Para Milei, llegó la hora de facturar electoralmente su estrategia de alineamiento con EE.UU.

Milei sostiene que, en un contexto en el que el Atlántico Sur gana relevancia, acercarse a EE.UU. fue la mejor decisión. Y juega la carta nacionalista

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Hasta ahora, el presidente había justificado su alineamiento automático con Estados Unidos -lo cual incluye el apoyo a Israel en Medio Oriente- en una combinación de motivos de principios y de conveniencia comercial. En varios foros mencionó la necesidad de recuperar los valores de un Occidente amenazado por el “marxismo cultural” -dentro del cual incluía la agenda woke, el movimiento ambientalista y las iniciativas de las Naciones Unidas para 2030-.

Para Javier Milei, llegó la hora de sacar rédito electoral de su giro en la estrategia diplomática de alianza incondicional con Donald Trump. Y no hay tema más influyente, por la sensibilidad que despierta transversalmente en toda la sociedad argentina, que la causa Malvinas.

La misma situación ambigua ocurrió con el comercio. El acuerdo que entró en vigencia este año generó aplausos de parte de los “sectores ganadores”, como los exportadores de carne, que lograron un acceso privilegiado al mercado estadounidense. En cambio, desde la industria, se miró con desconfianza un tratado que podría implicar más dificultades de competitividad para un sector que se declara en crisis.

Su militancia en esa causa -que incluyó participaciones en la Conferencia de Acción Política Conservadora– le ganó una mayor proximidad a Trump, pero no está tan claro que le haya valido apoyo a nivel interno. Las encuestas son elocuentes respecto de la pérdida de apoyo entre los jóvenes, y sobre todo entre el electorado femenino.

Desde entonces, está vigente el acuerdo swap por un monto de u$s20.000 millones, que en teoría debería garantizar la calma financiera durante la campaña electoral del año próximo.

El logro concreto más visible de la alianza con Donald Trump fue el salvataje financiero previo a las elecciones legislativas. En aquel momento, con un Banco Central desbordado por la masiva dolarización de los ahorristas -más de 40% de la base monetaria buscó refugio en el billete verde-, intervino el secretario del Tesoro, Scott Bessent, para afirmar que no se dejaría colapsar al peso.

“La Argentina ya dejó pasar dos veces el tren de la historia. En la Segunda Guerra Mundial, nuestra neutralidad nos costó décadas de marginalidad; con el ‘No al ALCA’ nos quedamos afuera del mayor ciclo de expansión económica en la historia humana”, recordó el presidente en su discurso del 1° de marzo ante el Congreso.

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El rédito del viraje diplomático

Pero Milei siempre manifestó que, más allá de estas ayudas puntuales, la importancia del alineamiento con EE.UU. era geopolítica.

Desde su punto de vista, se está reconfigurando el mapa mundial con una disputa entre las potencias por consolidar “cadenas de integración verticales”. Y afirma que Argentina tiene como punto a favor su ubicación geográfica estratégica, con salida a los dos océanos y presencia en la Antártida.

En aquel momento, concitó más la atención mediática su intercambio de chicanas y con los legisladores de la oposición peronista que el discurso propiamente dicho. Sin embargo, ya estaba adelantando que, en un mundo conflictuado, Argentina tendría más para ganar.

¿Una Groenlandia patagónica?

La reafirmación de la alianza con Estados Unidos se intensificó tras el inicio del conflicto con Irán. Y precisamente en ese momento se organizó la “Argentina Week” en Nueva York, donde la plana mayor del gobierno presentó oportunidades de inversión. Sobre todo, en el área energética, que en ese momento empezaba a adquirir más importancia de la habitual.

Por eso, Milei quiere destacar que su alineamiento pasará también al área de la defensa. En ese sentido, destacó la adquisición de los nuevos aviones F-16 como parte de esa política.

Era un debate que venía creciendo por el encadenamiento de gestos de Washington, en el sentido de incrementar su presencia en la Patagonia, al tiempo que manifestaba su inquietud por el avance de China en esa área.

Eran los días en que Trump agitaba la agenda internacional con su reclamo de presencia en Groenlandia. Y eso abonó las especulaciones respecto de que los estrategas de Trump estén pensando en una “Groenlandia del Sur”, como parte de la política de defensa estadounidense.

El siguiente hecho polémico fue el aterrizaje sorpresivo en Ushuaia de un avión del ministerio de defensa estadounidense, que traía una comitiva de legisladores. La explicación oficial era que los norteamericanos venían a conocer in situ los yacimientos de los llamados “minerales críticos”, aunque la oposición denunció que se trataba de un paso más en la instalación de una base militar conjunta en Tierra del Fuego.

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Y la presencia de la general Laura Richardson en el extremo sur, acompañada por Milei y con la banda militar entonando la marcha de las Malvinas -“Tras un manto de neblinas no las hemos de olvidar”-, dio una pauta de cuál puede ser la estrategia.

Con la globalización en plena revisión, en Estados Unidos se hablaba de un nuevo esquema, “friend-shoring”, que implica que Trump tercerizará la producción de sus cadenas industriales en países amigos, que le resulten proveedores confiables. Milei apuesta a que Argentina estará en el tope de esa lista.

“El Atlántico Sur, terreno de disputa estratégica”

Lo cierto es que, ya desde la misma campaña electoral estadounidense, hubo politólogos argentinos que entrevieron la posibilidad de que la llegada de Trump a la Casa Rosada mejoraría la influencia geopolítica argentina.

Milei fue explícito al respecto en su discurso ante el Congreso: “El Atlántico Sur es el terreno de disputa estratégica de las próximas décadas: rutas comerciales, recursos naturales, soberanía marítima y la presencia creciente de actores que no comparten nuestros valores. Quien lo controle, controlará una parte clave del trabajo global. Argentina tiene que ser ese actor”.

Y se mencionaba con insistencia un antecedente relevante para Argentina: la presión que Estados Unidos ejerció sobre Australia para que rompiera su alianza con China, algo que ya venía pasando incluso con el gobierno demócrata de Joe Biden. Eso ya generó la expectativa de que el Pentágono daría importancia creciente a la presencia en el sur global. Más aun, que buscaría una alianza para garantizar el control de los mares del sur, algo para lo cual se necesitaría un cambio de estatus en el irresuelto diferendo por Malvinas.

En definitiva, el objetivo del presidente es mostrar que su política internacional acercó a la Argentina a las Malvinas más que cualquier gobierno anterior. Y, sobre todo, que la postura conflictiva que caracterizó al período de Cristina Kirchner logró el objetivo opuesto al declamado deseo de recuperar la soberanía.

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