Claudio Giusti decidió reemplazar casi parte de su histórica plantación de manzanos por ciruelos ante la falta de rentabilidad y la volatilidad del mercado. La decisión, tomada en la finca familiar de La Consulta, Valle de Uco, esconde una lectura más amplia sobre la sostenibilidad de la fruticultura regional.
Giusti recuerda que tenía 11 años cuando su padre plantó los primeros manzanos y que, 26 años después, le tocó a él hacerse cargo de la explotación. Hoy lidera una finca de 24 hectáreas y preside la Confederación de Asociaciones Rurales de Mendoza (CAR Mendoza), lo que le da una mirada técnica y política sobre el cambio.
El productor explica que la manzana dejó de ser rentable en esa zona del Valle de Uco y que la actividad quedó expuesta a episodios climáticos que erosionan ingresos. La campaña anterior, marcada por heladas y fertilidad reducida, arrojó rendimientos anómalos que comprometieron la continuidad del cultivo.
En esa campaña Giusti cosechó alrededor de 10.000 kilos por hectárea, cuando un rendimiento normal suele ubicarse entre 40.000 y 50.000 kilos por hectárea. Con esos números, afirma que la explotación no pudo cubrir ni los costos y que, en promedio, se cubría “alrededor del 10 % de los gastos”.
Las diferencias de precio también inciden en la decisión productiva, según el productor. Mientras que la ciruela destinada al desecado llegó a pagarse entre $600 y $700 por kilo en la última campaña, la manzana terminada como jugo recibió $370 por kilo, una caída que terminó por inclinar la balanza.
Ante esa ecuación, Giusti optó por reconvertir casi dos hectáreas de manzano por ciruelo D’Age, una variedad de secado con salida comercial definida. La elección no fue sólo técnica, sino también estratégica: hay demanda externa creciente y la fruta cuenta con canales de comercialización para el desecado.
Por qué la conversión interesa: clima, mercado y densidad de plantación
El cambio en la elección de cultivos responde a tres ejes interrelacionados: impacto climático, precios y mejoras en densidad y sistemas de conducción. Los manzanos viejos estaban plantados con un marco de 5 x 5 metros, pero las nuevas instalaciones permiten marcos más ajustados y mayor producción por hectárea.
Además, Giusti subraya que las nuevas plantaciones utilizan plantas injertadas y provistas por viveros, un factor clave para reducir riesgos fitosanitarios y acelerar la entrada en producción. Eso sí: la reconversión exige paciencia financiera porque la primera cosecha significativa llega a los 3 años y la producción plena se consolida entre el 4.o y 6.o año.
La ciruela D’Age tiene además nichos de mercado concreto, sobre todo en exportación para desecado, con destinos como China y España, lo que aporta previsibilidad frente al mercado interno de jugos. Giusti destacó que contar con un secadero a quien entregar la fruta facilitó la decisión y redujo la incertidumbre comercial.
Sin embargo, la conversión no elimina la tensión interanual: hay costos de implantación, necesidad de liquidez y la obligación de sostener la explotación mientras el nuevo cultivo alcanza rendimiento. El productor puntualiza que “hay que tener espalda” para asumir varios años con ingresos parciales hasta que la plantación sea rentable.
Impacto local y lecciones para otros productores
El caso de Giusti refleja una tendencia de adaptación que podría replicarse en otras fincas del sur de Mendoza si persisten la inestabilidad climática y la presión sobre precios. La diversificación hacia frutales con salida industrial y exportable aparece como una alternativa para sostener ingresos familiares y la viabilidad de la finca.
Giusti mantiene, no obstante, la vid heredada de su padre y la integra en una estrategia de riesgo compartido con una cooperativa, lo que le permite “pelear un poco más” con la viabilidad de ese cultivo. Esa combinación de conservar actividades con mercado estable y diversificar hacia productos con mayor precio por kilo es la hoja de ruta que propone desde el Valle de Uco.
Para productores en situación similar, el ejemplo pone en evidencia la importancia de evaluar rendimientos históricos, costos reales y cadenas de comercialización antes de decidir. La conclusión práctica de Giusti es clara: las decisiones deben articularse entre la emoción familiar y la racionalidad económica para garantizar la continuidad del negocio agropecuario.



