En zonas forestales de Argentina la tensión histórica entre producir y conservar se está recomponiendo hacia modelos más integrados y colaborativos.
Este cambio desafía la idea de que plantaciones y bosques nativos son actividades necesariamente opuestas y plantea nuevas preguntas sobre cómo planificar el territorio a favor de la biodiversidad y la economía rural.
GESTIÓN FORESTAL SOSTENIBLE
La gestión forestal sostenible propone precisamente una visión territorial que integra producción, conservación y servicios ecosistémicos dentro de la misma unidad de manejo.
En Argentina, el sistema local homologado con PEFC es el CERFOAR, que busca aplicar criterios internacionales adaptados a realidades locales desde 2014.
Hoy existen 380.692 hectáreas certificadas bajo Gestión Forestal Sostenible PEFC en el país, de las cuales el 53 % se destina a producción y el 47 % a conservación.
Esa distribución muestra que prácticamente una de cada dos hectáreas certificadas cumple una función de protección de la biodiversidad, restauración o provisión de servicios ambientales.
SAN JORGE: CONSERVAR TAMBIÉN ES CONECTAR
La Reserva San Jorge, en el departamento de Iguazú (Misiones), protege 16.500 hectáreas de Selva Paranaense y fue declarada Reserva Forestal Privada en 1999.
Su valor estratégico radica en mantener continuidad con más de 110.000 hectáreas de monte nativo, conectando el Parque Nacional Iguazú con el Parque Provincial Urugua-í y favoreciendo el desplazamiento de especies como el yaguareté y el tapir.
San Jorge combina protección de hábitats diversos —bosques, bajos y bañados— con prácticas de manejo que consideran a la conservación como parte integral de la gestión forestal.
Ese enfoque aporta a la resiliencia del paisaje y reduce la fragmentación, un factor clave para la supervivencia de especies endémicas y amenazadas.
EL POTRERO: RESTAURAR PARA PRODUCIR
En Gualeguaychú, Entre Ríos, la reserva El Potrero ilustra un modelo donde producción y conservación forman parte de la misma planificación sobre unas 30.000 hectáreas de propiedad.
Allí el 68 % del área está destinado a conservar ambientes naturales, mientras que 4.954 hectáreas de aptitud forestal sostienen plantaciones de eucaliptos y pinos con certificación PEFC.
El Potrero destaca por sus programas de restauración en suelos degradados que incluyen control de exóticas, producción de nativas en vivero y reforestación, alcanzando la plantación de 20.000 ejemplares nativos entre 2024 y 2025.
Al combinar ingresos por madera con inversión en conservación, el modelo demuestra que la sostenibilidad ambiental depende también de la viabilidad económica de las áreas protegidas.
PAPEL MISIONERO: PRESERVAR A GRAN ESCALA
La Reserva Natural Cultural Papel Misionero protege 10.397 hectáreas del Bosque Atlántico del Alto Paraná y fue reconocida como Área Clave para la Biodiversidad (KBA) y Área Importante para la Conservación de las Aves (IBA).
El sitio registra 17 especies de aves amenazadas y emplea herramientas como cámaras con sensores infrarrojos para monitorear mamíferos y evaluar la salud del ecosistema.
Este caso evidencia que las empresas pueden sostener grandes superficies de bosque nativo en el largo plazo y contribuir al conocimiento científico y al monitoreo permanente.
La continuidad territorial y el seguimiento sistemático permiten orientar acciones de protección que van desde control de incendios hasta la rehabilitación de fauna.
DE LA PLANTACIÓN AL PAISAJE
Los tres ejemplos —San Jorge, El Potrero y Papel Misionero— muestran funciones distintas: conectar, restaurar y preservar, respectivamente, dentro de un mismo enfoque de gestión.
El estándar argentino exige que los planes de manejo identifiquen sitios prioritarios para conservación y medidas de protección de suelo, agua, flora y fauna, integrando las áreas productivas y las áreas de conservación.
Eso no implica que toda plantación genere biodiversidad automáticamente ni que desaparezcan tensiones entre uso productivo y conservación, pero sí posibilita una planificación que combine productivo, corredores y acciones de restauración.
Como resultado, los paisajes forestales pueden diseñarse para sostener servicios ecosistémicos y la continuidad de actividades económicas en el tiempo.
IMPLICANCIAS ECONÓMICAS Y SOCIALES
La conservación requiere recursos constantes: control de incendios, manejo de invasoras, monitoreo de fauna, viveros y personal técnico, lo que convierte a la sostenibilidad en un reto financiero.
Integrar actividad productiva certificada con áreas de conservación facilita que los ingresos de la industria forestal aporten al financiamiento de esas tareas a escala local.
“Cuando hablamos de gestión forestal sostenible, no hablamos solamente de cómo se produce madera; hablamos de cómo se gestiona todo un territorio”, afirmó Florencia Chavat, directora ejecutiva de PEFC Argentina.
La declaración subraya que la sostenibilidad debe contemplar beneficios ambientales, sociales y económicos para perdurar en el tiempo.
CONCLUSIÓN: HACIA UN PAISAJE FORESTAL INTEGRADO
La discusión sobre producir o conservar parece quedar atrás frente a un desafío más complejo: producir de modo que la conservación forme parte del paisaje productivo y sea financieramente sostenible.
Los certificados de Gestión Forestal Sostenible PEFC y experiencias como las analizadas muestran que esa integración es viable y aporta resultados concretos para la biodiversidad y las comunidades rurales.



