La genética que redefine al sorgo argentino
El sorgo dejó de ser un cultivo relegado y comienza a ocupar un lugar central en las decisiones de rotación y siembra de muchos productores. La combinación entre demanda internacional, mayor tolerancia al estrés hídrico y avances en mejoramiento genético explica ese cambio de escala.
El dato clave es que una compañía logró validar la presencia de genes de tolerancia al pulgón amarillo en todo su portfolio de sorgos graníferos, lo que aporta una mayor estabilidad sanitaria y productiva. Ese avance reduce uno de los principales riesgos fitosanitarios que limitaba la expansión del cultivo en zonas de mayor presión de plagas.
El avance de Nufarm y la colaboración internacional
El desarrollo tiene como protagonista a Nufarm, que trabajó en conjunto con la Universidad de Kansas para identificar fuentes de resistencia y generar marcadores moleculares capaces de reconocerlas. Esta herramienta aceleró el ingreso de tolerancia al pulgón en líneas comerciales y permitió priorizar materiales más estables.
La cronología es importante: los equipos en Estados Unidos empezaron a investigar alrededor de 2015 y cuando el pulgón llegó a la región en 2021 ya había años de trabajo acumulado. Esa anticipación explicó una velocidad de respuesta superior frente a lo que hubiera sido un brote sin antecedente científico local.

Según los responsables del programa, el primer marcador permitió incorporar rápidamente tolerancia en una fracción relevante del germoplasma y un segundo marcador confirmó esa ventaja. Casi el 90 % del material analizado presentó la segunda fuente de resistencia, lo que consolida la estrategia de stacking genético.
La empresa ya licenció la tecnología y hoy todas las líneas que entran al programa cuentan con la primera fuente de tolerancia, mientras que el objetivo es que los híbridos comerciales incorporen ambas. El resultado es mayor predictibilidad productiva y menos dependencia de controles químicos ante episodios de plaga.
Del laboratorio al lote: profesionalizar el manejo
Para los especialistas, la genética es condición necesaria pero no suficiente; el rendimiento final se define en el manejo agronómico del lote. Distancia entre hileras, nutrición, elección del ambiente y fecha de siembra siguen siendo determinantes para aprovechar el potencial de cada híbrido.
La falta de conocimiento sobre las características de los materiales es un freno: muchos productores no identifican si un sorgo es de ciclo corto, mediano o largo antes de comprar. La profesionalización del manejo —como ocurrió años atrás con la soja— es clave para que el sorgo deje de ser un cultivo de segunda elección.

El portfolio actual incluye materiales como Nugrain 311 AB, Spring T60 AB y Nugrain 202 AB comercializados bajo la tecnología Aphiblock, que aportan protección frente al pulgón amarillo. Los nuevos desarrollos buscan además combinar esa tolerancia con herramientas para el manejo de malezas.
En paralelo, la compañía incorporó la tecnología Palladium, una innovación obtenida por mutagénesis y por tanto no transgénica, que confiere resistencia a herbicidas del grupo de las imidazolinonas. Esta solución amplía las opciones de control de malezas sin alterar la condición no transgénica del material.
Mercado, ventajas competitivas y desafíos
El contexto internacional favorece al sorgo: la creciente demanda por granos y la mayor exposición global a problemas hídricos lo posicionan como alternativa competitiva. Su tolerancia al déficit hídrico y menores costos de implantación en suelos marginales lo hacen atractivo para ambientes de riesgo.
En términos prácticos, la combinación de genética tolerante y herramientas para malezas permite ofrecer paquetes tecnológicos más completos para el productor argentino. Si se mejoran las prácticas de manejo y se amplía la adopción de híbridos profesionales, las expectativas de crecimiento del área sembrada son concretas.
El salto en genética marca un punto de inflexión para el sorgo en Argentina, al reducir riesgos sanitarios y aumentar la estabilidad productiva en años climáticamente volátiles. El desafío ahora es transformar ese avance científico en mayores rindes por hectárea y en más superficies sembradas en los próximos ciclos.



