La creciente vinculada al fenómeno El Niño volvió a poner en jaque a productores isleños y a su ganado en la zona de Las Garzas, en Santa Fe, y evidenció la importancia de prácticas tradicionales poco conocidas fuera del litoral. El desplazamiento masivo de hacienda expone riesgos sanitarios, productivos y económicos que pueden repercutir en la campaña ganadera del próximo año.
En este operativo, los llamados siñuelos —por lo general novillos castrados— funcionan como guías naturales del rodeo y facilitan cruces por ríos y bañados al marcar el camino que el resto del ganado tiende a seguir. Esa conducta reduce tiempos y reduce la necesidad de maniobras agresivas, pero no elimina los peligros inherentes a atravesar kilómetros de terrenos anegados.
Cuando el agua obliga a pasar la hacienda a tierra firme la tarea se complica porque muchas vacas están en plena parición o con terneros que aún no tienen fuerza suficiente para largos traslados, lo que aumenta la mortalidad y el estrés. Además, la maniobra conocida como “azotar la hacienda”, donde se empuja al rodeo a cruzar a nado, exige separar a los siñuelos y controlar el avance en filas estrechas para evitar pánicos.
Los cruces requieren experiencia y personal capacitado, porque un frente de entrada demasiado ancho puede generar movimientos de regreso desde el agua hacia la costa y la formación de remolinos peligrosos para los animales. Según productores locales, la salvaguarda del rodeo depende tanto de la destreza de los peones como del conocimiento que tienen los animales de los pasos históricos.
En la actual emergencia los productores evacuaron más de 45.000 animales de la zona, y algunos trasladaron sus rodeos hasta 16 kilómetros para alcanzar tierra firme, según relatos de campo de los pobladores. Ese desplazamiento prolongado provocó pérdida de estado en varios animales y un estrés que impacta sobre la salud y la reproducción.
El propio Víctor Masat, productor y veterinario de Las Garzas, estimó una pérdida mínima del 10 % de los terneros nacidos durante los traslados por la dificultad de atravesar malezales y esteros. Esa cifra agrega un costo directo en reemplazos y altera la estructura etaria del rodeo, con consecuencias para la reposición y la logística del tambo y el campo.
Las tareas se ven además complicadas por la expansión de malezas y arbustos espinosos después de años secos, con especies como el aromo y el garabato que dificultan ver y reunir la hacienda a distancia. Esa cobertura impide el trabajo rápido y obliga a recorridas más largas, con mayor riesgo de animales rezagados y pérdidas posteriores.
La escasez de mano de obra rural agrava la situación: para movilizar unas 400 vacas preñadas se necesitan al menos siete peones que sepan conducir la hacienda y manejar la logística del cruce. Frente a la falta de personal, productores conformaron cuadrillas extraordinarias y, en casos extremos, improvisaron cercos en banquinas de rutas para proteger rodeos pequeños.
Riesgo reproductivo y efecto en la próxima campaña
La evacuación coincidió con la época de servicio, por lo que el estrés, los cambios bruscos de ambiente y las pérdidas de condición corporal amenazan los índices de preñez de la próxima temporada. En la zona los porcentajes habituales de preñez se ubican entre el 60 % y el 65 %, pero productores como Masat estiman una caída de al menos 20 puntos porcentuales que podría dejar la preñez cerca del 40 %.
Una reducción de esa magnitud tendría efectos económicos directos en la oferta de terneros y en la estructura de costos del año siguiente, porque menos nacimientos implican menor venta de recría y presión sobre la renta por cabeza. Además, los gastos extra por traslado, alojamiento transitorio y alimentación del rodeo ya elevan los costos operativos de los usuarios isleños.
Las complicaciones no terminan con sacar la hacienda de la isla, porque una vez que el agua cubre los campos los productores deben volver en canoas para buscar animales que quedaron atrás, lo que demanda más tiempo, personal y dinero. Esos operativos de rescate suelen ser lentos y peligrosos, y muchas veces alcanzan a los productores más pequeños que no pudieron trasladar todos sus animales a tierra firme.
Algunos pequeños productores consiguieron alojar sus animales en provincias vecinas como Chaco o Santiago del Estero, mientras otros improvisaron soluciones en rutas y banquinas por falta de alternativas. La transitoriedad de esos alojamientos y la escasez de espacio en campos de alquiler plantea una presión adicional sobre la logística del sector en las próximas semanas.
El propio Masat señaló que trasladó su hacienda a un campo de tierra firme, aunque advirtió que esa medida es solo temporal porque la capacidad disponible no alcanzará para sostener a todos durante meses. La incertidumbre sobre la duración de la creciente complica la planificación, porque el pasto demorará en rebrotar y las malezas volverán a ganar terreno cuando el agua baje.
Qué requiere la respuesta y por qué importa al conjunto del sector
Además de la acción inmediata en campo, la emergencia pide coordinación entre productores, asistencia técnica y logística para minimizar pérdidas reproductivas y sanitarias, así como acceso rápido a financiamiento de emergencia para cubrir gastos no previstos. La recuperación de los rodeos y la reposición de terneros serán fundamentales para evitar vacíos productivos que afecten la cadena de carne y los ingresos de las familias rurales.
La experiencia acumulada de los isleños —los llamados baquianos— se convirtió en un recurso clave para mitigar daños, porque conocen pasos, canales y comportamientos del ganado que ninguna planilla o dron puede reemplazar por completo. Conservar ese conocimiento y apoyarlo con recursos técnicos y financieros resulta esencial para la resiliencia comunitaria frente a eventos climáticos extremos.
Mientras tanto, la expectativa es que la zona permanezca afectada durante varios meses y que la vuelta a las islas pueda demorarse hasta julio o agosto del próximo año, con una recuperación de pasturas más lenta aún. Ese horizonte obliga a pensar medidas de corto y mediano plazo que protejan la sanidad animal y la capacidad productiva de los campos isleños.
La crisis en Las Garzas ilustra cómo fenómenos climáticos como El Niño no solo generan daños inmediatos por inundación, sino que también desencadenan efectos encadenados sobre la reproducción, la economía local y la estructura del rodeo. Proteger a la ganadería en ambientes inundables requiere combinar tradición, planificación y políticas públicas que aseguren respuesta oportuna y recursos para la recuperación.



