Déficit de ingenieros agrónomos en labores de campo frente a su aparente abundancia social

La discusión sobre la falta de ingenieros agrónomos en zonas rurales volvió a cobrar fuerza tras las jornadas de fertilidad y los congresos regionales de los últimos meses.

El tema no es solo académico: tiene impacto directo en la toma de decisiones en el campo y, por ende, en los rindes y la sustentabilidad de los sistemas productivos.

En mayo y junio pasados, encuentros como el Simposio Fertilidad de Rosario y el congreso Puro Girasol en Trenque Lauquen reunieron a productores, empresas y docentes que debatieron sobre prácticas de nutrición y asesoramiento.

La conversación recordó una frase clave de Martín Díaz Zorita: “faltan ingenieros agrónomos en el campo, pero no significa que no haya suficientes en la sociedad”, una distinción que apunta a la distribución profesional más que a la oferta académica.

En la práctica, esa distribución afecta la frecuencia y la calidad del asesoramiento agronómico, especialmente en regiones con nuevas hectáreas cultivadas o con suelos de características particulares.

El riesgo es claro: decisiones tomadas a distancia o sin apoyo técnico local pueden traducirse en subutilización de insumos o en manejos inapropiados que reducen la productividad y aumentan el impacto ambiental.

La brecha de fertilización que se traduce en kilos

Uno de los datos más concretos que surgió en las jornadas fue que la nutrición puede explicar más del 10 % de las variaciones de rendimiento, según análisis presentados por especialistas.

Ese porcentaje puede parecer modesto, pero en un contexto de mercados apretados y costos elevados significa la diferencia entre rentabilidad y pérdida en muchos lotes.

Los especialistas subrayan dos problemas técnicos recurrentes: la subestimación del fósforo y la sobreestimación del nitrógeno en estrategias de manejo.

En regiones como el NEA o suelos del oeste bonaerense y sur de Córdoba, la falta de fósforo en la base limita el desarrollo radicular y la capacidad de captación de agua, con impacto directo en la estabilidad del rendimiento.

En contraste, el nitrógeno suele aplicarse de forma temprana y en dosis que buscan explotar la etapa vegetativa, pero que no siempre optimizan el llenado y la calidad de grano.

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Ese desbalance técnico es, en muchos casos, atribuible a la ausencia de una presencia profesional cercana que ajuste dosis, momentos y tipos de fertilización según la heterogeneidad local.

Girasol: expansión, tecnología y necesidad de acompañamiento

El girasol vuelve a ganar superficie en varias provincias y con ello emergen nuevas demandas de información y adaptación tecnológica, según coincidieron productores y académicos.

En zonas como el sur de Chaco y otras áreas que recuperan área para girasol, muchas parcelas son, para esa generación de productores, “cultivo nuevo”, lo que incrementa la necesidad de asesoramiento local.

Las universidades nacionales juegan un rol clave en la formación de profesionales con mirada crítica y territorial, pero ese proceso no garantiza por sí solo la presencia física del asesor en cada partido o departamento.

Por eso, desde los claustros se propone combinar la formación académica con programas de extensión y estímulos que acerquen graduados al territorio y permitan un acompañamiento constante.

Las políticas públicas pueden orientar y potenciar ese flujo profesional, aunque los entrevistados advirtieron que la regulación por sí sola no reemplaza a la formación ni a la acción directa en campo.

Una alternativa mencionada es fortalecer la colaboración entre universidades, colegios profesionales y empresas para facilitar puestos de trabajo local y procesos de capacitación continua.

La solución no es única: requiere mezcla de incentivos, más formación práctica y herramientas que hagan eficiente la presencia técnica en zonas emergentes.

Además, la adopción de tecnologías digitales debe complementarse con asesoría presencial para que las recomendaciones se adapten a la realidad del suelo y del productor.

Para los productores, contar con un ingeniero agrónomo cercano significa decisiones más equilibradas entre producción, economía y ambiente, y mayor seguridad legal y técnica en las prácticas aplicadas.

En definitiva, mejorar la distribución del capital humano rural y optimizar las prácticas de fertilización —especialmente la inversión en fósforo y el manejo racional del nitrógeno— aparece como una oportunidad para ganar kilos, cuidar el suelo y avanzar hacia una agricultura más sostenible.

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