Pero las ganancias no se limitan a quienes habían apostado a acciones brasileñas -el índice bursátil paulista Bovespa festejó con una elocuente suba de 8,9%-, sino que también hay una sensación de oxigenación para el plan económico de Javier Milei.
No se hizo esperar mucho la reacción eufórica del mercado financiero tras la victoria de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta electoral brasileña, y en Argentina los inversores se sumaron a los festejos.
En la primera jornada tras la elección, el tipo de cambio cayó 4,17%, y cerró en 4,99 reales por dólar. Siempre queda la duda sobre si la reacción inicial del mercado pueda obedecer a una racha compradora de bonos y acciones que pueda resultar efímera, pero en la prensa brasileña los analistas afirman que ven probabilidades de que el cambio de escenario sea duradero.
Para empezar, porque se cumplió el pronóstico de una apreciación de la moneda brasileña. La paridad había tocado un nivel máximo en septiembre, con 5,24 reales por dólar. Y en ese momento circulaban proyecciones de bancos de inversión internacionales que hablaban de una devaluación a 5,8 reales si ganaba el presidente Lula Da Silva, mientras que la cotización podría caer hasta 4,5 reales en caso de un triunfo opositor.
La ventaja de un Real apreciado
Si se cumpliera el pronóstico de una cotización en torno de 4,5 reales por dólar, se estaría recuperando un nivel que la moneda brasileña no veía desde el momento previo a la pandemia de 2020. En otras palabras, sería un salto de 16%.
El fundamento del análisis es la expectativa de una política orientada al equilibrio fiscal y una disminución de la presión impositiva en caso de que Bolsonaro llegue al Palacio de Planalto.
Para algunos sectores, como el automotor, la salud de la demanda interna brasileña es una variable fundamental: uno de cada tres autos que se fabrican en Argentina tiene como destino el mercado del país vecino -más de 120.000 vehículos en lo que va del año-.
Y, para Argentina, un real que se aprecia siempre implica una buena noticia. Especialmente, cuando el peso argentino viene encareciéndose frente al índice inflacionario y se reinstala el recurrente debate sobre el atraso cambiario. Brasil es el principal socio comercial de Argentina -primer destino de las exportaciones y segundo origen de las importaciones-, y un real más caro torna instantáneamente más baratas la producción argentina para el mercado brasileño, mientras que encarece los productos del país vecino que compiten con la industria local.
En otras palabras, es un efecto equiparable al de una devaluación del peso, pero sin el efecto negativo sobre la inflación y, naturalmente, sin el desgaste político que implica una escapada cambiaria.
Por otra parte, la producción agrícola brasileña -líder mundial en varios commodities, como la soja– vería una reducción del margen de rentabilidad, lo cual podría presionar al alza los precios en el mercado global, con un beneficio indirecto para el campo argentino. Por lo pronto, el lunes post electoral, el precio de la soja en el mercado de Chicago tuvo un empuje alcista de 1,5%.
La contracara de la relativa estabilidad del tipo de cambio en Brasil es la volatilidad de la tasa, que sube en la medida en que se deteriora la situación fiscal. Durante este periodo de gobierno de Lula, todos los años se registró déficit primario -el pico fue en 2023, con un rojo de 2,3% del PBI-, mientras que en términos financieros -es decir, tras el pago de intereses de deuda-, el déficit se ha ubicado por encima del 8% del PBI.
Todos los ojos sobre la tasa
Pero el tema cambiario no es el único impacto previsto ante el probable recambio de signo político en Brasilia. También -y un tema al que los brasileños le asignan más importancia- se espera una caída en la tasa de interés de referencia.
El presidente tuvo, en el inicio del mandato, una tensa disputa con el Banco Central por el nivel de la tasa. El Central aplica un esquema de metas de inflación y, contrariando la voluntad de Lula, reaccionaba ante lo que veía como una presión alcista de los precios.
Fue en ese contexto que la tasa llegó a tocar un 15%, un nivel real muy elevado para un país con una inflación anual de 4,2%. El antecedente histórico reciente marca una caída abrupta cuando Jair Bolsonaro fue electo en 2018, con un mínimo de 2% para incentivar la inversión tras la pandemia. Al finalizar el ciclo contractivo, la tasa volvió a subir, en un movimiento que se aceleró con el regreso del PT al poder.
Los analistas afirman que había una justificación para ese comportamiento del mercado: aunque el presupuesto oficial prevé un 0,5% positivo para el año próximo, fue el propio Lula quien sembró dudas sobre su voluntad de ser más austero con el gasto público. De hecho, una de las frases más comentadas de la campaña fue: “hay que terminar con esa bobada de querer tener siempre superávit”.
Actualmente, la tasa se ubica en 13,7%, y los analistas afirman que también en este caso influye el humor político: los fundamentos de la economía serían compatibles con una tasa de 12%, pero hasta la semana previa a la elección, el mercado esperaba una suba hasta el nivel de 14% -lo cual exacerbaba la expectativa de estancamiento económico-.
Efecto “contagio” sobre la economía argentina
Ahora, en cambio, las encuestas de proyecciones de economistas prevén una tasa de 12% hacia el final de 2027 y un nivel de 10,5% a fines de 2028 -es decir, para cuando Flávio Bolsonaro esté cumpliendo la mitad de su mandato, si el balotaje confirma el resultado-.
Luego del resultado de la primera vuelta, el presidente matizó esa actitud y recordó que en su primera presidencia la tónica había sido el superávit fiscal primario. Pero lo cierto es que los inversores veían en el programa de Lula un riesgo de deterioro fiscal, que llevaría a convivir con mayores niveles de tasa.
En ambos casos, la economía argentina se beneficia: el crecimiento del PBI brasileño tiene un efecto de tracción sobre la economía local, que históricamente se estima en una relación de un punto de crecimiento en Argentina por efecto de “contagio” cada tres puntos que crece Brasil.
Visto desde Argentina, ese panorama también es positivo: una tasa más baja supone un mayor nivel de inversión en la economía real, y una suba en el precio de los bonos puede intensificar el flujo de capitales hacia el mercado financiero.



