En Tierra del Fuego Alejandro convierte su experiencia como carnicero y feedlotero en emprendimiento agropecuario

Se crió en el sur de Buenos Aires, pero a los 18 años ya partió a trabajar al extremo sur del país. Después de fundirse y cometer errores, logró consolidar un esquema productivo y comercial que hoy integra cinco carnicerías en Río Grande y dos feedlots.

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En el extremo sur argentino, un empresario rompió la dependencia logística y redefinió cómo llega la carne a la mesa de la Patagonia. Alejandro Alonso pasó de producir lechugas y trabajar en estancias a comandar cinco carnicerías y dos feedlots que abastecen a hoteles, cruceros y turistas que visitan Ushuaia y Río Grande.

Su historia es relevante porque revela los desafíos de producir carne en una región con clima extremo y costos logísticos altísimos. Conocer su experiencia ayuda a entender por qué la producción local puede ser la clave para la seguridad alimentaria regional y para el turismo gastronómico.

Del sur bonaerense al extremo sur argentino

Alejandro nació en 1961 en Pasteur, en el sur bonaerense, y se formó en un colegio agrario antes de emigrar joven a la Patagonia. Su recorrido incluyó trabajos en estancias y en la industria petrolera, experiencias que lo expusieron tanto al manejo de ganado como a la gestión económica.

Tras una etapa difícil en la que vendió lo poco que tenía, arrancó con una huerta en Río Grande y luego con su primera carnicería en Ushuaia. El aprendizaje fue gradual y marcado por errores, hasta que la incorporación de su esposa Alejandra en la gestión ordenó los números y cambió la suerte del negocio.

En menos de cinco años llegó a controlar casi 9.000 metros cubiertos de instalaciones y multiplicó canales de venta en la ciudad. Sin embargo, la dependencia del abastecimiento desde el continente y los riesgos climáticos lo llevaron a repensar el modelo comercial.

La logística desde el continente implica que un camión pueda quedar parado por viento o niebla y dejar desabastecida una ciudad entera. Esa vulnerabilidad fue decisiva para que optara por producir y terminar animales en su propio feedlot.

“No depender de nadie”: la apuesta al engorde propio

La principal razón para engordar sus propios animales fue el control del producto y de los tiempos de faena, lo que permite responder a picos de demanda como las fiestas. Alonso buscó además reducir costos de transporte y evitar la incertidumbre de los envíos desde 2.000 kilómetros de distancia.

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Hoy compra alrededor de 1.500 novillos y faena cerca de 600 animales por mes, con procesos que aceleran el “blanqueo” de la carne para ajustar color y grasa. En Gaiman opera encierres donde termina terneros de 180 kilos hasta alcanzar 360 kilos, con ganancias de crecimiento del orden de 1,4 kilo por día en un ciclo de 90-120 días.

En total, el sistema que administra combina feedlots en Río Grande y Gaiman con un plantel cercano a 5.000 animales, entre los que se cuentan 3.600 en el sur y 1.900 en Chubut. La intención es llegar a 2.500 en Gaiman para mejorar la eficiencia y reducir riesgos climáticos.

El abastecimiento de alimento es un desafío logístico y económico: compra balanceado en Tornquist y trae forraje desde los valles de Trelew y Río Negro, acumulando cada año cerca de 1.000.000 kilos de alimento para pasar el invierno. El flete y el manejo de megafardos de 700 kilos son parte de una ecuación de costos que define la rentabilidad en la región.

El clima, la mortandad y la búsqueda de eficiencia

El clima fue su peor enemigo: en 2024 sufrió una mortandad de terneros de hasta 10 % en animales de 180 kilos o menos, un golpe que casi lo deja fuera de carrera. Ese registro explica por qué no recomienda concentrar un engorde exclusivo en Tierra del Fuego sin complementarlo con encierres en valles más templados.

La eficiencia en cada kilo de alimento es su obsesión: busca que el grano rinda, evitar neumonías y controlar la sanidad para que el costo por kilo producido sea razonable. Para elevar el valor agregado, invirtieron en cámaras y desposte para entregar producto envasado al vacío y con marca a barcos y hoteles.

El mercado turístico exigió además un perfil de carne más claro, la llamada “carne blanquita”, un estándar que costó imponer frente a la percepción de que la carne traída del norte era superior. Con trabajo sostenido y adaptación del engorde lograron ganar espacio en la oferta gastronómica de Ushuaia y en el circuito de cruceros.

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Relación con productores y futuro del ganado en la isla

Alonso define su rol como servicio al productor: compra lo que tengan y les quita el problema de comercializar animales en una región donde el clima puede arruinar ventas. Esa dinámica mutua también fue clave para que muchos criadores pasen del ovino al bovino, por la presión del perro asilvestrado y por incentivos productivos.

El traslado del foco a la producción bovina trae inversión en mejor genética, inseminación y mejoras de infraestructura; todo requiere capital y paciencia. Para Alonso, la apuesta al servicio, la integración vertical y la adaptabilidad al turismo son la receta para sostener una industria cárnica competitiva en la Patagonia.

La experiencia de Río Grande muestra que producir en el borde del continente es posible si se combina logística inteligente, manejo sanitario y mercados con alto poder de compra como el turístico. En un contexto de costos y clima adverso, la historia de Alonso ofrece lecciones prácticas para productores que buscan resiliencia y mercados estables.

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