La crisis de la yerba mate dejó de ser una preocupación sectorial para convertirse en un fenómeno social que atravesó a toda Misiones. Lo que ocurrió en las chacras se reflejó con crudeza en los pueblos y ciudades, en el empleo, en el consumo y en decisiones cada vez más extremas, como vender propiedades o emigrar en busca de ingresos.
“La mitad de Oberá estaba en venta y la otra mitad no tenía plata para comprarla”, describió Cristian Klingbeil, exdirector del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM), en diálogo con Palabra de Campo Radio, sintetizando en una frase el deterioro de una economía regional que supo ser el motor de la provincia.
Una caída de precios que desarmó toda la estructura
El proceso no fue nuevo, pero en los últimos meses se había acelerado con fuerza. Según Klingbeil, el punto de quiebre se había consolidado a partir de 2024, cuando el INYM perdió capacidad para intervenir en la fijación de precios, dejando a los productores expuestos a un mercado que rápidamente se desordenó.
“Nos habíamos largado en un tobogán y no habíamos parado de caer”, resumió, al describir una dinámica que se volvió cada vez más difícil de revertir.
El dato que mejor explicó la gravedad de la situación fue el precio de la hoja verde. “Habíamos llegado a tener 400 pesos por kilo y estábamos en 200”, señaló, marcando una caída del 50% en poco más de un año.
El problema fue que esa baja no ocurrió en un contexto de estabilidad, sino todo lo contrario. “Habíamos pasado de pagar 400 o 500 pesos de combustible a pagar 2.300 o 2.400”, agregó, evidenciando un desfasaje que volvió inviable cualquier esquema productivo.
Dejar de producir, no cobrar y empezar a vender todo
Esa ecuación rota generó consecuencias inmediatas. Muchos productores directamente dejaron de cosechar porque no les cerraban los números, mientras que otros continuaron trabajando con pérdidas, apostando a que la situación mejorara.

Pero el deterioro no se limitó a los precios: también se había roto la cadena de pagos. “Había gente que tenía yerba colgada del año anterior y no había cobrado nada”, advirtió Klingbeil.
En otros casos, los pagos se habían realizado con cheques rechazados o documentos sin respaldo. “Les habían dado un papelito pintado que no pudieron cobrar”, graficó, describiendo una situación que dejó a muchos productores sin ingresos y, al mismo tiempo, obligados a pagar impuestos por operaciones que nunca se concretaron.
El impacto se vio rápidamente en el territorio. “Estaban vendiendo el tractor, el arado, todo lo que tenían”, describió Klingbeil, al dar cuenta de una descapitalización silenciosa pero constante.
Exportaciones récord, pero con menos ingresos y más presión
En paralelo, la cadena mostró una de sus mayores contradicciones. Mientras las exportaciones habían crecido y alcanzado niveles récord en 2025, el precio internacional cayó con fuerza.
“Habíamos pasado de exportar a 2,50 dólares el kilo a 1,90”, explicó Klingbeil, marcando una pérdida de 60 centavos por kilo que terminó impactando directamente en el productor.
Así, el aumento del volumen no se tradujo en mayor rentabilidad, sino en más presión sobre el eslabón más débil, profundizando un desequilibrio que ya era difícil de sostener.
Migración, caída social y una provincia en tensión
El fenómeno también alcanzó a los trabajadores rurales. “La gran mayoría de los tareferos había emigrado a Brasil”, señaló, explicando que encontraron empleo en cosechas de frutas o en la construcción, donde los ingresos resultaban más competitivos.
Incluso actividades que históricamente funcionaban como sostén, como la cosecha y el flete, dejaron de ser viables. “Muchos decían ‘no puedo cosechar porque no me cierra’”, agregó.
La crisis adquirió mayor dimensión cuando se la observó en el contexto económico de Misiones. Fuera de algunos polos urbanos o turísticos, la provincia dependía de sus economías regionales, con la yerba mate como uno de sus pilares.
“No se sabía a quién consolar y a quién dejar llorar tranquilo, porque no se sabía quién estaba peor”, dijo Klingbeil, reflejando el nivel de deterioro generalizado.
En ese contexto, la diferencia entre el precio en góndola y lo que recibía el productor se volvió cada vez más difícil de explicar. Mientras en algunas provincias el kilo de yerba superaba los 2.500 pesos, el ingreso en origen no cubría los costos.
“Si aparecía a 2.500 pesos en la góndola, ¿cuánto quedaba para el productor?”, se preguntó, poniendo en evidencia una distribución del ingreso que no cerraba.
Un intento de reacción en medio del deterioro
Frente a ese escenario, los productores comenzaron a organizarse para intentar recuperar herramientas de regulación. La estrategia incluyó nuevas acciones judiciales para devolverle facultades al INYM y ordenar el mercado.
“Queríamos volver a la justicia para tratar de recuperar algunas facultades del instituto”, explicó Klingbeil, quien participó activamente en la iniciativa.
El camino no apareció sencillo, pero el diagnóstico fue claro. La crisis de la yerba mate expuso la fragilidad de una economía regional cuando se combinaron caída de precios, aumento de costos y desregulación.
Lo que estuvo en juego no fue solo la rentabilidad de un cultivo emblemático, sino la continuidad de miles de familias que dependían de esta actividad. Y en ese escenario, donde cada decisión implicó un riesgo, la producción yerbatera pareció haber alcanzado un punto de inflexión del que ya no sería fácil volver.





