Suelos en crisis: por qué la fertilización química ya no basta para sostener al maíz
En el Congreso Internacional de Maíz realizado en Córdoba se reivindicó una preocupación que viene creciendo en el campo: el agotamiento y la erosión de los suelos. Infocampo abordó el tema en un programa especial de Infocampo Studio y lo llevó al debate público.
El suelo agrícola atraviesa un punto de inflexión luego de décadas de modelos que privilegiaron rendimientos a corto plazo. Esa estrategia se apoyó en la química tradicional y dejó de lado la vida microbiológica y la fertilidad física del recurso más valioso del campo.
Matías Bonetti, socio fundador de MAXAN, lanzó un diagnóstico contundente: “No le estamos prestando al suelo la atención que se merece”. Bonetti enfatizó la necesidad de cambiar la mirada técnica y productiva sobre el recurso edáfico.
La inquietud central es que la tecnología de insumos por sí sola no soluciona la falta de respuesta a la fertilización ni los bajos rendimientos persistentes. En los discursos del congreso se advirtió escasez de fósforo y pérdida de carbono como señales claras de degradación.
“Venimos de un modelo altamente extractivo y hoy vemos señales claras de agotamiento en los suelos”, advirtió Bonetti, y puso en duda la eficacia de subir solo las dosis de fertilizantes sintéticos. Según el especialista, esa receta resulta ineficiente desde lo económico e inviable a largo plazo.
Por qué importa para la producción y la economía
La exigencia nutricional del maíz expone con mayor claridad la degradación biológica acumulada en los lotes. Cuando la biología del suelo está deteriorada, el cultivo muestra rápidamente respuestas pobres a la fertilización.
Desde MAXAN proponen complementar la nutrición convencional con biológicos capaces de reactivar la actividad microbiológica y optimizar el aprovechamiento de los nutrientes aplicados. Esa combinación busca mejorar la eficiencia de uso y reducir la dependencia de dosis crecientes de insumos químicos.
Para la empresa, la clave para sostener los techos productivos pasa por devolverle vitalidad al ecosistema subterráneo. Recuperar la dinámica microbiana y el contenido de materia orgánica es central para sostener rendimientos en forma estable.
La adopción de estas tecnologías no es solo técnica sino cultural, porque implica cambiar recetas históricas de manejo. El productor necesita acompañamiento técnico y pruebas en el lote para validar resultados y tomar decisiones informadas.
Cómo se traduce en la práctica
Las recomendaciones recurrentes incluyen medidas para recuperar la materia orgánica, integrar biológicos con una fertilización balanceada y monitorear la respuesta del cultivo. Estos pasos buscan mejorar la eficiencia de uso de fertilizantes y la resiliencia productiva.
Los especialistas subrayan la importancia de la evidencia en el lote mediante ensayos comparativos y parcelas demostrativas que permitan medir efectos en rendimiento y costos. Ese trabajo práctico es clave para derribar la desconfianza y facilitar la escala de adopción.
Desde el punto de vista económico, cuidar la biología del suelo no debe verse como un gasto extra sino como la única forma de garantizar la viabilidad de los sistemas agrícolas en el tiempo. Bonetti insistió en que preservar la salud del suelo es, en última instancia, proteger el margen del negocio.
Los productores ya observan que las “recetas de siempre” rinden menos, por lo que los cambios empiezan a discutirse en campos y cooperativas. Medidas concretas como análisis de suelos, parcelas piloto y seguimiento del retorno de inversión ayudan a tomar decisiones más seguras.
Bonetti cerró con una imagen clave: “El suelo no es un soporte inerte; es un ecosistema vivo”. Cuando se recupera el balance del suelo, el maíz responde de manera inmediata y la eficiencia del sistema mejora.
La discusión en Córdoba dejó en claro que la salud del suelo tiene implicancias directas sobre la producción de alimentos, la rentabilidad y la sostenibilidad ambiental. La conclusión es que hacen falta más investigación, políticas públicas y herramientas privadas para acompañar la transición agroecológica del maíz y otros cultivos.



