Ingeniera agrónoma coordina mil hectáreas y lidera proyecto para revolucionar la producción hortícola sostenible

A los 13 años, Marina Lambertini supo que el campo marcaría su vida. Su familia no era productora, pero la compra de un pequeño establecimiento ganadero por parte de su padre la acercó a la figura del agrónomo: horas de observación, preguntas y explicaciones técnicas que despertaron una curiosidad que con el tiempo se transformó en vocación. En 1992 se graduó de ingeniera agrónoma en la Universidad de Buenos Aires y eligió especializarse en horticultura, un área que la apasionó especialmente tras visitar invernaderos durante la carrera.

Su interés no fue tanto por la ganadería como por la posibilidad de producir verduras fuera de temporada: los invernaderos permitían tener tomates casi todo el año, algo que sus abuelas apenas recordaban de modo estacional. Ese descubrimiento orientó su carrera. Entre 1993 y 2000 dio sus primeros pasos profesionales en el campo familiar en General Madariaga, donde incorporó la horticultura a una explotación con fuerte raíz ganadera. Aquella etapa le permitió transformar la teoría universitaria en práctica: conocer suelos, manejar cultivos, y enfrentarse a problemas concretos como la calidad del agua, que la obligó a regar con balsas porque las napas no eran aptas para horticultura.

La trayectoria de Lambertini la llevó a trabajar en distintas empresas del sector, entre ellas Molino Cañuelas, y finalmente a integrarse en Sueño Verde, la firma de colegas de la UBA. Allí consolidó su rol en la horticultura intensiva y la logística de verduras frescas, procesamiento y comercialización. Hoy coordina alrededor de 1.000 hectáreas distribuidas en varias regiones productivas de Argentina: en verano se concentra la producción en Mar del Plata; en invierno se trabaja con invernaderos en la provincia de Buenos Aires y con productores en Bella Vista, Corrientes; Mendoza resulta clave en otoño y primavera; y se exploran zonas de la Patagonia como Chubut y Neuquén para aprovechar temperaturas moderadas frente al avance del cambio climático.

La horticultura que dirige se centra en verduras de hoja —lechuga, rúcula, espinaca, radicheta— y en tomates cherry. Estas producciones son extremadamente perecederas y exigen logística diaria: camiones que ingresan cada jornada con productos frescos y seguros. Su trabajo abarca toda la cadena de valor: desarrollar productores, seleccionar suelos, definir semillas, acompañar técnicamente cada etapa del cultivo, coordinar lavado, trazabilidad, procesamiento y distribución. No es lo mismo producir una lechuga en Mendoza que en Mar del Plata o en un invernadero bonaerense; cada región exige pautas agronómicas específicas.

Un eje central de su labor es la implementación de Buenas Prácticas Agrícolas (BPAs) y el uso responsable de agroquímicos. Lambertini defiende la utilización de productos autorizados por Senasa, respetando dosis y períodos de carencia, y priorizando formulaciones menos nocivas para aplicadores, consumidores y el medio ambiente. Además, promueve la trazabilidad como herramienta para garantizar seguridad alimentaria y confianza en la cadena comercial, desde supermercados y restaurantes hasta consumidores finales.

Otro foco de atención es el trabajo directo con productores. Actualmente coordina entre 10 y 12 productores fijos, con picos de más de 15 en zonas nuevas. En Argentina la horticultura tiene un alto grado de informalidad: muchos pequeños productores operan sin inscripción formal. Su propuesta busca profesionalizar la actividad compartiendo conocimientos, tecnología y trazabilidad, fomentando contratos que aseguren calidad y continuidad de abastecimiento.

La mecanización aparece como un desafío y una oportunidad clave. Gran parte de la horticultura argentina aún depende de mano de obra intensiva: se cosecha agachado, con cuchillo al ras de la tierra, y el componente laboral puede superar el 30% del costo de una lechuga. Las tareas son duras —bajo sol, frío o humedad— y las nuevas generaciones buscan otras condiciones de trabajo. La mecanización no solo aumentaría la eficiencia y la productividad, sino que también aliviaría la presión sobre la mano de obra disponible y mejoraría la competitividad del sector.

Sin embargo, la incorporación de maquinaria enfrenta barreras importantes. Los costos de importación y las restricciones a la entrada de equipos, incluso usados, encarecen fuertemente la modernización. Además, no existen líneas de financiamiento ajustadas a las características del negocio hortícola, lo que hace prácticamente imposible que un productor individual asuma inversiones significativas. Lambertini señala que en otros países ya existen equipos que permiten combatir malezas sin agroquímicos y automatizar tareas delicadas; en Argentina esas tecnologías aún no son accesibles a gran escala.

La falta de financiamiento, la limitada mecanización y la dificultad para conseguir mano de obra son problemas interrelacionados que afectan la competitividad y la sustentabilidad del sector. La solución demanda políticas públicas y mecanismos de crédito adaptados, apertura de importaciones de maquinaria usada con costos razonables, y apoyo para la adopción de tecnologías que reduzcan la estacionalidad del trabajo y aumenten la eficiencia. También requiere capacitación y transferencia de know‐how para que más productores adopten normativas de trazabilidad y BPAs.

Frente al cambio climático, la búsqueda de nuevas zonas productivas adquiere mayor relevancia. Temperaturas más moderadas en regiones patagónicas abren oportunidades para desplazar cultivos en momentos críticos y diversificar la oferta. Planificar estas transiciones requiere diagnóstico de suelos, disponibilidad de agua, infraestructura logística y acuerdos comerciales que permitan absorber producción estacional sin afectar precios.

Marina Lambertini resume su carrera como la consecuencia de seguir una pasión más allá de lo económico: la horticultura como vocación y esfuerzo cotidiano. Su experiencia ilustra la complejidad detrás de una ensalada lista para consumir: el trabajo en campo, el control de calidad, la trazabilidad y la logística son solo la punta del iceberg. Mejorar la competitividad del sector implica inversión en tecnología, acceso a financiamiento, formalización de la cadena y políticas que acompañen la adopción de prácticas sustentables. Solo así será posible garantizar verduras frescas, seguras y disponibles durante todo el año para supermercados, restaurantes y hogares, al mismo tiempo que se protege a productores y trabajadores y se afrontan los desafíos climáticos de los próximos años.

MAS NOTICIAS

Most Popular