Óscar cuida aves en Palermo desde hace medio siglo y mantiene viva su pasión infantil

Tras pasar una infancia en una casa donde había gallinas ponedoras, compró en 1971 su primer gallo en Palermo y un año después presentó sus primeras gallinas de cría. Desde ahí construyó una carrera con su cabaña La Soñada y llegó a ser el histórico comisario de la carpa de aves y conejos en La Rural.

En la carpa de la Expo Rural de Palermo volvió a escucharse el cloqueo de las aves y con ello reapareció una historia que lleva medio siglo de continuidad. En el epicentro de ese regreso está Oscar Fagoni, un criador que a sus 77 años conserva la pasión por las gallinas de raza y por mantener viva la diversidad avícola argentina.

Desde su cabaña, La Soñada, en Navarro, Fagoni cría no sólo gallinas, sino también patos, gansos, pavos reales y conejos, y gestiona 11 gallineros y un galpón donde selecciona reproductores. Su trabajo se enmarca en la misión silenciosa pero estratégica de preservar el acervo genético que circula en ferias y exposiciones del país.

El retorno de las aves a Palermo no es solo un gesto estético; implica la reconstitución de circuitos de cría y de transmisión de conocimientos entre criadores, jueces y público. Esa red alimenta desde el consumo familiar hasta la conservación de razas que, en algunos casos, ya no se encuentran fácilmente en el mercado comercial.

La historia de Fagoni empezó con ejemplares humildes y se volvió una carrera de fondo: en 1971 compró dos gallos en la Expo de Palermo y al año siguiente presentó sus primeras gallinas de cría. Aquella experiencia inicial —tres machos y dos hembras— terminó con una de las hembras obteniendo el premio de Gran Campeón, un estímulo decisivo para seguir en la actividad.

Los inicios con las aves, en San Martín

Sus primeros aprendizajes fueron en casa: recuerda a su abuela sacando huevos y a los animales en el fondo del hogar en San Martín, al límite de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Esos recuerdos domésticos le dieron sentido a un oficio que luego pulió con la ayuda de criadores locales y del estudio del Estándar Argentino de Perfección Avícola.

En esa etapa conoció a un criador que lo instruyó en la crianza de la Plymouth Rock Barrada fina, raza que marcó su preferencia durante décadas. La anécdota del ejemplar campeón que puso tres huevos y murió después, y que él llegó a embalsamar, resume la mezcla de afecto y profesionalismo que caracteriza a muchos criadores veteranos.

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Alimentar la pasión y profesionalizarla

En paralelo a su trabajo en un banco, Fagoni consolidó una carrera avícola que lo llevó a ser jurado de admisión de aves en la Sociedad Rural durante casi 32 años. En ese tiempo sumó 153 exposiciones clasificadas y la costumbre de preparar remesas de reproductores para exposiciones importantes como Palermo y el Prado de Montevideo.

Su mirada combina amor por los animales y rigor técnico: clasificar implica seguir el estándar, seleccionar madres y padres, y decidir qué ejemplares mantener o vender. Esa labor exige tiempo, inversión y una sensibilidad particular para detectar variaciones en el estado físico o el temperamento de cada pieza reproductora.

La vida en la chacra y la cría hoy

Comprada a principios de los años 90, su chacra en Navarro es hoy la base de operaciones donde conviven razas de postura y ejemplares exóticos que no siempre se consiguen en Argentina. Entre sus preferencias aparece nuevamente la Plymouth Rock Barrada, junto a ejemplares como la Minorca negra y los vistosos Fénix cuyo macho puede desarrollar colas de más de 60 centímetros.

La rutina combina automatizaciones —tomas de agua y tolvas de alimento— con la inspección diaria del estado de las aves, un gesto que Fagoni describe como la mirada del agricultor. Mantener 20 o 30 ejemplares por raza para selección y venta implica un equilibrio entre producción y afecto, y explica por qué muchos criadores siguen privilegiando el vínculo sobre la pura lógica comercial.

Aunque reconoce la profesionalización del rubro y la dimensión comercial que algunos le buscan, él sigue admitiendo que su actividad conserva rasgos de hobby sentimental. Esa tensión entre negocio y pasión es parte de la vida rural contemporánea y ayuda a entender por qué la presencia de las aves en Palermo importa más que una exposición: es un punto de encuentro para la conservación y la transmisión de saberes.

La vuelta de los pavimentos al cloqueo y de las pistas al corral reparte valor cultural y productivo: refuerza la red de criadores, preserva genética y ofrece a las nuevas generaciones modelos de cría responsable. Para lectores interesados en avicultura, ambiente rural y patrimonio alimentario, la historia de Oscar Fagoni pone en primer plano que detrás de cada ejemplar hay décadas de trabajo, afecto y conocimiento que merecen ser protegidos.

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