Transformación del riego en Argentina: oportunidades agrícolas y tecnológicas en la era hídrica inteligente

Durante décadas, la agricultura argentina se convirtió en una potencia mundial gracias a la fertilidad de sus suelos, la innovación tecnológica y la capacidad emprendedora de sus productores.

Hoy, sin embargo, enfrenta el desafío de sostener ese liderazgo ante sequías más frecuentes y mercados internacionales más exigentes.

Uno de los cuellos de botella menos atendidos es el riego: apenas entre el 6 % y el 7 % de la superficie agrícola nacional cuenta con algún sistema de riego.

Especialistas sostienen que el potencial real del país es varias veces superior y que la pregunta dejó de ser si invertir, para pasar a cuánto crecimiento se está dejando de generar por no hacerlo.

En ese contexto, el riego aparece como una herramienta clave para aumentar rendimientos, mejorar la calidad comercial y reducir la volatilidad productiva frente a eventos climáticos.

La discusión ya no es solo técnica: tiene impacto directo sobre exportaciones, empleo rural y la capacidad del agro para aportar divisas.

El riego, en perspectiva internacional

Israel es el ejemplo más citado: con más del 60 % de su territorio en zonas áridas o semiáridas, desarrolló tecnologías como el riego por goteo y la desalinización que le permiten exportar frutas y tecnología agrícola.

Esa experiencia demuestra cómo la innovación en manejo del agua puede convertir limitaciones naturales en ventajas competitivas y generar cadenas de valor asociadas a servicios y tecnología.

España llevó a cabo una modernización que incorporó tecnología avanzada en más de 1,5 millones de hectáreas de regadío, con ahorros de agua, menor uso de fertilizantes y saltos productivos.

La política pública, las inversiones sostenidas y la planificación territorial fueron decisivas para consolidar esa transformación a escala nacional.

Brasil y Australia muestran otros caminos: el primero combinó investigación y expansión del riego en áreas como el Cerrado, y el segundo apostó por grandes obras hidráulicas y gestión sofisticada de aguas subterráneas.

Ambos casos ilustran que el riego puede aportar una fracción desproporcionada del valor de la producción agropecuaria aun cuando represente una menor proporción de la superficie total.

El riego y la era de la gestión hídrica inteligente

El riego del siglo XXI ya no consiste simplemente en aportar agua cuando falta lluvia; integra sensores, imágenes satelitales y modelos predictivos para regar con precisión.

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Ese enfoque permite optimizar la productividad por cada metro cúbico consumido y reducir pérdidas por riego ineficiente.

Entre las tecnologías que hoy marcan la diferencia se destacan sensores de humedad, riego variable guiado por GPS, plataformas de inteligencia artificial, drones y fertirrigación de precisión.

  • Sensores de humedad en suelo que activan riegos solo cuando el cultivo lo necesita.
  • Sistemas de riego variable guiados por GPS que ajustan dosis por lote.
  • Plataformas con IA que combinan pronósticos, imágenes satelitales y datos agronómicos.
  • Drones para detectar estrés hídrico antes de que sea visible a simple vista.
  • Sistemas de fertirrigación y recirculación en invernaderos que maximizan eficiencia.
  • Gemelos digitales que permiten simular escenarios y optimizar decisiones.

La denominada revolución agrícola digital combina Internet de las Cosas (IoT), inteligencia artificial y monitoreo remoto para maximizar la producción por volumen de agua.

Esas herramientas además permiten adaptar soluciones cuando existen limitaciones por salinidad o composición química y ampliar así las posibilidades productivas.

Riego: no todos los cultivos necesitan la misma agua

La diversidad climática y productiva de Argentina es una ventaja porque dispone de recursos superficiales y subterráneos que, bien gestionados, pueden atender desde horticultura fina hasta cultivos extensivos.

La vid, los olivos y los frutos secos toleran niveles moderados de sales y prosperan con goteo, mientras que berries y gran parte de la horticultura demandan agua de excelente calidad y control muy preciso.

Los cultivos extensivos como maíz, soja y trigo requieren agua de baja salinidad y disponibilidad en momentos críticos del ciclo para maximizar el rendimiento.

En tanto, las producciones intensivas bajo invernadero utilizan sistemas cerrados de recirculación que optimizan prácticamente cada gota y abren mercados premium.

Experiencias en Argentina muestran que la tecnificación del riego puede duplicar rendimientos en determinados cultivos y mejorar la eficiencia en el uso de fertilizantes.

Ese aumento productivo se traduce en mayores ingresos por hectárea y en una reducción significativa del riesgo frente a sequías recurrentes.

Riego: inversiones que rinden

Invertir en riego no es solo una cuestión técnica, sino económica, porque mejora la estabilidad productiva, reduce el riesgo climático y permite incorporar cultivos de mayor valor agregado.

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Si Argentina se acercara a los niveles de regadío observados en países líderes, podría incorporar millones de hectáreas a sistemas productivos más estables y generar empleo en las economías regionales.

En los últimos años se incorporaron decenas de miles de hectáreas mediante pivotes y sistemas de goteo, impulsados por menores costos de importación y nuevos incentivos para proyectos de riego.

Ese crecimiento es gradual pero muestra que existe un mercado en expansión para equipos, servicios y modelos de financiamiento vinculados a la gestión del agua.

Modelos de financiamiento público-privado, tarifas por servicio de agua y asistencia técnica a productores pueden acelerar la adopción si se implementan con metas claras de eficiencia y equidad.

Además, la trazabilidad y la mejora de la calidad del producto facilitan el acceso a mercados que valoran la consistencia y pagan primas por menor riesgo climático.

La próxima gran revolución del agro puede venir de la capacidad de administrar mejor el agua y no necesariamente de una nueva semilla o maquinaria.

En un mundo donde el cambio climático ya está reduciendo la productividad agrícola en numerosas regiones, la seguridad hídrica se está convirtiendo en uno de los factores más importantes para la competitividad.

Argentina cuenta con recursos naturales, experiencia técnica y un mercado que demanda productos más estables, lo que crea una ventana de oportunidad para escalar el riego con impacto social y económico.

La clave será combinar políticas públicas, financiamiento, capacitación y adopción tecnológica para que esa oportunidad se traduzca en desarrollo rural y mayor resiliencia productiva.

Este artículo fue realizado por la redacción de Palabra de Campo con aportes de especialistas y datos públicos.

Gonzalo Meschengieser, CEO de la Cámara Argentina del Agua, colaboró con análisis técnicos y antecedentes sobre la potencial expansión del riego en el país.

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