La medicina veterinaria se enfrenta a una población que hace pocos años tenía mucha menos visibilidad: los perros ancianos. Mejor alimentación, mayor prevención y tratamientos más avanzados extendieron la expectativa de vida, pero también obligan a desarrollar cuidados específicos para una etapa que no puede entenderse simplemente como una adultez prolongada.
Marcelo Zysman, médico veterinario, estima que alrededor del 26% de los perros que viven en Argentina ya se encuentra en la categoría de anciano. Su cálculo ubica el universo entre 4 y 4,5 millones de animales. No se trata de un censo oficial, sino de una proyección elaborada a partir de distintas fuentes estadísticas.
La vejez no es una enfermedad
“Todavía existe la creencia de entender al anciano como un adulto tardío”, advirtió Zysman en Palabra de Campo. El cambio de enfoque consiste en reconocer necesidades propias: controles más frecuentes, evaluación del dolor, seguimiento cardiológico y renal, nutrición adaptada, salud dental y observación de alteraciones cognitivas.
El inicio de esta etapa varía según el tamaño y la genética. Los perros pequeños suelen vivir más que los grandes y gigantes. Un animal mediano puede atravesar aproximadamente un año como cachorro, diez u once como adulto y luego ingresar en una vejez cuya duración se extiende gracias a los cuidados.
La investigación acompaña ese proceso. Estudios recientes desarrollaron relojes epigenéticos y algoritmos basados en análisis de sangre capaces de estimar edad biológica y riesgo de mortalidad. Son herramientas prometedoras, aunque todavía requieren validación y no reemplazan la evaluación clínica individual.
Más años exigen más prevención
Zysman destacó que la industria ya ofrece alimentos formulados para animales mayores y para distintas condiciones de salud. Pero evitó plantear una única receta: la elección depende del estado clínico, la capacidad de masticación, la actividad, el presupuesto familiar y la recomendación del veterinario.
La consulta preventiva permite detectar cambios antes de que aparezcan síntomas evidentes. Una pérdida de peso, mayor consumo de agua, dificultad para levantarse, alteraciones del sueño o desorientación pueden ser señales de problemas tratables y no una consecuencia inevitable de la edad.
Un nuevo paradigma profesional
El aumento de la longevidad crea también una demanda de formación. La enseñanza tradicional preparó a muchos profesionales para atender sobre todo perros adultos, mientras la geriatría veterinaria requiere conocimientos específicos y una mirada integral sobre calidad de vida.
El objetivo no es prolongar el tiempo a cualquier costo, sino extender los años saludables. Para Zysman, ese trabajo depende de un triángulo entre tutor, paciente y veterinario: observación diaria en el hogar, controles periódicos y decisiones adaptadas a cada animal.
Los perros viven más y la vejez ocupa una porción creciente de su vida. La buena noticia es que también existen más herramientas para acompañarla. El desafío será convertir esa longevidad en bienestar.



