La discusión sobre el uso de fitosanitarios volvió a poner en tensión la convivencia entre producción agrícola y población periurbana, con riesgos para la salud y el ambiente que exigen respuestas concretas.
En Argentina persisten vacíos regulatorios que dificultan una gestión homogénea: ausencia de planes de ordenamiento territorial, falta de controles en prestadores de servicios y un vacío en el marco normativo nacional que genera descoordinación entre nación, provincias y municipios.
La aplicación segura no se define en el campo, sino antes de que la pulverizadora ingrese al lote; en zonas periurbanas esa planificación previa es clave para evitar impactos sobre comunidades cercanas.
Frente a ese escenario, algunas provincias avanzan con políticas técnicas y de fiscalización: Santa Fe apuesta por capacitación y control empresarial, Córdoba instala estaciones meteorológicas para auditar aplicaciones en tiempo real y Entre Ríos impulsa trazabilidad y recetas digitales unificadas.
FITOSANITARIOS: UN MODELO DE MUNICIPIO “VERDE”
En lo local, el caso de Cañada Rosquín, en el sur de Santa Fe, sirve de ejemplo: desde hace 7 años funciona el programa Municipio Verde que combina monitoreo en tiempo real, exigencia de recetas agronómicas y mediación entre vecinos y productores.
Según la presidenta comunal, María Eugenia Racciatti, el programa no solo evitó pérdidas económicas sino que recuperó confianza social al proteger más de 4.000 hectáreas y reducir riesgos sanitarios.
Organizaciones como Aapresid Certificaciones (AC) enfatizan que el primer criterio debe ser evaluar si la aplicación está realmente justificada y optar por activos de menor toxicidad cuando sea posible.
Además, la receta agronómica debe fijar el activo, la dosis y las condiciones de tratamiento, mientras que el monitoreo del lote indica el umbral que justifica la intervención.
PREPARACIÓN DEL CALDO Y CALIBRACIÓN DEL EQUIPO
La calidad del caldo condiciona la eficacia y la estabilidad de la pulverización: factores como pH, dureza y turbidez del agua y el orden de carga de formulados (gránulos dispersables, polvos mojables, suspensiones, líquidos solubles) son determinantes.
Una preparación incorrecta reduce el control sobre la plaga objetivo y aumenta pérdidas al ambiente, por lo que incluso el orden de mezcla debe estar detallado en la receta.
La pulverizadora debe mantenerse en óptimas condiciones y calibrarse periódicamente: la normativa UNE-EN ISO 16122 recomienda verificar equipos al menos una vez al año y ajustar la calibración según cada tarea.
Una calibración adecuada busca generar gotas que cubran el blanco y, al mismo tiempo, minimizar la deriva hacia áreas no objetivo; por eso la elección de boquilla y presión es crítica.
FITOSANITARIOS: EL TAMAÑO DE GOTA, UNA VARIABLE CENTRAL
El tamaño de la gota es uno de los factores más importantes para prevenir la deriva: las gotas muy pequeñas, inferiores a 200 micrones, ofrecen buena cobertura pero son más susceptibles a evaporarse o ser transportadas por el viento.
Por el contrario, gotas de mayor tamaño reducen el riesgo de desplazamiento, aunque pueden necesitar ajustes operativos para mantener eficacia sobre la plaga.
El uso de coadyuvantes anti derivantes y antievaporantes puede disminuir pérdidas, pero nunca reemplazan una boquilla mal elegida, una presión inadecuada o condiciones meteorológicas adversas.
Decisiones operativas como disminuir la altura del botalón, reducir la velocidad de avance o definir sectores y momentos de no aplicación son medidas efectivas para reducir riesgos.
FITOSANITARIOS: EL OPERARIO, UNA PIEZA CLAVE
La capacitación del aplicador es una barrera esencial contra la deriva: no basta con saber manejar la máquina, el operario debe comprender cómo interactúan caldo, blanco, regulación del equipo y condiciones ambientales.
Las altas temperaturas favorecen la evaporación de gotas, pero también combinaciones de 20 °C con baja humedad relativa, por ejemplo 10 %, pueden resultar peligrosas para la seguridad de la aplicación.
El viento adecuado suele ubicarse entre 5 y 15 km/h, aunque las ráfagas y cambios de dirección aumentan el riesgo y requieren monitoreo permanente; el ΔT (Delta T) es un buen indicador que combina temperatura y humedad relativa en un solo valor.
En áreas periurbanas conviene además evitar aplicaciones en amanecer y atardecer cuando ocurren inversiones térmicas que facilitan el traslado y la condensación de ciertos productos.
La conclusión es clara: para reducir conflictos y proteger salud y producción se necesitan políticas coordinadas, tecnología de monitoreo, trazabilidad digital y formación continua del personal.
Una combinación de control normativo, capacitación y herramientas técnicas puede transformar la aplicación de fitosanitarios en una práctica segura y socialmente aceptable.



