la especie más desarrollada dentro del proyecto, con nueve híbridos disponibles que buscan ajustar rendimiento y fechas de cosecha según condiciones locales.
  • Camelina: su desarrollo contó con inversión conjunta con Chevron en una empresa local de genética, con experiencia en producción a campo.
  • Cártamo: se trabaja con semillas originarias de Norteamérica y con acuerdos de investigación para avanzar en nuevas líneas genéticas.
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El objetivo es que cada productor pueda seleccionar la alternativa que mejor compatibilice con su sistema de rotación y su calendario agrícola, potenciando la estabilidad del cultivo y su aporte como antecesor para los cultivos estivales.

Alianzas, certificación y cadena de valor

Para garantizar la trazabilidad y los estándares de bajas emisiones, Bunge impulsa convenios con productores, acuerdos de investigación y alianzas para asegurar genética adecuada. La compañía también destaca que la transformación industrial se realiza en el país: los granos se procesan localmente para obtener aceites destinados a biocombustibles y harinas que se emplean en la alimentación animal, lo que agrega valor en origen.

Impacto y proyecciones

Desde la firma estiman que la combinación de mayor adopción de estas oleaginosas y asesoramiento técnico al productor está impulsando un crecimiento acelerado. Las expectativas internas apuntan a una posible duplicación de las áreas cultivadas y de la producción en campañas próximas. Además, las autoridades y actores del sector ven en estas prácticas una oportunidad para aumentar la producción agrícola, mejorar la fijación de carbono en los suelos y ampliar las exportaciones de productos con mayor valor agregado.

En un contexto global donde las regulaciones y los objetivos climáticos marcan la agenda energética, la incorporación de cultivos con menor intensidad de carbono y su integración en cadenas productivas locales aparecen como piezas clave para responder a la demanda internacional y, al mismo tiempo, mejorar la sostenibilidad de los sistemas agrícolas.

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