El Niño provoca impactos sociales y económicos que agravan vulnerabilidades y requieren políticas públicas

La infraestructura rural, la hidráulica y el manejo de suelos y aguas “tranqueras adentro” de los establecimientos son factores críticos a considerar frente al fenómeno climático

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La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA) advierte sobre la alta probabilidad de un fenómeno El Niño en los próximos meses, con riesgo de evolucionar a un “Super El Niño” hacia el último trimestre del año. Esta alerta cobra relevancia inmediata para el sector agropecuario por el posible impacto en el calendario de siembras y en la logística para sacar la producción de los campos.

Los modelos climáticos registran un calentamiento de la superficie del Océano Pacífico ecuatorial central-oriental que podría superar los 2,5 °C respecto de su promedio histórico, potenciado por un calentamiento subsuperficial excepcional. Esa fuente continua de energía eleva la probabilidad de lluvias más intensas entre septiembre y diciembre, extendiéndose de forma más débil hasta febrero, según las proyecciones.

Para los productores esto no es un dato abstracto: ya hay regiones, como el Delta, donde se reportan retiros de hacienda y problemas serios en los caminos rurales, lo que anticipa dificultades para cosechar y trasladar hacienda o leche. Frente a eventos extremos frecuentes, la pregunta central es cuánto le cuesta al país no poder sacar la producción por caminos cortados y por campos anegados.

Además del impacto inmediato, las inundaciones recurrentes remiten a problemas estructurales y de manejo que arrastran décadas: suelos compactados, pérdida de materia orgánica y un aumento del escurrimiento superficial que agrava las anegaciones. Estas condiciones suelen estar vinculadas al abandono de rotaciones y a prácticas que reducen la capacidad del suelo para infiltrar y retener agua.

Infraestructura rural y obras hidráulicas: urgencia y asignación presupuestaria

Una respuesta recurrente es la ejecución de obras y la declaración de emergencias, pero sin un plan sostenido en el tiempo los efectos son temporales y limitados. En la provincia de Buenos Aires existen más de 100.000 kilómetros de caminos rurales con problemas de mantenimiento, una cifra que expone la magnitud del déficit logístico del país.

Completar obras hidráulicas de conducción y retención, dragados, canalizaciones y saneamiento de arroyos es imprescindible para reducir la vulnerabilidad, aunque no basta por sí sola. Para que esas obras cumplan su objetivo se necesita decisión política y asignación presupuestaria sostenida, además de integración con medidas de manejo en los predios.

Atacar solo los efectos hidráulicos sin resolver las causas que se generan “tranqueras adentro” no eliminará las inundaciones ni las pérdidas agrícolas, porque gran parte del problema nace en los lotes en producción. Por eso, las políticas deben combinar infraestructura con incentivos y normas que promuevan mejores prácticas de manejo del suelo y del agua.

Manejo de suelos: retener el agua donde cae

Expertos históricos y técnicos coinciden en que “el agua hay que retenerla donde cae” para reducir escurrimientos y erosión, y convertir al suelo en un verdadero “silo de agua”. Para lograrlo se requieren medidas prácticas como la rotación de cultivos, cultivos de cobertura y la adopción amplia de siembra directa y otras prácticas conservacionistas.

El retorno de la materia orgánica, la disminución de la compactación y obras sencillas de manejo del agua en cada establecimiento son acciones que aumentan la resiliencia frente a eventos extremos. Además, una ley nacional de suelos y normas provinciales asociadas podrían fomentar la adopción mediante incentivos fiscales y económicos, evitando que las medidas queden aisladas o voluntarias.

La combinación de infraestructura, hidráulica y manejo de suelos ofrece la única vía para reducir de forma perdurable la vulnerabilidad del sector agropecuario frente a la creciente variabilidad climática. Si no se actúa con ese enfoque integral, el país seguirá repitiendo ciclos de promesas y emergencias que no resuelven el problema de fondo.

La comunidad productiva y los gobiernos tienen por delante la tarea de planificar anticipadamente: desde la rehabilitación sostenida de caminos rurales hasta programas que incentiven la recuperación de la salud del suelo. Solo así podrá minimizarse el daño cuando El Niño muestre su cara más intensa y asegurar la continuidad de la producción y la logística agroalimentaria.

Por Roberto Casas. Director del Centro para la Conservación del Suelo y del Agua – PROSA-FECIC y miembro de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria. Sus observaciones combinan análisis técnico y propuestas concretas para un problema que ya no admite respuestas fragmentadas.

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