El clima vuelve a ocupar un lugar central en la ecuación productiva del trigo, pero los expertos insisten en que las decisiones de manejo tomadas antes de la cosecha pueden cambiar el resultado final.
Con las sembradoras en plena actividad, la pregunta que hoy se repite entre productores y asesores es cuáles son los factores que realmente definirán los rendimientos de la campaña.
El trigo, con el foco en la fertilización
En un contexto donde muchos ambientes muestran signos de degradación y agotamiento de nutrientes, la fertilización adecuada aparece como un pilar clave para expresar el potencial del cultivo.
Desde el INTA advierten que el éxito productivo surge de la interacción entre genética, nutrición, agua disponible y calidad de suelo.
Las condiciones iniciales de humedad son favorables en buena parte de la región agrícola, pero los resultados dependerán de cómo se administren los recursos a lo largo del ciclo.
Como subrayó Guillermo Donaire, alcanzar el máximo potencial exige gestionar de manera integrada la nutrición, el suelo y la genética según las características de cada ambiente.
La reposición de nutrientes en los sistemas trigueros argentinos se concentra principalmente en nitrógeno, fósforo y azufre, elementos esenciales para sostener el crecimiento y la producción.
La correcta dosis y oportunidad de aplicación de estos elementos será determinante para la respuesta del cultivo.
Los requerimientos de nitrógeno aumentan con el objetivo de rendimiento: para producir 3.000 kilos por hectárea se requieren alrededor de 90 kg de nitrógeno, mientras que para 5.000 y 7.000 kilos por hectárea la demanda asciende a 150 kg y 210 kg, respectivamente.
En términos prácticos, se estima que para producir una tonelada de trigo se necesitan aproximadamente 30 kilos de nitrógeno por tonelada, aunque la dosis final dependerá del tipo y la concentración del fertilizante empleado.
Trigo: cómo reducir brechas productivas
Los datos del INTA muestran una diferencia persistente entre los rendimientos potenciales y los efectivamente obtenidos por los productores, lo que evidencia una brecha productiva relevante.
Nutrientes como el nitrógeno, el fósforo, el azufre y el zinc inciden directamente tanto en el rendimiento como en la calidad del grano.
En el sur bonaerense, una de las regiones trigueras más importantes del país, la brecha entre el rendimiento potencial en secano y el rendimiento real se ubica entre el 35 % y el 50 %.
Ese diferencial se traduce en pérdidas de entre 2,5 y 3,5 toneladas por hectárea que quedan sin cosechar en lotes con limitaciones de manejo y nutrición.
Los ensayos muestran respuestas de 10 a 30 kilos de grano por cada kilo de nitrógeno incorporado y de 10 a 50 kilos por kilo de fósforo aplicado, con variaciones según la oferta inicial del suelo y las dosis.
Esas cifras reflejan la importancia de ajustar las aplicaciones a las condiciones puntuales del lote para maximizar la eficiencia y reducir la brecha.
La deficiencia de azufre disminuye la eficiencia en el uso del nitrógeno y limita el contenido de proteína y gluten, variables clave para la calidad panadera del trigo.
Cuando el azufre se corrige, las respuestas pueden ser del orden de 120 a 240 kilos de grano por kilo de azufre aplicado, mientras que la corrección de zinc puede aportar mejoras de 300 a 600 kilos por hectárea en suelos con niveles bajos.
El suelo también define el resultado
Los técnicos del INTA advierten que mejorar la fertilización no alcanzará si no se recupera simultáneamente la salud del suelo.
La calidad física del perfil y la dinámica de infiltración y retención de agua condicionan la capacidad del cultivo para aprovechar los nutrientes.
La presencia de compactación limita la infiltración de lluvias, reduce el desarrollo radicular y afecta la absorción de fertilizantes por parte de las plantas.
Como señala Hernán Sainz Rozas, en suelos compactados los fertilizantes muchas veces quedan fuera del alcance de las raíces y se desaprovechan.
La eficiencia de uso del nitrógeno varía notablemente según la condición del suelo: en lotes con buena estructura se pueden alcanzar valores de 12 kilos de grano por kilo de nitrógeno, mientras que en suelos compactados ese indicador puede bajar hasta 4 kilos.
Esa diferencia explica parte de la disparidad en respuestas productivas entre lotes cercanos y con distinto historial de manejo.
Además de nitrógeno, fósforo y azufre, los investigadores estudian déficits de potasio, calcio y boro y recomiendan estrategias para corregir la acidificación mediante encalado.
Las prácticas promovidas incluyen intensificar rotaciones, aumentar el aporte de carbono con residuos y cubiertas, y aplicar labranzas estratégicas cuando la compactación supera umbrales críticos.
Para orientar la elección de materiales y manejo, el INTA y el INASE desarrollaron la Red de Evaluación Territorial (RET) de Trigo, que reúne información de múltiples campañas y subregiones trigueras.
Esa plataforma permite comparar rendimientos y respuestas a manejo bajo condiciones locales y facilita decisiones más ajustadas a cada ambiente.
Genética y agua: los otros pilares
Aunque la nutrición concentra hoy buena parte del debate técnico, la elección varietal y la disponibilidad hídrica siguen siendo determinantes del techo productivo.
Los programas de mejoramiento buscan variedades con mayor tolerancia al estrés y mejor eficiencia en el uso del agua para sostener rendimientos en condiciones variables.
Los ensayos comparativos permiten identificar materiales más estables en distintos ambientes y ofrecer información práctica para adaptar la genética a cada zona.
El monitoreo permanente del cultivo, complementado con ensayos locales, es clave para reducir incertidumbres y optimizar la inversión tecnológica.
Herramientas como sensores de vegetación e imágenes satelitales facilitan el ajuste de la fertilización durante el ciclo, especialmente respecto del nitrógeno cuya demanda cambia con la fenología.
El uso de estas tecnologías en combinación con muestreos de suelo y hojas ayuda a decidir dosis y momentos de aplicación con mayor precisión.
La eficiencia en el uso del agua suele medirse en kilos de grano por milímetro consumido, y en condiciones favorables el trigo produce entre 10 y 20 kilos de grano por milímetro de agua.
Mejorar esa relación implica tanto seleccionar variedades adecuadas como optimizar la nutrición y la estructura del suelo para reducir pérdidas hídricas.
Con la campaña en marcha, el desafío para productores y técnicos es integrar genética, agua, nutrición y manejo del suelo en estrategias adaptadas a cada ambiente.
Solo si esos pilares funcionan en conjunto será posible acercarse al potencial productivo y mejorar la rentabilidad de los sistemas trigueros.



