Transformación del feedlot al fishlot en Argentina un negocio productivo emergente con potencial exportador

Del feedlot al “fishlot”: la oportunidad de la acuicultura en la Argentina

En las últimas dos décadas la acuicultura dejó de ser una actividad marginal para convertirse en una alternativa productiva con reglas propias: control de variables, uso eficiente de insumos y resultados previsibles. Bajo ese enfoque surgió el término “fishlot”, que resume la transición desde la extracción hacia la producción planificada, apoyada en ciencia, gestión de ecosistemas y herramientas tecnológicas.

La acuicultura no se limita a la cría de peces; incluye además cultivos controlados de crustáceos, moluscos y macroalgas. Esa diversidad permite diseñar modelos integrados, con potencial para aumentar la oferta de proteína de alta calidad y reducir la presión sobre los recursos silvestres.

Un antecedente doméstico: el feedlot

La Argentina construyó buena parte de su identidad productiva sobre la ganadería. En ese proceso, el feedlot se consolidó como un sistema intensivo que convirtió granos en carne de manera más eficiente y trazable, con estándares sanitarios y procesos estandarizados. Ese modelo sirvió de referencia para pensar la industrialización y la integración de la cadena agroindustrial hacia mercados exigentes.

En acuicultura, la convergencia de capacidades científicas, políticas públicas y financiamiento resulta clave. La sanción de la ley nacional de acuicultura (N° 27.231) y el desarrollo de centros de investigación y extensionismo facilitaron que en los últimos años la adopción tecnológica y la inversión privada se aceleraran, reduciendo la brecha entre conocimiento y aplicación productiva.

A escala global, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que aproximadamente el 60% de las proteínas acuáticas consumidas provienen de la acuicultura; en el caso específico de los peces, ese aporte ronda el 51%. En 2018 la producción acuícola superó por primera vez a la pesca extractiva como principal fuente de abastecimiento, y desde entonces su participación siguió creciendo. Hoy el sector global mueve alrededor de US$330.000 millones anuales; solo Chile obtiene cerca de US$7.000 millones por su actividad acuícola.

Fortalezas y ventajas competitivas argentinas

Argentina cuenta con factores favorables para escalar la acuicultura: acceso a aguas marinas y continentales de calidad, diversidad climática y sanitaria, y una base científico-técnica en crecimiento. Además, una matriz agroindustrial con infraestructura y know‐how permite transferir insumos, genética y logística para sistemas intensivos.

Técnicamente, la acuicultura puede lograr relaciones de conversión alimento‐producto mucho mejores que otras producciones animales; en algunos sistemas optimizados se acercan a 1:1, gracias a mejoras en genética, formulación de piensos y manejo productivo.

Experiencias en distintas regiones

Ya existen proyectos concretos en el país: pesqueras que incorporaron el cultivo de mejillones en Tierra del Fuego; inversiones y transferencia tecnológica desde Chile y Japón en trucha arcoíris en la Patagonia; y desarrollos de especies como pez limón en Chubut, pacú y surubí en provincias del norte. La calidad del producto argentino comienza a ganar espacio en circuitos gastronómicos y en mercados de exportación como Estados Unidos, Japón y Brasil.

Acuicultura y pesca: complementariedad, no oposición

Campo, pesca y acuicultura deben entenderse como componentes interrelacionados de una matriz productiva en evolución. La pesca aporta conocimiento del recurso, infraestructura y canales de comercialización; la acuicultura ofrece planificación, estabilidad de oferta y escala. Su sinergia puede elevar la competitividad total del sistema y reducir la presión sobre populations naturales.

Riesgos, regulación y sostenibilidad

Las preocupaciones ambientales vinculadas a la acuicultura suelen estar asociadas a operaciones mal gestionadas o con normativa insuficiente. En la Argentina, el desarrollo acuícola se organiza hoy bajo marcos sanitarios y ambientales más estrictos, con monitoreo, buenas prácticas y empresas que operan con certificaciones internacionales. La adopción en 2023 de lineamientos de acuicultura sostenible consolidó requisitos de trazabilidad y gestión ecosistémica, reduciendo incertidumbres regulatorias y mejorando el acceso a mercados exigentes.

Evidencias comparativas muestran que, por tonelada producida, los sistemas acuícolas modernos pueden presentar menores huellas ambientales y mejores ratios de eficiencia de insumos que otras fuentes animales, siempre que se apliquen buenas prácticas y control riguroso.

Condiciones necesarias para escalar

Para consolidar la expansión se requieren medidas concretas: marcos regulatorios claros y previsibles, incentivos para inversión privada, planificación territorial que evite conflictos de uso, estándares sanitarios y ambientales consistentes, e instancias de coordinación público‐privada. Tecnologías como sistemas de recirculación (RAS), mejoras genéticas, manejo nutricional y plataformas de trazabilidad serán determinantes para elevar la productividad y reducir riesgos.

La transición del feedlot al fishlot no es solo una metáfora: es un camino de políticas, ciencia y negocios probado en otros países que puede adaptarse al contexto argentino. La próxima ola de proteínas puede desarrollarse tanto en tierra como en agua; integrar el agro con los sistemas acuáticos abre oportunidades para diversificar la producción, agregar valor y posicionar a la Argentina en cadenas globales.

Recomendaciones breves

– Consolidar marcos regulatorios y reducir trámites innecesarios.
– Promover incentivos fiscales y líneas de crédito específicas para proyectos acuícolas.
– Fortalecer la transferencia tecnológica y la formación de mano de obra especializada.
– Impulsar certificaciones y acceso a mercados internacionales.
– Diseñar planificación espacial marina y continental que contemple conservación y producción.

El autor es exdirector Nacional de Acuicultura, asesor del Consejo Federal de Inversiones y consultor del Banco Mundial.

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